miércoles, 24 de febrero de 2010

El suicidio de Cernuda

El suicidio de Cernuda

Regresó a sí mismo sin saber quién era. El paso de las horas, de los días, de los años había convertido su alma en un lugar que no encajaba en su cuerpo, y su cuerpo en un lugar donde no encajaba su alma.
Se alejó, se alejó tanto que podía ver el final del horizonte, el sitio donde acaban las miradas del resto del mundo.
El tiempo ya no tenía que ver nada con la luz, no había días, ni tardes, ni noches. Todo se había tornado en un arrastre involuntario, que no cesaba, como el llegar de las olas del mar a las orillas.
Buscar en él una respuesta, era como pedir explicaciones al sol por dar su brillo, reclamarle al mundo su inercia.
Desde allí, contemplando su propia vida como el que pasea por un museo, supo que era verdad. El amor fue tan solo una forma de olvido y de deseo, y la muerte no más que la única palabra de la que surgía el resto.
Abrazó su propia ausencia y en un último azul dejó escrita la palabra juventud, como si al poder verla por última vez nadie pudiera arrebatársela de nuevo.