miércoles, 28 de abril de 2010

Criterio

"Kannst du nicht Allen gefallen durch deine Tat und dein Kunstwerk,
Mach' es Wenigen recht; Vielen gefallen, ist schlimm."
Friedrich Schiller
("No puedes gustar a todos con lo que haces y con tu obra de arte,
agrada a unos pocos; gustar a muchos es malo")

Lo he pensado infinidad de veces, sin embargo, es un pensamiento muy difícil de definir: El criterio. ¿Cuál es el criterio que hay que seguir? ¿Hace falta un criterio?
En todo lo que nos gusta hay algo de nosotros, una identidad que se revela y que se refleja en nosotros hacia nosotros y busca reencontrarse en sí mismo. El reflejo es involuntario, como el que sucede con la luz en un espejo, sin embargo el problema es el espejo, nosotros mismos como recreadores de ese reflejo y de esa identidad. Todo se suele resolver en nuestros días con: "Para gustos lo colores" o "Cada uno piensa lo que quiere...". Lo cual es por un lado cierto, ciertísimo, tan cierto que no hace falta decirlo porque siempre ha sido así. Es como decir que el sol ilumina.
Pongamos un ejemplo: Si me pongo a dar golpes con la mano en una puerta a un determinado ritmo, habrá quien defienda a ultranza que eso es música, y habrá quien piense que no lo es, que es un tipo dando golpes a una puerta.
Si silbo una melodía, habrá quien piense que eso es música y habrá quien piense que es una persona silbando, sin más trascendencia.
En todo caso, creo que la intención del que da golpes en la puerta o el que silba es lo que cuenta, por lo que signifique ese acto en el momento en el que lo realiza. Creo que ahí debería comenzar todo tipo de criterio, en la intención del que realiza algo y en el mensaje de esa intención, en lo que transmite esa intención, y en si consigue lo que se propone.
El problema se multiplica exponencialmente, puesto que las intenciones pueden ser infinitas y las maneras de comprender las intenciones más infinitas todavía. De ahí que estalle todo en un relativismo de magnitudes oceánicas donde todo vale. ¿Todo vale?
Yo admito, por ejemplo, que no tengo ni la más mínima idea de dibujar. Puesto que cuando tengo la intención de dibujar a una persona, me sale una cosa completamente diferente a lo que me propongo, no cumplo ni con la mínima propia expectativa de suficiencia que se exige cualquiera cuando hace cualquier cosa. Ahora bien, si cojo un bote de pintura, lo arrojo a un lienzo y le doy dos trazos de azul y de negro y lo llamo "Fugacidad del ser en torno al alma", entonces habrá quien considere que eso es arte. ¿Es eso justo? ¿Es eso criterio? ¿De verdad vale todo?
¿Hay gente que se emociona de verdad escuchando Reguetón (o como quieran escribirlo), David Bisbal o la última canción de Conchita (con perdón de las dos personas que se encuentren detrás de esas canciones, que tendrán su vida como todos, supongo)? Si la intención es vender discos y que lo pongan en la radio, cumplen sus expectativas con creces, puesto que se pueden permitir accionar los mecanismos que empujan a las personas a creer que eso es música e incluso, que lleguen a emocionarse escuchándolo, ya ahí no entro siquiera. ¿Pero realmente lo es, es eso música, o es una hamburguesa, o una camiseta de la marca X? ¿Cual es el criterio si todo vale?
Me remito como siempre a la etimología, que es una de las cosas que más me apasionan de la vida, y criterio significa en su origen: juzgar. Quizás sea mucho pedir a la gente, que tengan criterio, presupone respeto y consciencia de unos mínimos cánones, presupone educación, tiempo, reflexión, indagación en lo que se siente ante determinadas obras de arte, ya sea música, pintura, literatura, escultura, fotografía, cine... Hay miedo a juzgar las cosas como malas o buenas, o más que miedo, hay miedo a hablar de las cosas, hay miedo a pensar y dedicarles tiempo, hay miedo a pensar lo que sentimos... Miedo a pensar... Ni siquiera miedo, hay una especie de tedio generalizado y cansancio neuronal, puesto que pensar, lectoras y lectores, no da dinero a simple vista.
El único criterio por el que se mueve el mundo, en la inmensa mayoría de los casos es ese, el dinero. ¿Es rentable? ¿Vende? ¿Se venden los discos? ¿Se venden los libros y los cuadros? No me extraña que Van Gogh terminara por suicidarse y que Cervantes muriese de inanición en un mundo como el nuestro, que luego es capaz, irónicamente, de encumbrarlos... ¿Qué importa verdad?
Tener criterio no nos hace mejores, nos hace más sensibles, puesto que somos más conscientes, es como un sexto sentido que fortalece al resto... Provoca muchas amarguras, sí, puesto que se es más consciente de la inmundicia (lo que comúnmente se conoce como caspa), pero es lo único que puede brindarnos la felicidad más absoluta y verdadera, la de saber que estamos ante algo único y que lo tratamos de asimilar en su más profunda totalidad. Y sobre todo, un humildérrimo consejo: Jamás intentéis convencer a nadie de que vuestro criterio es valioso o siquiera de que existe, lo mismo que una estrella no tiene que convencer a nadie por su brillo, simplemente se percibe, se da, se entrega, se disfruta a lo lejos en el cielo.
Hay una frase muy española que me hace mucha gracia y me llega al alma, idiomáticamente hablando no territorial, ni fronterizamente, ni por envanecimiento patriótico, si no por el idioma llanamente, que es: (Lo demás) Eso ni se considera.
Tengan ustedes criterio, y sepan discernir lo excelso de lo superfluo, lo verdaderamente hermoso de la mercancía. La belleza está ahí, en la intención del que hace algo y los que recreamos esa intención en nosotros.

