domingo, 25 de septiembre de 2016

El loco de la camiseta



En la ciudad en la que vivo hay un hombre que va siempre en bicicleta (nunca lo he visto caminar), calvo y con bigote, que lleva una camiseta que le deja la tripa, bastante prominente aunque sin llegar a ser excesiva, al descubierto; la camiseta es de algodón, sin estampados, lisa, como de niña. Él no me ha visto nunca, yo siempre lo veo a él. Lo he visto algunas tardes de domingo, cerca de los parques, cuando queda poco para que termine de caer el crepúsculo o muy entrada la noche por las callejuelas del centro, raudo bajo la tenue luz de las farolas alemanas. Tiene siempre la mirada perdida como si le acabaran de dar una mala noticia que le impeliera a pedalear rápido, como si llegara tarde y no quisiera llegar tarde. De su manillar a veces cuelga una bolsa de plástico vacía. La gente se sonríe al verlo pasar o lo señala y hace comentarios a su acompañante. Cuando se cree ver a un loco, la cordura busca semejantes. El único día que lo vi con un jersey morado de encaje, no menos raro que su habitual camiseta y que le cubría el torso por completo, me sorprendió tanto que me hizo reflexionar varios días sobre la locura, sobre lo visible y lo invisible, sobre llevar o no la tripa al descubierto, sobre la metáfora de aquella tripa peluda de cincuentón atravesando la ciudad en bicicleta. Supe que iba a escribir algo sobre él cuando me oí pensar: ¡El loco de la camiseta con jersey!
Esta tarde, cuando he salido a correr, lo he vuelto a ver subido a su bicicleta y he pensado en pararlo y preguntarle por qué se vestía de aquella forma.
Pero nunca lo he visto caminar y lo más probable es que le hubieran dado una mala noticia o que llegara tarde y no quisiera llegar tarde.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Cinco reseñas



Para el que tenga tiempo y quiera saber a qué dediqué buena parte de los últimos meses del 2015, aquí os dejo cinco reseñas con pretendido afán científico (¿existe eso en literatura? ¿Es la filología una ciencia? ¿Barrabum bujum?) sobre cinco obras, un manual y cuatro traducciones, que fui invitado amablemente a reseñar y que han salido publicadas hace unos días o meses, no lo sé a ciencia cierta:

1. Magrinyà, Luis: "Estilo rico, estilo pobre. Todas las dudas: guía para expresarse y escribir mejor":

2. Lérmontov, Mijaíl: "Poemas / Poesías líricas":
https://revistas.ucm.es/index.php/ESTR/article/view/53031/48684

3. VV.AA: "Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales":

4. KAFKA, Franz: "La metamorfosis":

lunes, 5 de septiembre de 2016

Cuadernos gastados



No sé la de cuadernos que habré gastado a lo largo del último año para organizar el material de la novela que estoy escribiendo y de la que no hay escrita ni una sola página definitiva. ¿Ocho, nueve, veintitrés? Una y otra vez, una y otra vez, escribir para encontrar al narrador, a los narradores, porque tendrá al menos tres, aunque uno sea un narrador invisible. Escenas, fragmentos, personajes a los que conozco mejor que a mí mismo porque son parte de mí y también lo contrario y son partes de personas que conozco y partes que me invento o que añado de otras personas, el resumen del resumen de la documentación y más documentación, libros con tantos post-its de colores que parecen haber florecido como si los hubiera dejado abandonados en el parque que hay cerca de mi casa, la vegetación de las ideas. Notas, por ejemplo, como: "A Julio le gusta mirar las cajas de los juegos de mesa de los grandes almacenes porque parecen prometer algo, como los dorsos antiguos de los naipes que había en las casas de los abuelos". "Buscaba un bar venido a menos; las cafeteras viejas, descatalogadas, usadas varios decenios de más y escandalosas son las que mejor café hacen, al menos, con la amargura exacta de los años perdidos en un mismo rincón". "Los cielos en los sueños de Elda son del color verde del bronce gastado. Sueña a menudo con coches abandonados y bicicletas oxidadas sobre las que llueve. Si sueña en blanco y negro, los cielos siguen siendo de bronce gastado y, a veces, se desconchan como una pared encalada bajo un sol de castigo. Son cielos con varias capas, no es un solo cielo, sabe que sueña con cielos sucesivos, son cielos que dan a la calle o al interior de otros lugares, incluso, al interior de otras personas". "Un personaje es lo que queda de él, lo que deja en los demás, como en la vida somos aquello que dejamos en lo demás y que desconocemos o que conocemos por terceras personas. Hay que tratar de escribir lo desconocido, igual que ignoramos casi todo lo que dejamos en los demás. Escribir sin escribir, escribir lo que queda y que no sea un recurso: detesto el recurso y la pretensión de originalidad: lo original no se pretende, sino que surge, por eso es original. Rehuir. Somos lo que queda, un personaje es lo que queda de él: una frase, un desconcierto, un deseo que lo empuja y que él mismo desconoce hasta el final". "Elda piensa que es tan difícil cambiar como no hacerlo; se cambia siempre, se quiera o no". "Escribir sin mirar los cuadernos, releerlos cuando termine y corregir con ellos". "Da pena cuando se gasta un cuaderno, los voy a dejar todos sin terminar, que les sobren hojas, como esos caminos que ya no llevan a ninguna parte y siguen estando ahí como para marcar su propio final".  

