viernes, 7 de mayo de 2010

25 años de Colón



Hoy me gustaría estar en Alcalá de Henares, con los míos, por muchos motivos. Uno de ellos y muy especial porque se celebra esta tarde el 25 aniversario de mi colegio, y me propusieron escribir un texto, para los actos de conmemoración. El texto lo he escrito, y he mandado con él a mi hermana, también antigua alumna del mismo colegio, espero que tenga ocasión de leerlo, nadie mejor que ella puede entender lo que significa para mí. Ya digo, que me hubiera encantado asistir, pero no tengo a día de hoy ni el tiempo, ni los medios, quizás es mejor así, estar presente a través de su voz. Si hubiera sido unas semanas más tarde, pues sí, pero las cosas son cuando son o cuando fueron en su día. Y a mí me pilla aquí en Braunschweig.
Los otros motivos prefiero llenarlos de silencio, me importan lo suficiente como para no querer escribir hoy sobre ellos, lo mismo que la sangre se hizo para estar dentro del cuerpo, y no fuera de él... Lo único que puedo decir es que por más que trato de comprender, no encuentro ni los motivos, ni la solución.

Os dejo el texto y me despido hasta que sea capaz de escribir y asomarme de nuevo, que últimamente hasta la cosa más sencilla me cuesta un mundo:

Veinticinco años de milagros a diario

Han pasado veinticinco años desde la primera clase que se impartiera entre las paredes de este edificio. Veinticinco años desde que se abrieran las puertas por primera vez y sonase la sirena, veinticinco años de filas, de madrugones, de miradas en la pizarra, de cuadernos, de deberes, de recreos en el patio, veinticinco años de milagros diarios. Porque la enseñanza pública, gratuita y de integración es un milagro, una quimera, un sueño, una idea como la que empujó a nuestro patrón, patrón de carne y hueso sin alas ni aureola, Cristóbal Colón, a luchar por lo que sospechaba su pensamiento y anhelaba su imaginación, un nuevo camino, una nueva ruta que le llevó a descubrir un nuevo mundo, un solo hombre que cambió con su mirada el destino de toda la humanidad. ¡Qué mejor nombre para un colegio!

Me gustaría dedicar estas palabras a todas y cada una de las personas que han hecho posible cada segundo de estos veinte años, a cada madre y padre que ha solicitado plaza en este colegio, a cada niño y cada niña que ha asistido a las clases, a cada profesor que decidió ser profesor y serlo en este centro, a las señoras de la limpieza, a la asociación de padres de alumnos, a los vecinos que han soportado y soportan la algarabía de los recreos, pues sin saberlo habéis formado parte y formáis parte de la utopía más maravillosa de la sociedad de nuestro tiempo haciéndola posible: La enseñanza igualitaria.

En el colegio no sólo se enseña a leer y a escribir, a sumar y a restar, inglés o ciencias naturales. En el colegio se enseña a sentir, a ver el mundo, a respetar y a admirar lo propio y lo ajeno, a dejar volar la imaginación, a dudar, a buscar respuestas y encontrar más preguntas, a convivir con los demás, a tener el derecho a equivocarnos y rectificar, a escuchar a los demás, a pensar antes de hablar, a ser conscientes del mundo que nos rodea, en definitiva, a ser personas, que es la más complicada de las lecciones.

En mi caso personal guardo un profundo agradecimiento a esta institución y a todos los organismos que la hacen y la han hecho posible y a cada céntimo que se ha destinado y se destina de los impuestos a la educación pública, no sé qué habría sido de mí y de mi familia en determinados momentos, si no hubiera existido la voluntad y el empeño por una enseñanza pública de calidad, pues hubo, hay y habrá muchos y niñas que jamás hubiéramos podido costearnos un colegio privado, y habríamos estado en desigualdad de oportunidades respecto a los hijos de aquellos que tenían mejores posibilidades económicas, pagando por su educación, por sus uniformes, por los autobuses que los pasaban a buscar cerca de casa…

Guardo además infinidad de recuerdos y buenos momentos especiales de mi colegio, tantos que todavía sigo soñando muchos años después que vuelvo a ir a él, y sueño con la voz de mis profesores y mis profesoras, con sus rostros y los de mis compañeros eternamente iguales que la primera vez que los vi, con las tardes que nos llevaban a la piscina cubierta a hacer natación, con los entrenamientos de fútbol, con el año en que ganamos todos los torneos con el equipo del colegio del que yo era portero, con el día que pintaron las porterías y nos dieron uniformes nuevos, con el momento de volver a casa con las medallas al cuello, con las ganas de salir al recreo, con los días de las notas, con los días de la fiesta del colegio en Junio, con ir a sacar punta a la papelera, con los dos grifos de agua fría a cada lado de la puerta donde se guardaban los balones de gimnasia, con la primera vez que leí a Bécquer, con la pequeña biblioteca a la derecha de la entrada de la que sacaba libros en las horas de lectura (la mejor asignatura que jamás he tenido) cada semana para leerlos en casa, con las fichas de préstamo, con las excursiones, con la vez que nos llevaron al teatro por primera vez, con los certámenes de dibujo en los que siempre perdía, con los certámenes literarios en los que siempre ganaba, con el día de la paz, con los días de carnaval, con los disfraces, con el día que nos vino a dar una charla un hombre en silla de ruedas que había tenido un accidente de coche para enseñarnos seguridad vial, con las horas en que tomábamos enjuagues de flúor rosa por las mañanas, con su sabor inolvidable, con el olor de los libros nuevos en septiembre, con mirar los últimos temas a los que nunca llegaríamos en clase, con el día en que vino a visitarnos la autora de El largo verano de Eugenia Mestre, con el día en que nos midieron y yo medía 1,29, con el día que nació mi hermana y falté a recoger las notas, con las horas en el aula de informática porque yo no tenía ordenador con Windows en casa, con los días que nos saltábamos la valla para ir a jugar por las tardes al fútbol dentro del patio, con ver fumar a los demás los primeros cigarros infantiles en la parte de atrás del colegio antes de entrar por la tarde (creo que ya es hora de que pueda chivarme), con los días de lluvia en que nos quedábamos jugando al Memory dentro de clase y hacíamos gimnasia en el gimnasio, con los abrigos colgados en el perchero, con el hombre que repartía cromos gratis por arte de magia desde la acera un recreo al año, con el hombre que vendía palidú y su cesta de fruta verde atada a un vespino naranja los martes por la mañana a la salida, con los carros de la compra de las madres en la puerta, con la chica de gafas que vino a hacer las prácticas de magisterio al colegio y a nuestra clase, con el cemento gris del patio, con la arena de detrás de la portería donde miraba al resto jugar a las chapas, con el día que hubo un aviso de bomba y nos sacaron a todos de clase, con el día que nos hicieron una foto de grupo en quinto, con la imagen de los tejados, la ropa tendida en los balcones y el ruido de la calle al otro lado de las ventanas los días de cielo azul, mientras la profesora escribía algo en la pizarra…

Cristóbal Colón, colegio mío, sólo puedo estarte agradecido y desearte que jamás te rindas, y que sigas creyendo en todos los niños y niñas que habitan cada día tus aulas, y queriéndolos por igual sin importar quién sean y de dónde vengan sean sus padres, pues el que es alumno tuyo una vez, lo es para siempre del mundo. Y aprender, ya lo decía mi profesor Arturo de sus abejas, es una tarea preciosa e interminable.