lunes, 20 de septiembre de 2010

Inolvidable



(Fragmento de mi próxima novela: Siempre el azul)


Hay momentos por los que vale la pena vivir y seguir viviendo, porque en ellos, alrededor de ellos y al llevarlos dentro de nosotros con nosotros todo se cubre de sentido. Ocurren créeme, deja que te ocurran, o evócalos dentro de ti para sentirte parte de algo digno ante lo que arrodillar tu alma.

Recuerdo sus ojos mirándome desde el fondo de sus pupilas bajo la tenue oscuridad o casi luz de una habitación a solas, su sonrisa, su mano sobre mi rostro, se podía escuchar el peso del silencio de tantos años entre nosotros, fuera ya había amanecido, pero el mundo de ahí fuera era un lugar lejano, más lejano que la infancia, más lejano que el porvenir, un lugar al que ya no pertenecíamos aunque tuviésemos que regresar a él, todo se tornaba presente. Deshicimos el tiempo para siempre, y como si pudiese cristalizarse en un gesto o en palabras, ella dijo con una hermosa lentitud:
-Podría quedarme así toda la vida.

Y así fue, o al menos dentro de mí ya no habría otra imagen o momento más real en el que recordarme. Volví a besarla. Sentí cerrarse un libro, caer un telón, llegar a ese lugar imposible que hay en cada uno de nosotros, es algo grande para lo que hacen falta palabras absolutas: Destino, amor, final, ternura, lluvia, cielo.
De algún modo éramos el lugar contrario de la muerte. Y aunque jamás podré explicar o trazar con palabras lo que me había sucedido y lo que estaba sintiendo en aquel momento, sabía que una parte de mí estaba al otro lado de la vida sentada, tratando de escribirlo, tratando de decirte que era cierto, que había merecido la pena tanta angustia y sufrimiento, tanto vagar sin rumbo y tanta soledad, y que de alguna forma siempre lo habías intuido en tu interior. No se llamaba esperanza, era algo más grande, algo parecido a la luz, algo parecido a las estrellas, algo parecido a un ángel o a ver el mar. La abracé, como si abrazase una parte de mí, quizás fuera eso, ella era una parte de mí, la más pura, la más perfecta, no me completaba, no, me hacía posible.
[...]