martes, 23 de febrero de 2010

Palabras de bienvenida

No importa quién seas, tus ojos siempre serán bienvenidos aquí.

Este blog nace con la intención de reunir en un lugar todo el caos que soy capaz de poner en pie, a petición de amigos, familiares y lectores que me pierden la pista a lo largo del tiempo.
Lo primero, quiero dar las gracias a María por su diseño, por el tiempo que le ha llevado hacerlo y por haber convertido mis pensamientos en algo visible.
Lo segundo, dar las gracias también de antemano a todo el mundo que entre a leer y a comentar algo, si es que lo encuentra digno de comentario.

¿Por qué el título Las cadenas de Andrómeda?

Escribir ha sido siempre una forma de salvación conmigo mismo, y a la vez una condena que me acompaña donde quiera que esté.
El mito de Andrómeda significa mucho para mí por ser la historia que mejor resume lo que entiendo por creación en cualquier ámbito. Andrómeda es la involuntariedad, la belleza, la juventud, la desnudez, el castigo inmerecido, la cercanía de la perdición, del mar, de la muerte, de lo complicado y la esperanza de encontrar finalmente el amor que convierta el abismo y al monstruo Ceto, que llevo dentro de mí, en maravilloso coral y aguas tranquilas.
Además el cuadro de Doré que encabeza la página, desde que lo vi de pequeño en un libro de libro de Lengua Castellana acompañando a un soneto de Lope de Vega, se me quedó grabado en la memoria como un extraño canon indescifrable de belleza, que comprendí pero que no podré explicar jamás, y que sólo he vuelto a encontrar en los cuadros de Friedrich o en los versos de Valente.

Para despedir esta pequeña bienvenida, que mejor que el poema de Lope, al que me he referido antes, pues encierra un mensaje muy cierto. Nos encontraremos con muchas Nereidas en nuestra vida.

Atada al mar Andrómeda lloraba,
los nácares abriéndose al rocío,
que en sus conchas cuajado en cristal frío,
en cándidos aljófares trocaba.
Besaba el pie, las peñas ablandaba
humilde el mar, como pequeño río,
volviendo el sol la primavera estío,
parado en su cénit la contemplaba.
Los cabellos al viento bullicioso,
que la cubra con ellos le rogaban,
ya que testigo fue de iguales dichas,
y celosas de ver su cuerpo hermoso,
las nereidas su fin solicitaban,
que aún hay quien tenga envidia en las desdichas.



Auf Wiederlesen!
(Qué gran verdad el último verso)