lunes, 29 de marzo de 2010

La intimidad

Esperando a los pies de unas escaleras a que saliera del saturadísimo baño de una cadena de hamburguesería americana, veía bajar al resto de personas en un goteo multitudinario, y se extrañó de que ninguno de aquellos cuerpos tuviera valor alguno a sus ojos, más allá del de sentir que fuesen seres humanos desconocidos, de los que sólo se podía adivinar o sospechar el aspecto a través de sus rostros, la clase social a través de sus atuendos y el vacío que dejaban al pasar, por no ser la persona esperada.
Se dio cuenta de que el amor, el verdadero amor, era un lugar irremplazable en el mundo. Y que era consustancial al espacio que ocupa la persona que se ama. Un lugar, que no es un lugar fijo, ni estático, si no que igual que el corazón va con nosotros latiendo a donde quiera que vayamos en compañía de nuestro cuerpo, así el amor se contiene involuntario en un lugar de nuestra memoria, nuestra sangre, o simplemente en eso que llamamos nosotros mismos. Pero es un lugar que necesita del contacto, de la cercanía, de tiempo compartido, de intimidad al fin y al cabo, una intimidad que nace y se prolonga cada vez que ambos cuerpos deciden romper las distancias que los separan. Intimidad que puede ocurrir en cualquier lugar, en una calle, en una farmacia, en un parque, regresando a casa en el coche, solos o acompañados por gente, pero íntimamente.
Y regresó bajando las escaleras, inconsciente de lo que provocaba en él, de lo milagroso que resultaba reconocer su rostro tras la multitud. Una alegría parecida al entregarse iluminado de la luz ocupaba su pecho. Ella le dijo que había mucha gente, justificando la tardanza. Él sólo sabía sentirla cerca de nuevo, y sentirse afortunado de ocupar una distancia cercana respecto de ella.
La amaba, y amaba su cercanía, su intimidad...

miércoles, 17 de marzo de 2010

La décima de segundo


"Into the flood again,
Same old trip it was back then,
So I made a big mistake,
Try to see it once my way.
Am I wrong
have I run too far to get home?
Am I Gone?
And Left You Here Alone
If I Would Could You?."
Would, Alice in Chains.

Cada vez que se despertaba sentía la décima de segundo. La décima de segundo que se encuentra en un lugar inconcreto entre la mirada y el pecho, quizás donde se refugia el alma en los hombres, si es que tenemos un alma. Debemos de tenerla si hay una palabra que la designa.

Esa décima de segundo que transcurre entre la consciencia y la memoria era el único reducto de felicidad que quedaba en su vida, pues en aquel momento breve y fugaz, todo se encontraba en su sitio. Las personas queridas vivas en sus casas, el amor presente como una luz inmortal inundando la sangre, la ausencia de la decepción y de culpa, y el arrepentimiento algo imposible, lejano e inimaginable como la muerte a los ojos de un niño.

Y al regresar a su memoria, a su culpa, a los recuerdos de las personas que ya no están presente y a las que no quieren estarlo, comprendía lo que empujaba a algunos hombres y mujeres a su propio precipicio.

El espejo, pensaba, es una forma de precipicio en el que siempre estamos cayendo, la distancia que se hace más corta cada día entre nuestro cuerpo vivo y el desaparecido. El mar de silencio que guarda cada persona en su interior, duro como una piedra, oscuro como la noche, incomprensible, anterior y complicado como una lengua muerta de la que ya no quedan hablantes, todo choca contra el cristal y el cristal con nuestra mirada, ajena a nosotros mismos.

Y sin embargo, esa décima de segundo en la que todo permanece inalterable era capaz de alzarse contra el resto de su vida, del mismo modo que un rayo ilumina el cielo por entero el horizonte durante un instante. Mezclando su propia voz con la de un desconocido que quiere convencerle de seguir viviendo, de que hay cosas en la vida que tienen valor, y que es necesario perderlas para poder valorarlas.

Necesario, repetía, es necesario perder las cosas.