martes, 27 de abril de 2010

Sosiego


Hoy, después de mucho tiempo, he encontrado la tranquilidad. Nunca me había sentido tan tranquilo y tan dentro de mi cuerpo, ha sido esta mañana, de camino al trabajo. Me he levantado una hora antes, pues ya no podía dormir más y en lugar de coger el autobús hasta la estación, he decidido hacer el camino a pie.
Cuando he salido de casa llovía levemente, como con cuidado, era una lluvia agradable que se dedicaba a acariciarlo todo de pasada, al rato las nubes se han deshecho, como dos cuerpos que se separan tras un abrazo, dejando pasar la luz de la mañana, con ese casi calor desde lo más azul del cielo, la brisa tras la lluvia empujaba infinidad de olores. Casi puedo decir que eran olores positivos, olor a árbol, a río, a horno de pan mañanero, olor a gente yendo al trabajo.
Y he sido consciente por un segundo, del lugar que ocupaba mi corazón latiendo en el pecho, y de que había algo valioso a mi alrededor que se demostraba. No sé qué era, creo que era mi propia tranquilidad huyendo en ondas, como las que deja una piedra que cae en un lago atravesándolo todo y siendo atravesada al mismo tiempo. Detrás del cristal de las gafas de sol, podía ver el sol brillar, como un hermano, como un amigo, como algo inquebrantable.
Creo que esta sensación ya no podrá abandonarme nunca, ha sido algo fuera de la vida, o quizás tan profundo que no deba sentirse, como si un por un momento todo pudiera comprenderse y aceptarse tal como es.
Las cosas fueron como fueron, son como son, y serán como sean, están donde están y tienen sus motivos para ser así, todo tiene sus motivos.

lunes, 19 de abril de 2010

Abril


Abril y nacen las flores, abril y el sol baña por más tiempo el azul. Abril quizás espuma de Afrodita, abril y la tierra se abre, abril lo parte todo en dos. Debería estar alegre, los alemanes se enorgullecen de que haga buen tiempo, me lo dicen, como si fuera importante para mí.
He comenzado a creer que nadie tiene nada que decirse, lo siento en mí de una manera Bukowskiana, la única comunicación posible es la caricia. Quizás la cercanía, probablemente la risa. Nadie tiene nada que decirse.

