jueves, 8 de abril de 2010

La inercia

No sé exactamente de qué o sobre qué quiero escribir hoy, no obstante siento una necesidad inmensa de hacerlo, sí inmensa, aunque imperiosa sea el adjetivo convencional que siempre se une a necesidad, siento dentro de mí algo así como el sonido de una ambulancia que aparta al resto de los coches, y no me deja hacer otra cosa que pensar en que tengo que dejar algo escrito que desconozco yo mismo todavía. La necesidad es inmensa, por ser grande y espaciosa dentro de mí, no imperiosa, imperiosa tiene un matiz autoritario que no se ajusta a la sensación de necesidad, la necesidad no es autoritaria, es involuntaria, la involuntariedad es lo contrario a la autoridad, una es inconsciente en primer término y la otra busca un interés.
Aunque toda necesidad busque a su vez ese algo que le falta para satisfacerse, no es autoritaria, es como la palabra de una amante que nos vence la voluntad, algo natural, como lo que lleva las plantas a asomarse donde brilla el sol. Eso debe ser algo inmenso, el sol es inmenso, no imperioso.

Quizás lo provoque el transcurso de las horas sin más compañía que el blanco de las paredes y la quietud de las cortinas cubriendo las ventanas, o puede ser simplemente un asidero, como el que ve la televisión, ojea un catálogo de electrodomésticos o pone la radio para tener una voz que le haga compañía. No lo sé, y creo que ni siquiera me importa el no saberlo. Creo que es algo parecido a las ganas de jugar, de correr o de pintar de los niños. Algo en lo que depositar el no cansancio mientras lo observamos ocurrir.

Podría contar una historia, escribir un poema, trenzar un diálogo ocurrente, pero no sería sincero con esa necesidad que se alberga dentro de mí. Nadie le pregunta a un perro o a un gato por qué camina a veces por la casa sin un rumbo aparente, fijando su atención en tal o cual esquina. Lo mejor es que tanto el perro, como el gato y yo no tendríamos nada que responder que no fuese una mirada.

Sólo tengo ganas de ver los párrafos caer, sin motivo, como cae la tarde cada tarde sin motivo, o como se derrama el agua de un vaso. No sirve para nada, y me gusta que no sirva para nada, me gusta la inercia con la que ocurren ese tipo de cosas. Mi corazón late sin que yo le pregunte, y mi cabeza, mi cerebro, mi espíritu, como queramos llamarlo, necesita de esta inercia, del sonido que hace el teclado al golpear con los dedos, del golpe en la barra espaciadora, y la mirada a veces sumisa, a veces libertina, en el monitor o a través de la ventana en la que veo mi rostro reflejado bajo el calor del flexo, y más allá del reflejo, las luces de un edificio, la cúpula iluminada de una iglesia, la luminosa quietud de las farolas en la oscuridad. Puede ser únicamente que me guste estar debajo del flexo, bajo su calor de bombilla antigua y su luz egoísta, por lo poco que alumbra.

Sólo estar aquí y sentir que puedo decirlo con palabras, a veces tengo miedo a que desaparezcan un día las palabras, o a que no hubieran existido nunca. El miedo es siempre algo muy productivo, pues nos hace reaccionar. Aunque no se puede hablar del miedo sin especificar de qué tipo se trata, en este caso, es el miedo a perder un día las palabras. No es un miedo de cuchillo en mano o pistola en la sien, ni siquiera es miedo a morir, es un miedo de agradecimiento, como el que se tiene a las personas que se aman, por si algún día las perdemos. El miedo, el amor y el odio son los extremos y las partes de una misma cosa en diferentes estados de un mismo material, como el agua puede ser hielo, mar o nube.

Creo que ya me he dejado caer lo suficiente, al menos por hoy, aunque sea a modo de caos, siempre me ha apasionado el extraño orden que supone el caos. El músico que busca entre muchos folios la canción que quiere tocar, el revolver en los cajones con las manos, la distancia que hay entre lo que se busca y no se encuentra.