martes, 24 de mayo de 2016

La muy increíble historia de Luis Solo Sevilla

Diseño: María Sanz León: http://elviejodesvan.blogspot.com


En plena preparación de los ensayos de la obra que escribí con mi amigo Paul Noval y en la que E.T.A. Hoffmann nos sirvió de inspiración, de narrador y de aliento en nuestra aventura. 

Se dará debida cuenta de lo sucedido... cuando suceda.

jueves, 3 de marzo de 2016

El estudiante solitario



Aquel día a séptima hora todos faltaron a clase. El mundo entero era un aula vacía. Faltaba poco para que dieran las dos de la tarde, yo iba de camino a casa. Un grupo de jóvenes estudiantes, de unos trece o catorce o, quizá, quince años venía de una panadería cercana. Los delataban los bollos y los refrescos que iban tomando de camino de vuelta a clase; esto último lo deduje porque no llevaban ni los abrigos puestos ni las mochilas al hombro y era un día de diario, un martes o un miércoles cualquiera y una mañana más de lluvia que daba paso a un día de sol, un día de finales de invierno. El grupo, de unos cinco o seis estudiantes, se encontró por el camino y en sentido contrario con otro estudiante que venía con el abrigo puesto y la mochila al hombro. El grupo se detuvo a saludar al estudiante solitario. Alguien dijo que en diez minutos empezaba la séptima hora, y el estudiante solitario respondió que ya lo sabía y que qué pasaba, y disimuló una carcajada, una carcajada que buscaba la aprobación del grupo y que la encontró. Yo también sonreí, porque había sido parte del grupo y el estudiante solitario más de una vez en la vida. Al mismo tiempo sentí una profunda lástima al ver la escena y supe que iba a escribir este relato en algún momento. Entonces fue cuando me pregunté si los que faltaban a clase no eran todos ellos al dejar que el estudiante solitario se marchara a casa, satisfecho de su broma. ¿Qué hubiera pasado si nadie se hubiera reído? Imaginé el asiento vacío del estudiante solitario en la clase a séptima hora, la cruz con la falta de asistencia junto a su nombre en el parte de incidencias del profesor. Imaginé la parte de la nota que había perdido aquel día y, algo peor, lo fácil que iba a ser suspenderlo a él después en las demás asignaturas, porque cuando se falta a una clase sin justificar, se comienzan a faltar a todas las demás, se falte o no se falte. Me pregunté si el estudiante solitario sabía lo que sus compañeros pensaban de él mientras se alejaba de ellos con cierta satisfacción, si sabía todo lo que había perdido de sí mismo con aquella carcajada, si sabía la de cumpleaños que se iba a perder, los planes que iba a hacer el resto sin que él jamás lo supiera. Pensé en esa oscuridad llamada mala fama que lo acompañaría el resto de los años. Pensé en que, por ejemplo, ya nadie se fiaría de él si un día le pidiera a un compañero dinero para un refresco o los apuntes para fotocopiarlos antes de un examen. Pensé en que el conductor del autobús lo vería subir al autobús de línea todavía vacío y pensaría que sus hijos, que iban a la misma clase en el mismo instituto, tenían clase hasta octava. Imaginé al conductor diciéndole a sus hijos que no le gustaba que fueran con ese chico, que no era de fiar. Pensé en la vecina con la que se cruzaría en el portal y que era amiga de su profesora de matemáticas y que lo mencionaría cuando se tomasen el próximo café.

Me pregunté qué ocurriría si, veinte años después, el estudiante solitario fuera un escritor en un país extranjero y viera la misma escena y fuera él quien escribiera este relato. Comenzaría así: "Aquel día a séptima hora todos faltaron a clase. El mundo entero era un aula vacía".

domingo, 14 de febrero de 2016

Las gaviotas y Montauk



Voy de camino a casa, regreso del trabajo. El cielo gris, encapotado y sucio. Pienso en Montauk de Max Frisch y en que me gusta Alemania porque siempre parece otoño, como si siempre fuera octubre y noviembre en Madrid. Siento la necesidad de releer Montauk como algo urgente, como una sed, como si todo mi cuerpo fuera un coche aparcado en doble fila y alguien quisiera salir y tocara el claxon con impaciencia. Veo a una pareja de adolescentes acodada en el barandal del puente. Miran nadar y volar a las gaviotas, las señalan, les tiran migas de pan. Las gaviotas son del color de las nubes. Pienso en que, en realidad, no están viendo las gaviotas, sino que se están mirando el uno al otro con la presencia, que las quieren ver para estar el uno cerca del otro. Al menos uno de los dos ha conseguido detener el tiempo. El amor como pretexto: una gaviota, un lago, una película, la mesa de un restaurante, un billete de tren, una puesta de sol, un partido de fútbol, las elecciones generales, un par de bicicletas, una serie de televisión. Al menos a uno de los dos no le importan nada las gaviotas, de eso estoy seguro, sino detener la ausencia del otro, su proximidad. Hace mucho que he visto esas gaviotas y las gaviotas que yo veo no son las que ellos ven. Las gaviotas que yo veo son las que ellos miran.   
¿Cuánto llevo sin escribir para mí? ¿Cuántas novelas podría haber escrito ya desde hace unos años? ¿Qué habrá sido de ellas? No puedo mirar un paquete de folios sin estrenar, entrar en una librería o escribir en un teclado de ordenador que no sea el mío -o incluso en el mío- sin tristeza. ¿Qué es lo que leen los que me leen cuando me leen? ¿Desde qué puente leen ellos? Las gaviotas que yo veo son las novelas que no he escrito. Les tiro migas de pan desde el puente, por eso necesito releer Montauk. 