Dejar de ser un niño, para saber lo que fue serlo. Dejar atrás la adolescencia y su arrogante mirada prometeica. ¿Abandonarlo todo, huir, para acabar llegando a casa de nuevo?
Regresar...Regresar...Siempre regresando, y cada vez más lejos.


martes, 16 de marzo de 2010

Aufsatz


Redacción voluntaria de un alumno suspenso sobre el tiempo


El tiempo abre grietas en todas las cosas, levanta a las flores para luego secarlas lentamente.
Es una fuerza invisible que empuja todo, y en ese todo vamos cada uno de nosotros, insignificantes como una gota de mar, valiosos como la luz de una estrella.
El espacio que hay entre un latido y otro, la distancia entre la vida y la muerte, y a veces el amor.

Es como un tren que sale, sin importarle quien vaya dentro, no tiene compasión, no espera. Sólo parte, ¿partió hace mucho tiempo el tiempo?

¿Y si no existiera el tiempo? Si sólo fuera una dirección en la que avanza la luz. Puedes contar los años, pero hay años que se nos hacen larguísimos, y años muy breves.

Si hiciéramos un calendario hecho de abrazos en lugar de días, si olvidásemos alguna vez las cifras, si nos diésemos cuenta que al final, al final de todos los calendarios del mundo está nuestra desaparición.

Pero no, tiempo, dinero, trabajo en lugar de amor, el amor nunca, calendarios, arrancar las hojas.

Todo esto porque he soñado que se acababa el tiempo, el tiempo en sí, dejaba de existir como magnitud.

Me pregunto quién nos ha convencido para vivir de la forma en que lo hacemos.

Dios guarde por muchos años a todos los locos de este mundo, en especial a los borrachos, y a la gente de mal vivir, al menos ellos nos dan una referencia más real que cualquier reloj de dónde se encuentra el mundo.

jueves, 11 de marzo de 2010

No sabían que era imposible, por eso lo hicieron


No se puede regresar a un lugar que ya no existe.
Hay horas en que me gustaría volver a nacer, y pienso si dentro de veinte años querré regresar a este momento, donde no sé lo que me habrá pasado hasta entonces, para entonces será demasiado tarde para todo, igual que ahora lo es.

Cuando somos conscientes de algo siempre es demasiado tarde.

Lo único que espero que no me abandone nunca son mis sueños y las ganas de leer, ese día se habrá acabado el mundo para mí y yo para el mundo. Estoy seguro de no saber hacer otra cosa que soñar, leer es lo mismo que soñar pero a través de las palabras.

Ojalá supiera aprender a vivir, creo que alguna vez lo logré y no fue a tu lado.

Al final todo nos abandona, incluso la vida.

martes, 9 de marzo de 2010

Gegen den Strich


-Was meinst du?-sagte Fernando.
-Ich bin 21. Ich bevorzuge Freiheit als Liebe-erwiderte Sheng.
-Wieso?
-Gibt es keine Liebe, die die Freiheit nicht bestehlt. Aber die Freiheit ist immer extrem, entweder bist du nur voll glücklich oder ganz traurig.
-Du hast recht, wenn ich allein bin, fällt es immer von einem Extrem ins andere.
-Die Zeit wird auf jeden Fall vergehen, und es ist immer besser, das Leben zu geniessen. Freiheit kann dir nichts bestehlen.
-Es gibt auch keine Liebe ohne Freiheit.
-Doch-sagte Sheng lächelnd-Die Liebe ist eine freiwillige Unfreiheit.
-Ich muss das aufzeichnen, um das nicht zu vergessen....
-Machen wir es gleich, hast du einen Kuli?
-Bist du verrückt? Gleich? Hier im Bahnhof?
-Wir sind frei, wir machen, was wir wollen!

lunes, 8 de marzo de 2010

Dunkelheit



"There´s nothing left to burn"
Robert Smith

Dunkelheit
Llega,
no sabes cómo pero llega.
Y es un lugar donde no hay nada más.