La naturaleza, ausencia consciente de conciencia, lo sabe, por eso no nos habla nunca o al menos lo hace sin palabras, nos ofrece, nos rodea. Nos tocan los rayos del sol, la luz de las estrellas nocturnas, el aroma de las flores, el agua del lago, el canto de los pájaros, su repentino vuelo.

***
¡A ver quién es capaz de echarle la culpa al volcán de que se haya puesto en erupción! Los hombres contabilizan sus pérdidas, los aviones que no han podido coger, las mercancías que no han podido ser entregadas, esperan escuchar un comunicado oficial de las empresas, de los políticos, repiten lo que escuchan en la radio, se sorprenden de que todo pueda dejar de funcionar... Mientras la nube volcánica nace, se extiende tranquila, ella está en su lugar, nosotros no, el aire no se hizo para los aviones.

viernes, 16 de abril de 2010

Misericordia

Ayer por la noche terminé de leer Misericordia de Don Benito Pérez Galdós, creo que merece unas palabras, no desde mi vanidad, si no tan sólo por recordar y no dejar caer en el olvido historias tan intensamente ciertas y bien escritas.
Qué decir de semejante obra maestra de la literatura, invito -casi obligadamente- a todo el mundo a que se pasee por sus páginas, que es lo mismo que hacerlo por los suburbios más andrajosos del Madrid de finales del siglo XIX.
Es un libro de esos que sabes que releerás cuando pasen diez o quince años, para intentar comprenderlo en su totalidad, o para que él acabe de comprenderte a ti.

Misericordia es casi una narración evangélica sobre una criada abocada a la infinita miseria, a la mendicidad en las calles y las iglesias, al raterío y el regateo, a las tiendas de empeño, a los mendrugos de pan mojados en las fuentes para ablandarlos y tener algo que llevarse a la boca, a la preocupación por los demás, más allá de uno mismo. Misercordia, etimológicamente, es ver la miseria del otro en nuestro corazón y actuar en consecuencia. En eso Benigna (el bien humano personificado en la tierra) es uno de los personajes mejores construidos y más verídicos ante los que he puesto mis ojos, toda una lección de actitud y valores morales, reales, en el mejor sentido de la palabra, esto es, una enseñanza con los pies en la tierra. Inolvidable es también el personaje que la acompaña durante la narración, el marroquí Mordejai-Almudena, un pobretón místico, ciego y lírico, que con sus conmovedores errores gramaticales evoca la raíz de las identidades de todos los pueblos que han habitado la geografía de nuestra lengua, impresiona la capacidad de Galdós para absorber en su interior el habla de cada personaje, sus tics, sus muletillas, su procedencia, su estrato social que dirían ahora.

No voy a contar nada del argumento, ni de la trama, es algo completamente secundario...

Espero que si alguien me hace caso, y pone sus ojos antes estas páginas, verá cómo cambia su manera de ver las cosas. Somos una persona antes de leer el libro, y otra completamente diferente después de haberlo leído.
El que tenga oídos que oiga, que decía el otro.