Mientras, espero a que me llegue el pedido de "El punto ciego" de Javier Cercas de una librería de viejo que tiene su página web en una proveedora multinacional. Ya conozco la teoría de Cercas y cómo construye sus novelas; pero me gusta leer cómo escribe, solo por el placer de tratar de imaginar cómo lo ha escrito, es decir, por el placer de adentrarse en un texto que el autor da por concluido y reconstruirlo al leerlo. No me pasa nada parecido con casi ningún otro escritor, quizá porque él siempre escribe desde lo desconocido y porque soy un lector de autores, más que de géneros. O, al menos, eso creo o ese es mi lector ideal. Siempre se escribe para alguien.

martes, 24 de mayo de 2016

La muy increíble historia de Luis Solo Sevilla

Diseño: María Sanz León: http://elviejodesvan.blogspot.com


En plena preparación de los ensayos de la obra que escribí con mi amigo Paul Noval y en la que E.T.A. Hoffmann nos sirvió de inspiración, de narrador y de aliento en nuestra aventura. 

Se dará debida cuenta de lo sucedido... cuando suceda.

jueves, 3 de marzo de 2016

El estudiante solitario



Aquel día a séptima hora todos faltaron a clase. El mundo entero era un aula vacía. Faltaba poco para que dieran las dos de la tarde, yo iba de camino a casa. Un grupo de jóvenes estudiantes, de unos trece o catorce o, quizá, quince años venía de una panadería cercana. Los delataban los bollos y los refrescos que iban tomando de camino de vuelta a clase; esto último lo deduje porque no llevaban ni los abrigos puestos ni las mochilas al hombro y era un día de diario, un martes o un miércoles cualquiera y una mañana más de lluvia que daba paso a un día de sol, un día de finales de invierno. El grupo, de unos cinco o seis estudiantes, se encontró por el camino y en sentido contrario con otro estudiante que venía con el abrigo puesto y la mochila al hombro. El grupo se detuvo a saludar al estudiante solitario. Alguien dijo que en diez minutos empezaba la séptima hora, y el estudiante solitario respondió que ya lo sabía y que qué pasaba, y disimuló una carcajada, una carcajada que buscaba la aprobación del grupo y que la encontró. Yo también sonreí, porque había sido parte del grupo y el estudiante solitario más de una vez en la vida. Al mismo tiempo sentí una profunda lástima al ver la escena y supe que iba a escribir este relato en algún momento. Entonces fue cuando me pregunté si los que faltaban a clase no eran todos ellos al dejar que el estudiante solitario se marchara a casa, satisfecho de su broma. ¿Qué hubiera pasado si nadie se hubiera reído? Imaginé el asiento vacío del estudiante solitario en la clase a séptima hora, la cruz con la falta de asistencia junto a su nombre en el parte de incidencias del profesor. Imaginé la parte de la nota que había perdido aquel día y, algo peor, lo fácil que iba a ser suspenderlo a él después en las demás asignaturas, porque cuando se falta a una clase sin justificar, se comienzan a faltar a todas las demás, se falte o no se falte. Me pregunté si el estudiante solitario sabía lo que sus compañeros pensaban de él mientras se alejaba de ellos con cierta satisfacción, si sabía todo lo que había perdido de sí mismo con aquella carcajada, si sabía la de cumpleaños que se iba a perder, los planes que iba a hacer el resto sin que él jamás lo supiera. Pensé en esa oscuridad llamada mala fama que lo acompañaría el resto de los años. Pensé en que, por ejemplo, ya nadie se fiaría de él si un día le pidiera a un compañero dinero para un refresco o los apuntes para fotocopiarlos antes de un examen. Pensé en que el conductor del autobús lo vería subir al autobús de línea todavía vacío y pensaría que sus hijos, que iban a la misma clase en el mismo instituto, tenían clase hasta octava. Imaginé al conductor diciéndole a sus hijos que no le gustaba que fueran con ese chico, que no era de fiar. Pensé en la vecina con la que se cruzaría en el portal y que era amiga de su profesora de matemáticas y que lo mencionaría cuando se tomasen el próximo café.