      

viernes, 29 de enero de 2016

Entrevista en Radio Nacional (Radio Exterior), publicación de "¿Te has venido a Alemania, Pepe?"

Allá por finales de 2013, principios de 2014, decidí presentarme a un concurso de relatos convocado por la Universidad de Ratisbona (Regensburg, Baviera) acerca de la vida de los españoles en Alemania. He de confesar que me hizo mucha gracia el título del certamen: "¿Te has venido a Alemania, Pepe?". Presenté un texto llamado "Los textos de un traidor" que, afortunadamente, resultó premiado en el concurso.  Quién sabe qué es lo que hubiera escrito hoy, tres años después. De la escritura a la publicación de los textos pasa tantísimo tiempo que cuesta reconocerse del todo en lo escrito, es un proceso, sin duda, de extrañamiento y, al mismo tiempo, de (re)identificación (aunque sea fragmentaria).
He de confesar que el texto está basado, en la forma, en un texto de Javier Cercas (http://elpais.com/diario/2011/07/24/eps/1311488808_850215.html), es decir, en todas las maneras posibles de abordar la escritura de un texto como el que se pedía en la convocatoria del concurso; el fondo, por otro lado, parte de lo irónico para llegar a lo lírico, va de la anécdota hasta llegar al poema. En su momento, mientras lo escribía, traté de desterrar los tópicos que rodean a la temática evocándolos y negándolos, afirmándolos, al fin y al cabo, en su esencia, tanto en la personal como en la extrapolable.   

Se puede comprar pinchando en el siguiente enlace o pidiéndolo en tu librería habitual:
http://cicees.com/te-has-venido-a-alemania-pepe-con-32-relatos-de-nuevos-emigrantes-espanoles-un-libro-de-lectura-imprescindible-con-relatos-de-historias-personales-de-su-experiencia-en-alemania/


Como decía, casi tres años después de su escritura, gracias al trabajo, entre otros, de Trinidad Bonachera y el Prof. Dr. Ralf Junkerjürgen, ha visto la luz un libro que recoge los relatos seleccionados publicado en la editorial CICEES. Al abrir el libro, me percaté de que mi texto había sido escogido como Epílogo a la publicación; tras la conmoción inicial y cierto desconcierto de que "me echaran de comer aparte", llegué a la conclusión de que la tipología de lo que había escrito (un collage), no encajaba en las secciones del libro y, caso de encajar, lo hace como Epílogo, como resumen o compendio, quizá para hacer justicia a todos los que se quedaron fuera, o eso quiero pensar yo. Hace unos días nos entrevistaron a dos autores y una de las coordinadoras de la publicación (Trinidad) en el programa Marca España de Radio Nacional (Radio Exterior). Dejo el enlace un poco más abajo donde puede escucharse el programa íntegro en el que traté de expresar mis opiniones lo mejor que supe y que pude, no sin cierto pudor y titubeos propios de mi persona. 
Tengo el honor, además, de compartir publicación y protagonizar con mi gran amigo A. González parte de su relato: Bielefeld, Berlín, Bamberg. Por lo que soy co-autor y personaje (de no ficción y de ficción) en un mismo libro, algo que le añade más extrañeza a lo extraño.




Esta semana ha muerto el cantante Black, que tanto nos gusta en casa. D.E.P. Siempre me emocionó la línea, "I need a friend". Llevamos una racha impresentable de muertes de grandes músicos: Scott Weiland, Lemmy, David Bowie y ahora Black. Pasar por la vida bien merece escribir o cantar una canción hermosa, "Wonderful life" lo será siempre.