jueves, 15 de abril de 2010

Creer en el amor



Han de ser muchos los poemas y las canciones que se escriban por amor en el mundo todavía, muchos los libros y las películas que lo pongan en el centro de su mirada. Y muchas personas han de nacer por todavía por él, siempre he deseado que todo el mundo nazca por amor y no por un descuido de miércoles por la tarde.
Pero hoy,palabra maldita que no significa nada, nunca es hoy, siempre es ayer o mañana, si acaso ahora, pero nunca hoy. Hoy en día, quería decir, quién pone en sus manos el amor, el amor de verdad.
Nos educan para huir, para no necesitar a los demás, individuos nos llaman, nos inducen un coma maquillado de libertad, que en realidad consiste en hacer de nosotros unos seres egoístas y nauseabundos, consumidores como nos dicen, que no aprecian nada que no dé un rédito monetario. El amor no es un objeto de consumo, no es pintar las paredes de una casa, no es una pieza de coche, no hace siquiera falta, no es práctico, en definitiva, que queramos a alguien no da dinero.
El amor queda banalizado entonces, o todo lo más, reducido a objeto de consumo en común. El sentimiento, como ente intangible ya no tiene sentido, hay que convertirlo en acción visible.
Ir al cine, ir a cenar, ir de viaje, irse de vacaciones, comprarse una casa, celebrar una boda con su correspondiente luna de miel. Puro negocio de oliva.
Indagando en las raíces del problema puede darse uno cuenta y afirmar, que el amor, entendido como desprendimiento, cercanía, necesidad del otro, es ridiculizado. Hoy hay que amar con distancias, siendo cada uno consciente de su finca vital. ¡Es mi vida, hago lo que quiera! Pronuncia todo el mundo sin importar lo que sienta el resto. ¡Es nuestra vida, hagamos lo que queramos! ¡Seamos libres! La libertad a la que se suele aludir es una forma más de consumo, llámese salir a tomar cervezas, comprar billetes de avión para visitar lugares que se suponen dignos de ver, o simplemente un espacio inmoral de secretismo, compartido o no, con uno mismo donde cabe todo, desde el partido de fútbol hasta la serie de televisión, desde la obra de teatro hasta la innecesaria y accesoria compra de ropa de temporada, pasando por el aislamiento comunicativo a través de internet, el cotilleo masivo de fotos del resto. ¡Una buena foto de uno hoy en día es un prestigio! Una imagen no vale más que mil palabras, vale más que la propia persona que se representa en su marco... Es curiosa la proliferación de televisiones en las casas para que cada uno vea en su cuarto lo que quiera, ya nadie soporta un criterio que no sea el suyo, ya nadie va a dejarse sorprender por esa película que le gusta a su pareja, porque echan el partido, porque echan la novela y no quiero compartir tu partido. ¡Mi criterio es mi opinión, mi opinión es libre, la libertad está por encima de todo, mi criterio es incuestionable! Y así nos va... Va a llegar un momento en el que nadie soporte a nadie, la sociedad te brinda miles de posibilidades para hacer el amor con un desconocido, ninguna para amarle, ni tan siquiera los mínimos valores morales. ¿Moral? ¿Eso se compra con dinero?
Todo se trata de conseguir dinero. ¿Cómo? Trabajando. ¿Para qué? Para cambiarlo por objetos necesarios. ¿Necesarios? Sí, todo el mundo los tiene. ¿Cómo? Trabajando. Preguntar en qué trabajas es poco más o menos hoy día que preguntar quién eres. ¡Trabaja o muere, sé productivo!
¿Quiénes somos? ¿Esto es, vas a poder pagarme los caprichos si no me los puedo pagar yo?
Habría que hacer una estatua a cada matriculado en Filosofía, o a cada pastor que quede por el mundo, o a cada leñador, o a cada borracho incurable que no hace nada si no intoxicarse, a cada pobre de por la calle que no pague un céntimo de impuestos. Una estatua, por favor, a cada persona enamorada, a cada músico que sólo toca por el placer de tocar, a cada niño que pinta por el placer de pintar, sin sentido práctico. O mejor que una estatua, las estatuas tampoco sirven para nada, que les dieran un planeta aparte, un continente donde no existiera la vida basada en la compraventa.
Hoy todo el placer consiste en ser autosuficiente, no depender de nadie, no escuchar a nadie, encerrarse con aquellos que piensan como nosotros, en definitiva, ya no se trata de la masa de Ortega y Gasset, es algo mucho más pluriforme y enfermizo, y a un mismo tiempo omnímodamente parecido. Se trata de un narcisisimo infinito y vanidoso, que deriva en complejos, cuando no se cumple la expectativa. ¡Vivimos la epidemia individualista!
Siento nadar contracorriente y tratar de comprender aquello que siento, siento plantearme las cosas y pedir opinión, siento no saber a dónde ir, ni qué es lo que está de moda, pido perdón por leer y tratar de tener un criterio. Pido perdón por tener un par de buenos amigos de verdad, hermanos a los que adoro, por hablar con mi padre de mis problemas, por ser capaz de cualquier cosa por amor, por ella, por dar todo lo que tengo. Por creer que con las palabras se puede cambiar el mundo y con él a los que estamos de paso por él.
En definitiva, por creer que todavía es posible que alguien nazca por amor, que es la idea con la que venía a escribir hoy.

martes, 13 de abril de 2010

Quizás mañana


Kelly Jones, puso un día letra y música a la incertidumbre...


