domingo, 29 de agosto de 2010

La velocidad de la luz



Quien me conoce sabe de mi reticencia a leer libros de escritores todavía vivos, quizás por eso llegó a mis manos el libro "La velocidad de la luz" de Javier Cercas, la persona que me lo ha regalado con la excusa de mi cumpleaños sabía lo que hacía y lo que me estaba poniendo en las manos. No es un cumplido, es una realidad, que los mejores libros con los que he tenido contacto siempre han provenido de mi hermano Alex, como si al pasar el filtro y el control de calidad de su mirada y su sensibilidad, él supiera mejor que yo mismo cuándo darme y qué darme de leer, boticario conocedor de mi alma, Panoramix literario o algo así, él dice siempre, estos son los libros por los que hay que pasar, o simplemente, por ahí hay que pasar.
Sea como fuere, y tras la introducción míticafraternalíricasentimental, me gustaría desde aquí dar al César lo que es del César y a Javier Cercas lo que es de Javier Cercas. No quiero hacer una crítica literaria, ni un análisis del estilo, ni una disección técnica con palabras del tipo Doppelgänger, estructura narrativa o siquiera desmenuzar la poética que empuja y alienta la obra con minúscula,con mayúscula Obra, en la que he estado sumergido durante día y medio, sin darme tregua y que me ha dejado K.O, y como al final de un combate de pesos pesados, me abrazo a mi contrincante y le levanto yo mismo el puño de vencedor, alegre y violentamente golpeado, hecho trizas, pero con la conciencia y la consciencia engrandecida de haber estado peleando contra uno de los mejores, y de haber estado con él en el mismo ring.
El libro, en sí, trata varios temas de una forma concéntrica, pero abarca perfecta y honestamente la propia escritura como fuente infinita de frustraciones y cuestionamientos constantes, pese a todo lo que se consiga, pese a todo lo que se pierda. Es un libro que trata de la escritura del propio libro, un libro que huye de sí mismo, y se acaba encontrando una vez que se termina, cuando ya no queda más. Además es un libro de miserias humanas, que habla del amor, del dolor, de la incertidumbre, de la amistad, de la guerra, de la familia, del éxito, de la pérdida, de la culpa, del dejarlo todo atrás con el tiempo, con la muerte, de los sentimientos más básicos y verdaderos con una sinceridad y una veracidad que asusta, que apabulla, que atraviesa el cuerpo del lector a poco que no aparte la mirada, porque es un libro, advierto, del que puedes apartar la mirada, porque te mira a los ojos y te acabará por descubrir.
Hay un antes y un después, no hay una moralina, ni una moraleja, ni un cartel que nos enseñe la salida. Hay simplemente un antes y un después, un hombre a veces simplemente no sabe por qué decide ciertas cosas, o qué es lo que busca, ni dónde, ni lo que encuentra.

Tiene muchos momentos memorables, pero me quedo con dos pasajes de dos conversaciones, las cito sin mirar el libro, como las recuerdo, como hace el narrador a lo largo de las páginas:
Las historias que deben contarse (escribirse) son precisamente las que no se pueden contar.

(Y) En el mundo hay en el fondo dos tipos de personas, las que actúan mal y creen siempre que lo están haciendo bien, y las que actúan bien y siempre creen que lo están haciendo mal.

Si te aburres, si no tienes nada que hacer, si tienes ganas de ver la televisión, si tienes que viajar o ir en tren, si estás triste o deprimido o no encuentras sentido a tu vida, en fin, si te estás ocupando solamente en morir, ponte los guantes de boxeo, ve a una librería y hazte con La velocidad de la luz.
Hay que pasar por ahí.

Nota al pie
(Gracias a mis 18 Seguidores y a todos los que me seguís en la sombra, lectores y lectoras valiosos y tímidos que no sois pocos, comentad cuando queráis, es imposible que a mí me molestéis, dicho o escrito queda)