lunes, 26 de octubre de 2015

En mi equipo



A Markus, in memoriam

Tenía treinta y siete años y era autónomo. Le gustaba llevar gorros de lana, era alto y noble como un árbol. No sé por qué nos saludamos siempre al vernos desde lejos estirando los brazos de alegría y con el pulgar en alto. Luego,  de cerca, nos dábamos un abrazo y era como abrazar a un gigante; tenía que agacharse y se agachaba. Siempre me hizo sentir que era uno más, no utilizó conmigo gentilicios, sino sonrisas y jaleos: le encantaban los pases imposibles, los lejanos al pie o a la cabeza, los que se dan al hueco con el exterior, las vaselinas, las paredes de tacón. Las pocas veces que jugamos en el mismo equipo (si has jugado al fútbol sabes lo que esto significa), buscaba sus desmarques para tratar de darle el pase perfecto por ver tan sólo cómo lo celebraba más feliz que un gol; recuerdo cómo un día la alegría le hizo fallar una ocasión clarísima sin importarle lo más mínimo. Hoy sé que aquella alegría vale más que cualquier gol. Era un esteta que bajaba a defender. Recuerdo también que se acercó expresamente a darnos las gracias cuando un día le dijimos dónde podía comprar botas que estuvieran bien de precio y a la semana siguiente vino con unas azules. La última vez, un jueves hace tres semanas, jugamos juntos en el mismo equipo.  

Tenía treinta y siete años y era autónomo. No puedo escribir más.

domingo, 13 de septiembre de 2015

15 céntimos



Salgo profundamente emocionado de la casa de Bertolt Brecht, los cinco euros mejor gastados de mi vida: visita guiada, cuatro germanistas y una guía visiblemente conmovida de que hablemos su idioma y de que sepamos quién es Hegel o la Berliner Ensemble.
Cerca de la estación que hay sobre el puente que cruza la Friedrichstr., veo pasar un hombre montado en una bicicleta mil veces oxidada, mejor dicho, el cadáver de lo que un día fue una bicicleta, una chatarra con ruedas, un amasijo de tétanos con pedales que se abre paso entre la multitud de turistas, con la lastimosa cadencia de un animal hambriento y débil. Atada a lo que un día fue un guardabarros, el hombre porta una enorme bolsa de plástico repleta de botellas vacías para canjearlas por dinero. Por cada botella que meta en la máquina de reciclaje del supermercado, le darán 15 céntimos, 25 si tiene suerte y es una lata. En el tique aparecerá el desglose con el número de botellas que ha canjeado y el valor de cada una de ellas. Lo mirará orgulloso, con la sonrisa inimitable y esquizoide de los que ya lo han perdido todo en la vida, y se gastará su misérrimo presupuesto en las cervezas más asequibles del supermercado o en un vino pésimo, pienso en Mallarmè, en la barba mugrienta y frondosa, selvática, como la barba de Dios o de un sabio decimonónico, del hombre de la bicicleta y en la bandera europea.
Una de las botellas que sobresale por el borde de la bolsa, ligera como es, cae en uno de los virajes y comienza a rodar calle abajo con tan mala suerte de quedar a merced del tráfico que a esas horas es denso y caótico: cientos de coches atraviesan la calle estresados con la posibilidad de tener que esperar otro semáforo; a ello hay que añadirle el tránsito de los autobuses de línea y el tranvía. Pienso en Gaudí. El hombre se percata, detiene su marcha; ve con la cabeza girada cómo la botella sigue intacta. He visto esa mirada muchas veces en los ojos de mi madre cuando era niño. La botella sigue girando, es un milagro que siga intacta: el aire aleatorio, cruel e indiferente que levantan los coches al pasar hace que tome impulsos extraños, como si alguien la empujara de un lado a otro. La botella vacía sigue rodando, se adentra cada vez más en la calzada. Han pasado más de diez segundos, sigo su trayectoria con la mirada; es un milagro que no haya sido atropellada todavía. Me detengo también, veo cómo el hombre apoya la bicicleta contra un árbol sin perder de vista la botella, oigo crujir la bolsa de plástico repleta de botellas vacías. Observo al hombre de la barba, puedo leer en su mirada la intención de saltar a la carretera. ¿Será capaz de jugarse la vida por 15 céntimos? ¿Por qué nadie se agachó a cogerla cuando pasó por su lado antes de caer a la carretera? 
No, no fueron los cinco euros mejor gastados de mi vida: la botella sigue girando, intacta, y el tráfico es denso.

domingo, 9 de agosto de 2015

Una postal de Kafka desde Praga

A P. Noval

Me has dado una respuesta y no lo sabes, 
pues la próxima vez que salga el tema
y me pregunten: ¿qué es para ti la amistad?
Responderé:
una postal de Kafka desde Praga.

Recordaré una noche de este agosto,
de este agosto distinto en blanco y negro, 
el de los treinta años,
de un sábado a las diez y media 
en que bajé a comprar un par de helados
antes de una película de Brando,
y miré por inercia en el buzón
(¡¿quién mira en el buzón un sábado y de noche?!)
y en él había una postal tuya de Kafka
con una frase de una de sus cartas
en la que confesaba, indefenso y cansado,
que la literatura es todo cuanto era
y que otra cosa alguna
no era capaz de ser ni de querer.

Recordaré el portal oscuro
y las llaves colgando de mi buzón abierto,
y un sábado a las diez y pico de la noche
en este agosto de los treinta años
en que me eché a llorar en blanco y negro.


La postal en cuestión con el perfil de Kafka
y sus orejas cósmicas capaces de aprehenderlo todo.