He estado triste últimamente
y me pregunto por qué
esas pequeñas nubes negras
siguen viniendo tras de mí
conmigo
conmigo.

Es perder el tiempo
y preferiría estar borracho y alegre,
creo que me voy a arrastrar a la calle
y comprar una sonrisa del tamaño del arco iris,
pero sé libre, haz lo que quieras,
todos lo son, todos hacen lo que quieren.

Así que quizás mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa,
puede ser que mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa.

Me detengo a mirar lo que es una vida completa
habiendo sido la parte de arriba de lo que quedó abajo,
habiendo sido sido la parte de dentro de lo que quedó fuera,
nos queda respirar al menos,
respiramos.

Necesito aire fresco y una mirada abierta sobre las cosas,
quiero nadar en el océano,
quiero tomarme mi tiempo para mí,
del todo y todo para mí.

Así que quizás mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa,
puede ser que mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa.

Así que quizás mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa,
puede ser que mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa.

Así que quizás mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa,
puede ser que mañana
sea cuando encuentre mi camino a casa.

lunes, 12 de abril de 2010

Peramarse

Todos los que conocen la lengua alemana por primera vez se asombran de que al poner una pequeña partícula delante de un verbo, ya sea una preposición o un prefijo, el sentido semántico, el significado, cambie, si no por completo, sí de una manera bastante visible o asombrosa. No quiero detenerme a poner numerosos ejemplos, baste el verbo stehen que significa en su origen estar de pie, o estar presente, y que puede transformarse en verstehen (entender), vorstehen (gobernar, estar al frente), umstehen (rodear), bestehen (aprobar, salir bien, insistir, estar compuesto de), anstehen (hacer cola), beistehen (apoyar), aufstehen (levantarse de la cama), auferstehen (resucitar)...
A primera vista puede resultar laberíntico, con el tiempo se comprende el sentido de cada partícula y de una manera casi conmovedora, el verdadero sentido de las palabras. Quizás por eso el alemán sea la lengua que mejores filósofos ha parido, aunque eso es otro tema del que no vengo a escribir ahora.

Trasladando ese sentimiento de sorpresa que yo como alumno tuve, y he podido sufrir en mis propias carnes intelectivas como docente, al castellano, me he dado cuenta de que se produce el mismo proceso, aunque de una manera más silenciosa y soterrada.
Tampoco quiero detenerme (de y tenerse) en poner infinitos ejemplos, sobre con el motivo que hizo iluminarse en mi cabeza la idea, si es que las ideas se iluminan antes de dormirse, sea suficiente, decía, con un ramillete de ejemplos. Para muestra un botón que dicen en las novelas de Galdós.

El verbo vivir, hermoso verbo al que se pueden aplicar prefijos, o partículas semánticas modificadoras, o vete tú a saber el nombre que le quieran poner los lingüistas, que no todo son prefijos a los criterios de cada uno y sus cadaunadas, da lugar a: Convivir, revivir, malvivir, pervivir, desvivirse, sinvivir, y verbos derivados a otras conjugaciones como avivar, reavivar...

Está claro que "con-" proviene de la preposición de compañía o simultaneidad de un acto, y que "re-" proviene del latín como partícula reiterativa de una acción, lo mismo ocurre con "per-" como partícula que se suspende en el tiempo eternamente, si no, pensad en todos los verbos que empiecen con "per-", y notad como se eternizan sus acciones. Lo que pervive, vive siempre o eternamente suspendido en su acción de vivir.
Me hace mucha gracia la palabra "persona", literalmente es sustancia o lo que queráis llamar, objeto, cuerpo, que siempre suena o quizás, y más acertadamente por siempre una unidad, persé y uno. Creo recordar que en el origen etimológico de la palabra está la palabra máscara, lo que llevaba siempre un mismo actor de teatro en la cara era la persona.