La sientes sin palabras,
como dolor que no encontrase cuerpo,
o agua derramada,
mirada que en sí misma abarcase su cielo.

Puedes negarla
pronunciando los noes aprendidos,
puedes cerrar los puños,
girar tu cuello y apretar tus párpados.

Y cuando dejes de decir que no,
abras las manos y los ojos
y dejes de girar el cuello,
seguirá ahí.

No importa en cuántos cuerpos te refugies,
te abraces,
no habrá palabras de consuelo.
Nada devolverá la luz,
podrán llegar a ti del mar todas las olas
o los misterios que la noche encierra,
mas ya no volverá la luz.

Llega,
y cuando llega ya no hay nada más.

domingo, 7 de marzo de 2010

Ruido

(Una canción que he aprendido a tocar últimamente)

Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.

Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.

Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...

Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.

Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.

Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.

Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.

Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.

Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.

Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.

Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.

Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.

Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.

Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.

Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.

Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El semáforo


Hoy, esperando que se pusiera en verde el semáforo, como muchas otras veces durante muchos otros días, he vuelto pensar que sólo es una luz detrás de un cristal, y que somos nosotros, los hombres, los que le damos un valor a esa luz.
He mirado las líneas en la carretera y he pensado lo mismo, que son sólo trozos de pintura sobre el asfalto.
Luego he seguido caminando y he visto una iglesia, y he pensado que no eran más que piedras, en la iglesia había un reloj enorme, y he pensado que no era más que un mecanismo por agujas que giraban señalando dibujos.
Después he entrado a un restaurante y he pensado que las mesas de madera sólo eran trozos de madera colocados de una determinada forma, que el vaso del que una forma más de vidrio inflado, que mis cubiertos poco más que trozos de acero moldeados y que el dinero que he pagado por mi comida no era más que papel y metal sin valor, por muchas improntas, sellos, firmas y autenticaciones que lleven serigrafiadas.
Luego me he montado en un tren, en un autobús, y he caminado hasta casa y he sentido el peso del absurdo de esta sociedad moderna, que nos requiere a todos en lugares alejados de nuestros domicilios, para poder ir al trabajo, para poder mantener los trenes y las empresas de transporte y venderte el café del camino al trabajo. Trabajo he pensado, algo que nadie quiere hacer por los demás y lo hace por dinero.
Luego me he mirado al espejo, y no he visto más que un animal al otro lado que me miraba incomprendido, sabiendo que designa a los objetos con palabras, y que cada palabra es un límite en sí misma.
Y he sonreído, y me he acordado de ella. Y el amor, y el amor...





(Y sí, he visto la película de Der Vorleser, y me ha gustado muchísimo, aunque me ha gustado menos que el libro, la historia vista como película pierde...).

martes, 2 de marzo de 2010

Der Vorleser


Siempre he tenido algo de reparo a leer lo que escriben autores que están vivos, por aquello de no tener la suficiente distancia en el tiempo como para saber si ha sobrevivido, o si ha caído en el olvido, si merece la pena o es producto del marketing.
Empiezo a ver que, como en otras muchas cosas, me he equivocado al pensar así, y que voy a tener que empezar a pensar lo impensable y a leer algo -mucho más- de literatura contemporánea, aunque sea en otros idiomas como en alemán.
La expresión Best-seller es algo que me aterra, pero tratando de olvidarme de ella, me acerqué a un libro escrito por Bernhard Schlink que se llama Der Vorleser, en español, El lector (El que lee en voz alta). No sé si por escuchar hablar tanto de la película, o por casualidad, el caso es que el libro cayó en mis manos allá por el mes de Noviembre, y simultaneando lecturas, pues siempre leo cinco o seis libros al mismo tiempo que no a la vez, lo he tenido un poco olvidado hasta que hoy he encontrado el momento de darle su lugar y terminar la deuda que tenía con la historia, que a medio camino, todo hay que decirlo, me decepcionó un poco.
No voy a tratar el argumento, que como siempre es lo de menos, lo que más me ha gustado es la capacidad de observación interior del narrador y las descripciones a lo largo del tiempo, el cómo una persona puede ver una cosa de mil formas distintas, siendo en realidad todo una misma cosa igual, y los diferentes niveles de verdad que hay dentro del ser humano a lo largo de su vida, dependiendo a quién se dirija. Sobre todo me quedo con la sensación de incertidumbre que rodea a todas las páginas.

