jueves, 15 de abril de 2010

Creer en el amor



Han de ser muchos los poemas y las canciones que se escriban por amor en el mundo todavía, muchos los libros y las películas que lo pongan en el centro de su mirada. Y muchas personas han de nacer por todavía por él, siempre he deseado que todo el mundo nazca por amor y no por un descuido de miércoles por la tarde.
Pero hoy,palabra maldita que no significa nada, nunca es hoy, siempre es ayer o mañana, si acaso ahora, pero nunca hoy. Hoy en día, quería decir, quién pone en sus manos el amor, el amor de verdad.
Nos educan para huir, para no necesitar a los demás, individuos nos llaman, nos inducen un coma maquillado de libertad, que en realidad consiste en hacer de nosotros unos seres egoístas y nauseabundos, consumidores como nos dicen, que no aprecian nada que no dé un rédito monetario. El amor no es un objeto de consumo, no es pintar las paredes de una casa, no es una pieza de coche, no hace siquiera falta, no es práctico, en definitiva, que queramos a alguien no da dinero.
El amor queda banalizado entonces, o todo lo más, reducido a objeto de consumo en común. El sentimiento, como ente intangible ya no tiene sentido, hay que convertirlo en acción visible.
Ir al cine, ir a cenar, ir de viaje, irse de vacaciones, comprarse una casa, celebrar una boda con su correspondiente luna de miel. Puro negocio de oliva.
Indagando en las raíces del problema puede darse uno cuenta y afirmar, que el amor, entendido como desprendimiento, cercanía, necesidad del otro, es ridiculizado. Hoy hay que amar con distancias, siendo cada uno consciente de su finca vital. ¡Es mi vida, hago lo que quiera! Pronuncia todo el mundo sin importar lo que sienta el resto. ¡Es nuestra vida, hagamos lo que queramos! ¡Seamos libres! La libertad a la que se suele aludir es una forma más de consumo, llámese salir a tomar cervezas, comprar billetes de avión para visitar lugares que se suponen dignos de ver, o simplemente un espacio inmoral de secretismo, compartido o no, con uno mismo donde cabe todo, desde el partido de fútbol hasta la serie de televisión, desde la obra de teatro hasta la innecesaria y accesoria compra de ropa de temporada, pasando por el aislamiento comunicativo a través de internet, el cotilleo masivo de fotos del resto. ¡Una buena foto de uno hoy en día es un prestigio! Una imagen no vale más que mil palabras, vale más que la propia persona que se representa en su marco... Es curiosa la proliferación de televisiones en las casas para que cada uno vea en su cuarto lo que quiera, ya nadie soporta un criterio que no sea el suyo, ya nadie va a dejarse sorprender por esa película que le gusta a su pareja, porque echan el partido, porque echan la novela y no quiero compartir tu partido. ¡Mi criterio es mi opinión, mi opinión es libre, la libertad está por encima de todo, mi criterio es incuestionable! Y así nos va... Va a llegar un momento en el que nadie soporte a nadie, la sociedad te brinda miles de posibilidades para hacer el amor con un desconocido, ninguna para amarle, ni tan siquiera los mínimos valores morales. ¿Moral? ¿Eso se compra con dinero?
Todo se trata de conseguir dinero. ¿Cómo? Trabajando. ¿Para qué? Para cambiarlo por objetos necesarios. ¿Necesarios? Sí, todo el mundo los tiene. ¿Cómo? Trabajando. Preguntar en qué trabajas es poco más o menos hoy día que preguntar quién eres. ¡Trabaja o muere, sé productivo!
¿Quiénes somos? ¿Esto es, vas a poder pagarme los caprichos si no me los puedo pagar yo?
Habría que hacer una estatua a cada matriculado en Filosofía, o a cada pastor que quede por el mundo, o a cada leñador, o a cada borracho incurable que no hace nada si no intoxicarse, a cada pobre de por la calle que no pague un céntimo de impuestos. Una estatua, por favor, a cada persona enamorada, a cada músico que sólo toca por el placer de tocar, a cada niño que pinta por el placer de pintar, sin sentido práctico. O mejor que una estatua, las estatuas tampoco sirven para nada, que les dieran un planeta aparte, un continente donde no existiera la vida basada en la compraventa.
Hoy todo el placer consiste en ser autosuficiente, no depender de nadie, no escuchar a nadie, encerrarse con aquellos que piensan como nosotros, en definitiva, ya no se trata de la masa de Ortega y Gasset, es algo mucho más pluriforme y enfermizo, y a un mismo tiempo omnímodamente parecido. Se trata de un narcisisimo infinito y vanidoso, que deriva en complejos, cuando no se cumple la expectativa. ¡Vivimos la epidemia individualista!
Siento nadar contracorriente y tratar de comprender aquello que siento, siento plantearme las cosas y pedir opinión, siento no saber a dónde ir, ni qué es lo que está de moda, pido perdón por leer y tratar de tener un criterio. Pido perdón por tener un par de buenos amigos de verdad, hermanos a los que adoro, por hablar con mi padre de mis problemas, por ser capaz de cualquier cosa por amor, por ella, por dar todo lo que tengo. Por creer que con las palabras se puede cambiar el mundo y con él a los que estamos de paso por él.
En definitiva, por creer que todavía es posible que alguien nazca por amor, que es la idea con la que venía a escribir hoy.