lunes, 28 de junio de 2010




Basta con el silencio de un recuerdo que nadie más conoce en el pecho, con caminar tranquilo bajo la tormenta, con no hacer esperar a nadie, con saber cómo encaja en nosotros lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.
Basta con ver amanecer, la roja y lenta rapidez del sol alzándose entre las nubes y que no nos importe la hora del reloj, porque la hora del reloj es falsa, el tiempo lo marca siempre la gratitud con la que avanzan nuestros latidos, la luminosa verdad que destilen sus esperanzas, la oscura tristeza de las promesas olvidadas con nosotros mismos.
Basta con saber que no sólo tenemos ojos para llorar, si no para observarlo todo, lo hermoso y lo injusto, lo complicado y lo simple, lo que podemos comprender y lo que no.
Y basta con no necesitar más que lo que tengamos cerca, no es una distancia material, no se mide en metros o en kilómetros, se mide en sonrisas, en alegría, en ganas de vivir, ganas de saber lo que ocurrirá, rodeados de incertidumbre y de algo parecido a la esperanza de saber que no se pueden tener esperanzas.
Mirar quizás un día hacia atrás y ver, y sentir (el verbo que más repito y que más me gusta), que al menos intentamos todo lo que estaba a nuestro alcance, y que fuimos reales, que vivimos nuestra propia historia, a nuestra manera, con todos nuestros errores y nuestros aciertos, sin importar qué pensaron de nosotros, haciendo caso a lo que dictaba nuestra conciencia.

Al final está la muerte, como en el reloj de Cortázar, pero basta con saber, ¡al menos!, que un día todo va a terminarse con ella. Ella es la que le da el último valor de verdad a los momentos, la que hará hablar de nosotros a los que queden y a los que vengan, la medida de todo lo que somos, no somos otra cosa que morir, morir es eterno, mientras tanto la vida.
Basta con ver anochecer, ver alejarse la luz rosa sobre el azul del cielo, saber que hay algo que se marcha para dejarnos ver las cosas de otra manera, basta con mirar lo increíble que es la luna y olvidarse de uno mismo.

Olvidarse hasta tal punto de que cuando nos hablen de nosotros no sepamos de quién nos están hablando, dejar el alma en blanco, llenarla de silencio, ser el margen de todo, el margen de la página, el margen de nuestra propia vida, y arrojar ese margen sobre todo, como si todo fuera por primera vez, de hecho todo es siempre por primera vez, sólo hay que ser lo suficientemente generoso con uno mismo para darse cuenta. Lo contrario es mentirse y buscar culpables en nuestro devenir.

Y construirlo todo desde ese abandono total de identidad, donde nuestro nombre no signifique nada, porque todo nombre es también una mentira repetida, quizás así llegar un día a comprender que no hay nada más en nosotros que aquello que no nos ha abandonado nunca, nuestra propia libertad de amar las cosas, de que nos guste todo aquello cuanto hagamos, y de sabernos adaptar, lo mismo que los niños juegan en todos sitios, sin importarles dónde y cómo.

Basta con muy poco en el fondo.
Dejo un poema de Cernuda, que resume de una forma mucho más estética y hermosa lo que quiero decir:

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?
Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.
Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.
Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando la impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.
No, no es el amor quien muere.