Jugando con estas partículas se podrían crear nuevas palabras, neologismos (que es lo mismo que nuevas palabras pero suena técnico, logos es palabra en griego y neo, es nuevo). Decía que jugando podemos dar lugar a palabras tipo: Conmorir, permorir y su sustantivo derivado que sería permuerto, permorencia en lugar de pervivencia, desmorirse que sería no hacer ni caso a alguna cosa, me desmuero por ayudar a los demás, esto es, no ayudo ni al polvo. Remorir, que sería morir dos veces, aunque ya existe remuerto, que es la constatación obvia de una cadaver, está remuerto dicen en latinoamérica.

Dejemos volar un poco más la imaginación, que es dar imagen los pensamientos:

Habría palabras que no existen pero deberían existir como peramar, te peramo, que sería "te quiero eternamente", los peramantes (no de Teruel), mi peramada (sin referirse a la fruta por supuesto, todo junto escrito) sería la mujer que peramaremos (esto es que queramos por siempre).

Si existe sin embargo desamor... Amar y querer... ¿Requerer? Aunque requerer tuvo que cambiar de conjugación para significar requerir, y no tiene nada que ver a simple vista con querer, requisito, sería algo que queremos dos veces.

Conquerer, mis hermanos y yo nos conqueremos mucho unos a otros.
¿Y mover? Conmover existe, remover... ¿Y desmover? Sería dejar quieto algo. Y permover, sería algo parecido a lo que hace el universo según los científicos, el universo se permueve.

Los sufijos son tema de otro día...
La conclusiones suelen ser cosas que sólo sirven a los científicos o a los idiotas... No quiero escribir una conclusión, sólo ser consciente de qué sabias son las palabras al designar (quitar los signos) a las cosas y la verdad que esconden, qué pena para el hombre que no exista el verbo Peramarse y sí las cadenas perpetuas, y que exista perder y pérdida, y me queda la duda de si perfecto es hecho para siempre, o es sólo la ilusión de un prefijo (un antepuesto).

Os persaludo a todos los que leéis estas esquizofrenias (esquizo=división y frenia=mente), esto es, diagnóstico que se refiere a un grupo de trastornos mentales crónicos y graves, en personas con alteraciones en la percepción o la expresión de la realidad.

Uno no sabe cómo va a ver el mundo mañana, ni lo que pensará... Y PERdonadme, (dar para siempre), pero lo mío es grave.

domingo, 11 de abril de 2010

Nubes



Hoy el cielo está gris, lleva así ya un par de días, de vez en cuando un rayo de sol se cruza por entre las nubes iluminando lo que encuentra a su paso, dando luz a aquellos colores que desean tenerla y calor aquellos que desean atraparla, que hasta los colores de cada cosa guardan su pequeña voluntad.
No sé a qué lugar se dirigen las nubes, pasan, son una lenta procesión interminable que huye, como si tuviesen un destino final al que dirigirse, en el fondo me da pena su infinito éxodo, su palidez inocente y elevada por encima de todo. No me sorprende que los hombres cuando mueran deseen ir al cielo, a pasearse por entre las nubes, a encontrarse allí con las personas que amaron en vida.
Sonará iluso o inocente, pero me disgusta que las nubes molesten a casi todo el mundo, y que la gente piense que hace mal tiempo por estar cubierto el cielo de nubes, será que estoy muy acostumbrado a vivir sin ellas, y siempre deseamos lo que no hemos tenido.
Me gustan los días grises, y me gusta también cuando llueve y cuando nieva, cuando algo cae del cielo y el ruido hace compañía. Aunque siento que debo revelar el verdadero motivo por el que me gustan más de un tiempo a esta parte:
Uno de los días más felices de mi vida fue al salir del teatro con ella, teníamos que volver a casa en bicicleta y llovía, y no nos importó que lloviera, porque sabíamos que no iba a dejar de llover. Recuerdo su sonrisa y su pelo mojado, los gritos de ambos bajo el aguacero y la luz de las farolas iluminando las gotas caer sobre su espalda y haber besado su cara mojada al llegar a casa, sabía a lluvia y a carne, a nube...