La literatura en sí, es una protagonista más de la novela, y de alguna forma es una tabla de salvación o una forma de desasirse de la vida, sea cual sea la culpa con la que cargue cada uno. Creo que tiene mucho mérito el haberla incluido de una forma tan natural, en una historia tan difícil de construir.

Me ha ayudado sobre todo a comprender que nadie es nadie para juzgar los motivos porque se cometen atrocidades, no al menos fácilmente y a la ligera, y que todos somos capaces en un momento dado de vernos acorralados por las circunstancias, lo cual no nos exime de nuestra culpa tampoco, o libera de su culpa a los demás. Ha costado mucho tiempo lograr sistemas judiciales justos, y para dar un paso hacia delante en derecho civil, han hecho falta dar doscientos mil hacia atrás y poder darnos cuenta de lo terriblemente equivocados que podemos llegar a estar. Mucho más en Alemania, con su propio pasado.
Es un tema complicado, pero en el libro se plantea de una forma tan sencilla que abruma. Puede ser que el problema y la solución que plantea el libro estén a medio camino de esa diatriba. Estamos demasiado acostumbrados a discernir el bien del mal, a poner etiquetas, a tener una opinión rápida de las cosas y a no pensar en lo impensable, del mismo modo que yo no leía este libro por ser un Best-seller.

¿Tratar de comprender lo incomprensible, incluso con nosotros mismos?

En el fondo la lectura de El lector deja una sensación agridulce, y un sentimiento negativo y al mismo tiempo compasivo con los protagonistas. Pero quizás sea ese su mayor logro, el hacer reflexionar y pensar en las verdades ocultas, y en lo ilógico que puede ser el orgullo. Además en algunos tramos está deliciosamente escrito, y hay momentos en los que cae, como la vida misma, en un tedio burocrático absurdo y necesario.

Puedo decir, al menos, que lo empecé después de mucho tiempo de duda y lo he terminado, y que no me arrepiento para nada de haberlo leído, a pesar de mí. Aunque me hubiese gustado que terminase de otra forma...

(Tendremos que ver la película...)
(Buenas noches)

lunes, 1 de marzo de 2010

El reloj de arena

"Denn sie, die uns das himmlische Feuer leihn,
Die Götter schenken heiliges Leid uns auch,
Drum bleibe dies. Ein Sohn der Erde
Schein' ich; zu lieben gemacht, zu leiden."
Hölderlin

De nada sirve pensar en detener el paso del tiempo, y querer regresar a los inicios, para hacer todo bien desde el principio. Es un síntoma inequívoco de que nos habremos equivocado, y de que normalmente en esa voluntad de regreso, se esconde nuestra propia culpa.

La vida nos empuja siempre hacia delante como una pared invisible, de poco sirve tener la vista puesta en lo que hemos dejado atrás, en lo felices que éramos, y en lo bonito de aquellos días que ahora son la parte de abajo y el fondo del reloj de arena. No se puede vivir mirando la arena caer.

Es difícil, pero hay que vivir el presente, para disfrutar de él en un futuro.
Nadie nos enseña a afrontar en el fondo todas nuestras dudas, y al final nuestras decisiones y nuestros caminos andados son solamente los nuestros. No sirve de nada culpar al hado, al destino, a los demás de nuestra mala suerte, y de nuestros problemas.

La mejor manera de arreglar las cosas es no estropeándolas.

Y la mejor manera de comenzar por última vez de nuevo, quizás por primera en el fondo, es tratar de comprender que lo que no se puede perder, es lo único que nos queda en esta vida.