lunes, 2 de agosto de 2010

Después de todo



En ocasiones el destino, el hado, la magia, la casualidad, los ángeles o el nombre que se le quiera poner a aquello que nos ocurre de una forma especial e inesperada, cruza personas en nuestro camino, personas que nos hacen sentir de una forma diferente.
Personas que llevamos esperando dentro de nosotros durante años, soñando con la posibilidad remota de que existan y de un segundo al otro aparecen, imposibles y hermosas como un amanecer a orillas del mar, como el abrazo de la brisa nocturna tras un día de calor.
Con sus palabras destruyen la tristeza, con su manera de entender la vida nos entregan nuevo punto de vista, sencillo, simple, concreto, como si el mundo se pudiera ver desde un sitio más alto, desde un faro donde los problemas fuesen pequeños, lejanos e insignificantes, y el tiempo comenzase a contar a nuestro favor, en lugar de ir contra nosotros.
Donde nosotros veíamos una debilidad, un lado vulnerable, un estigma, esas personas ven una virtud, una fortaleza, una señal divina, un don.
Trato de buscar las palabras que definan esa sensación, pero no las encuentro. Quizás esa sea uno de los efectos, nos dejan sin palabras, y es un silencio hermoso, valioso, como cuando se contempla o se escucha algo superior, como el silencio que hay después de decir una verdad.
Sentir como si se descubriera un nuevo sentido que ya se albergaba en nosotros, más allá de la vista, del tacto, del gusto, del olfato, del oído, algo parecido a aquello que lleva a los niños recién nacidos a sonreír, una nueva tranquilidad después de todo.
Después de todo ver, sentir, comprender, que alguien recoge el espejo roto de nuestra alma y es capaz de reconocerse multiplicado en todos sus fragmentos.
Después de todo ver reflejado en otra persona nuestra capacidad de hacer feliz, de ilusionar, de conocer nuevos caminos, y que para ello sólo baste con nuestra existencia en la tierra.

Quiero vivir, quiero saber más, quiero recorrer todo lo que quede por recorrer, lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, pues sé que al final, después de todo, merecerá la pena compartir toda la magia con alguien que nos escuche de verdad y nos comprenda.

A lo mejor sólo se trate de eso, de compartirlo todo con determinadas personas, y a través de ellas y lo que nos hacen sentir, con todos los demás.