viernes, 16 de abril de 2010

Misericordia

Ayer por la noche terminé de leer Misericordia de Don Benito Pérez Galdós, creo que merece unas palabras, no desde mi vanidad, si no tan sólo por recordar y no dejar caer en el olvido historias tan intensamente ciertas y bien escritas.
Qué decir de semejante obra maestra de la literatura, invito -casi obligadamente- a todo el mundo a que se pasee por sus páginas, que es lo mismo que hacerlo por los suburbios más andrajosos del Madrid de finales del siglo XIX.
Es un libro de esos que sabes que releerás cuando pasen diez o quince años, para intentar comprenderlo en su totalidad, o para que él acabe de comprenderte a ti.

Misericordia es casi una narración evangélica sobre una criada abocada a la infinita miseria, a la mendicidad en las calles y las iglesias, al raterío y el regateo, a las tiendas de empeño, a los mendrugos de pan mojados en las fuentes para ablandarlos y tener algo que llevarse a la boca, a la preocupación por los demás, más allá de uno mismo. Misercordia, etimológicamente, es ver la miseria del otro en nuestro corazón y actuar en consecuencia. En eso Benigna (el bien humano personificado en la tierra) es uno de los personajes mejores construidos y más verídicos ante los que he puesto mis ojos, toda una lección de actitud y valores morales, reales, en el mejor sentido de la palabra, esto es, una enseñanza con los pies en la tierra. Inolvidable es también el personaje que la acompaña durante la narración, el marroquí Mordejai-Almudena, un pobretón místico, ciego y lírico, que con sus conmovedores errores gramaticales evoca la raíz de las identidades de todos los pueblos que han habitado la geografía de nuestra lengua, impresiona la capacidad de Galdós para absorber en su interior el habla de cada personaje, sus tics, sus muletillas, su procedencia, su estrato social que dirían ahora.

No voy a contar nada del argumento, ni de la trama, es algo completamente secundario...

Espero que si alguien me hace caso, y pone sus ojos antes estas páginas, verá cómo cambia su manera de ver las cosas. Somos una persona antes de leer el libro, y otra completamente diferente después de haberlo leído.
El que tenga oídos que oiga, que decía el otro.