Me pregunté qué ocurriría si, veinte años después, el estudiante solitario fuera un escritor en un país extranjero y viera la misma escena y fuera él quien escribiera este relato. Comenzaría así: "Aquel día a séptima hora todos faltaron a clase. El mundo entero era un aula vacía".

domingo, 14 de febrero de 2016

Las gaviotas y Montauk



Voy de camino a casa, regreso del trabajo. El cielo gris, encapotado y sucio. Pienso en Montauk de Max Frisch y en que me gusta Alemania porque siempre parece otoño, como si siempre fuera octubre y noviembre en Madrid. Siento la necesidad de releer Montauk como algo urgente, como una sed, como si todo mi cuerpo fuera un coche aparcado en doble fila y alguien quisiera salir y tocara el claxon con impaciencia. Veo a una pareja de adolescentes acodada en el barandal del puente. Miran nadar y volar a las gaviotas, las señalan, les tiran migas de pan. Las gaviotas son del color de las nubes. Pienso en que, en realidad, no están viendo las gaviotas, sino que se están mirando el uno al otro con la presencia, que las quieren ver para estar el uno cerca del otro. Al menos uno de los dos ha conseguido detener el tiempo. El amor como pretexto: una gaviota, un lago, una película, la mesa de un restaurante, un billete de tren, una puesta de sol, un partido de fútbol, las elecciones generales, un par de bicicletas, una serie de televisión. Al menos a uno de los dos no le importan nada las gaviotas, de eso estoy seguro, sino detener la ausencia del otro, su proximidad. Hace mucho que he visto esas gaviotas y las gaviotas que yo veo no son las que ellos ven. Las gaviotas que yo veo son las que ellos miran.   
¿Cuánto llevo sin escribir para mí? ¿Cuántas novelas podría haber escrito ya desde hace unos años? ¿Qué habrá sido de ellas? No puedo mirar un paquete de folios sin estrenar, entrar en una librería o escribir en un teclado de ordenador que no sea el mío -o incluso en el mío- sin tristeza. ¿Qué es lo que leen los que me leen cuando me leen? ¿Desde qué puente leen ellos? Las gaviotas que yo veo son las novelas que no he escrito. Les tiro migas de pan desde el puente, por eso necesito releer Montauk. 

      

viernes, 29 de enero de 2016

Entrevista en Radio Nacional (Radio Exterior), publicación de "¿Te has venido a Alemania, Pepe?"

Allá por finales de 2013, principios de 2014, decidí presentarme a un concurso de relatos convocado por la Universidad de Ratisbona (Regensburg, Baviera) acerca de la vida de los españoles en Alemania. He de confesar que me hizo mucha gracia el título del certamen: "¿Te has venido a Alemania, Pepe?". Presenté un texto llamado "Los textos de un traidor" que, afortunadamente, resultó premiado en el concurso.  Quién sabe qué es lo que hubiera escrito hoy, tres años después. De la escritura a la publicación de los textos pasa tantísimo tiempo que cuesta reconocerse del todo en lo escrito, es un proceso, sin duda, de extrañamiento y, al mismo tiempo, de (re)identificación (aunque sea fragmentaria).
He de confesar que el texto está basado, en la forma, en un texto de Javier Cercas (http://elpais.com/diario/2011/07/24/eps/1311488808_850215.html), es decir, en todas las maneras posibles de abordar la escritura de un texto como el que se pedía en la convocatoria del concurso; el fondo, por otro lado, parte de lo irónico para llegar a lo lírico, va de la anécdota hasta llegar al poema. En su momento, mientras lo escribía, traté de desterrar los tópicos que rodean a la temática evocándolos y negándolos, afirmándolos, al fin y al cabo, en su esencia, tanto en la personal como en la extrapolable.   

Se puede comprar pinchando en el siguiente enlace o pidiéndolo en tu librería habitual:
http://cicees.com/te-has-venido-a-alemania-pepe-con-32-relatos-de-nuevos-emigrantes-espanoles-un-libro-de-lectura-imprescindible-con-relatos-de-historias-personales-de-su-experiencia-en-alemania/


Como decía, casi tres años después de su escritura, gracias al trabajo, entre otros, de Trinidad Bonachera y el Prof. Dr. Ralf Junkerjürgen, ha visto la luz un libro que recoge los relatos seleccionados publicado en la editorial CICEES. Al abrir el libro, me percaté de que mi texto había sido escogido como Epílogo a la publicación; tras la conmoción inicial y cierto desconcierto de que "me echaran de comer aparte", llegué a la conclusión de que la tipología de lo que había escrito (un collage), no encajaba en las secciones del libro y, caso de encajar, lo hace como Epílogo, como resumen o compendio, quizá para hacer justicia a todos los que se quedaron fuera, o eso quiero pensar yo. Hace unos días nos entrevistaron a dos autores y una de las coordinadoras de la publicación (Trinidad) en el programa Marca España de Radio Nacional (Radio Exterior). Dejo el enlace un poco más abajo donde puede escucharse el programa íntegro en el que traté de expresar mis opiniones lo mejor que supe y que pude, no sin cierto pudor y titubeos propios de mi persona. 
Tengo el honor, además, de compartir publicación y protagonizar con mi gran amigo A. González parte de su relato: Bielefeld, Berlín, Bamberg. Por lo que soy co-autor y personaje (de no ficción y de ficción) en un mismo libro, algo que le añade más extrañeza a lo extraño.




Esta semana ha muerto el cantante Black, que tanto nos gusta en casa. D.E.P. Siempre me emocionó la línea, "I need a friend". Llevamos una racha impresentable de muertes de grandes músicos: Scott Weiland, Lemmy, David Bowie y ahora Black. Pasar por la vida bien merece escribir o cantar una canción hermosa, "Wonderful life" lo será siempre.