Sin aquella lluvia, sin aquellas nubes, hubiera sido un día cualquiera, y yo no estaría sentado ahora viendo pasar las nubes, pensando en ella.

Sólo por aquel día me gusta que existan las nubes, y les estoy profundamente agradecidas en su vagar celestial.

jueves, 8 de abril de 2010

La inercia

No sé exactamente de qué o sobre qué quiero escribir hoy, no obstante siento una necesidad inmensa de hacerlo, sí inmensa, aunque imperiosa sea el adjetivo convencional que siempre se une a necesidad, siento dentro de mí algo así como el sonido de una ambulancia que aparta al resto de los coches, y no me deja hacer otra cosa que pensar en que tengo que dejar algo escrito que desconozco yo mismo todavía. La necesidad es inmensa, por ser grande y espaciosa dentro de mí, no imperiosa, imperiosa tiene un matiz autoritario que no se ajusta a la sensación de necesidad, la necesidad no es autoritaria, es involuntaria, la involuntariedad es lo contrario a la autoridad, una es inconsciente en primer término y la otra busca un interés.
Aunque toda necesidad busque a su vez ese algo que le falta para satisfacerse, no es autoritaria, es como la palabra de una amante que nos vence la voluntad, algo natural, como lo que lleva las plantas a asomarse donde brilla el sol. Eso debe ser algo inmenso, el sol es inmenso, no imperioso.

Quizás lo provoque el transcurso de las horas sin más compañía que el blanco de las paredes y la quietud de las cortinas cubriendo las ventanas, o puede ser simplemente un asidero, como el que ve la televisión, ojea un catálogo de electrodomésticos o pone la radio para tener una voz que le haga compañía. No lo sé, y creo que ni siquiera me importa el no saberlo. Creo que es algo parecido a las ganas de jugar, de correr o de pintar de los niños. Algo en lo que depositar el no cansancio mientras lo observamos ocurrir.

Podría contar una historia, escribir un poema, trenzar un diálogo ocurrente, pero no sería sincero con esa necesidad que se alberga dentro de mí. Nadie le pregunta a un perro o a un gato por qué camina a veces por la casa sin un rumbo aparente, fijando su atención en tal o cual esquina. Lo mejor es que tanto el perro, como el gato y yo no tendríamos nada que responder que no fuese una mirada.

Sólo tengo ganas de ver los párrafos caer, sin motivo, como cae la tarde cada tarde sin motivo, o como se derrama el agua de un vaso. No sirve para nada, y me gusta que no sirva para nada, me gusta la inercia con la que ocurren ese tipo de cosas. Mi corazón late sin que yo le pregunte, y mi cabeza, mi cerebro, mi espíritu, como queramos llamarlo, necesita de esta inercia, del sonido que hace el teclado al golpear con los dedos, del golpe en la barra espaciadora, y la mirada a veces sumisa, a veces libertina, en el monitor o a través de la ventana en la que veo mi rostro reflejado bajo el calor del flexo, y más allá del reflejo, las luces de un edificio, la cúpula iluminada de una iglesia, la luminosa quietud de las farolas en la oscuridad. Puede ser únicamente que me guste estar debajo del flexo, bajo su calor de bombilla antigua y su luz egoísta, por lo poco que alumbra.

Sólo estar aquí y sentir que puedo decirlo con palabras, a veces tengo miedo a que desaparezcan un día las palabras, o a que no hubieran existido nunca. El miedo es siempre algo muy productivo, pues nos hace reaccionar. Aunque no se puede hablar del miedo sin especificar de qué tipo se trata, en este caso, es el miedo a perder un día las palabras. No es un miedo de cuchillo en mano o pistola en la sien, ni siquiera es miedo a morir, es un miedo de agradecimiento, como el que se tiene a las personas que se aman, por si algún día las perdemos. El miedo, el amor y el odio son los extremos y las partes de una misma cosa en diferentes estados de un mismo material, como el agua puede ser hielo, mar o nube.

Creo que ya me he dejado caer lo suficiente, al menos por hoy, aunque sea a modo de caos, siempre me ha apasionado el extraño orden que supone el caos. El músico que busca entre muchos folios la canción que quiere tocar, el revolver en los cajones con las manos, la distancia que hay entre lo que se busca y no se encuentra.

martes, 6 de abril de 2010

¿Viajar solo?

Por circunstancias de la vida me he visto obligado muchas veces a viajar solo, ya sea en tren, en autobús. Viajar en el sentido largo de la palabra viaje. Hacerlo solo tiene un inquietante halo de incertidumbre, lo mismo que comer solo o ir solo al teatro... Así que esta vez decidí invitar a los dos libros que más se aburrían en mi casa y que más polvo andaban cogiendo, de esos que están en la parte de arriba de las estanterías. Como aceptaron encantados la propuesta, los limpié y los metí en mi equipaje de mano.

Eugénie Grandet era el primero de ellos, el otro Misericordia (de Galdós). Los dos me llamaron la atención por el título, el de Balzac lo conocía de leídas (que no de oídas) aparece en todos los prólogos habidos y por haber de Dostoyevski, ya que fue el primer libro que tradujo y que, según la crítica, fue clave para que decidiera dedicarse afortunadamente (para los que nos gusta) a la literatura.
Tengo el problema de enamorarme de los autores que me gustan de una forma apasionada e infiel, todos los que me gustan me gustan mucho y los quiero a todos por igual, y Balzac, después del vuelo de Madrid a Berlín de anoche ha entrado a formar parte de mi corazón, y de mi harén particular de pasiones literarias. Lo mejor es que de él me queda una inmensísima obra por leer y por disfrutar.

No pude soltar el libro ni siquiera por la noche en la habitación de hotel donde tenía que esperar a que llegase la mañana, para proseguir mi viaje en tren. Y tanto ha sido así lo de no poder soltarlo, que lo he tenido que terminar en una cafetería mientras hacía tiempo, tres horas de tiempo exactamente, en la que he hecho transbordo de libros y de trenes.
Sólo diré una palabra sobre Eugénie Grandet: Verdad.

Es un libro que es verdad en sí mismo, y encierra la verdad de la vida en todas sus formas, que al cabo son sus personajes y su entorno. La verdad con mayúsculas y con minúsculas, y sobre todo la pasión humana por la codicia, el orgullo y la imposibilidad del amor real en una sociedad movida únicamente por el omnímodo dinero. Balzac lo único que hace es descubrir las pasiones humanas, como lo haría un mago que nos explicase los trucos de magia.

Pero por lo que me he decidido hoy a escribir aquí es otra cosa, un pequeño detalle que me ocurrió en el avión. Yo iba sentado en uno de los asientos de pasillo, leyendo, cuando la mujer que estaba a mi derecha, en su también asiento de pasillo, dio la luz superior para comenzar a leer, pues el vuelo era nocturno, lo cual llamó mi atención inconscientemente. Cuando miré el libro que iba a empezar ella a leer y vi que era El Idiota de Dostoyevski, no pude si no sonreír y sentir, y comenzar a pensar que el libro que yo tenía en las manos, era el libro que había hecho quizás posible el libro que la mujer tenía en las suyas. Y puede parecer absurdo, pero en ese momento me sentí acompañado, y no por las personas que había dentro del avión, si no por una especie de mundo invisible que quería demostrarse para que alguien lo viera.

Fue un pequeño detalle, pero significó mucho para mí en aquel momento. No iba solo, iba con Balzac y con Dostoyevski a mi lado, de alguna forma estaban allí, a miles de metros del suelo con todos nosotros.

Sólo quería dejarlo escrito, porque luego se me olvidan las cosas con el paso del tiempo, aunque piense en el momento en que me ocurren en que no las podré olvidar, acabo por olvidarlas...

Y escribir es al recuerdo, lo que comer a la muerte.