viernes, 15 de octubre de 2010

Melancolía


Melancolía

Seguramente para ti tenga un nombre,
la forma de una calle,
de una parada o una línea de autobús
o de ausencia de luz de farola sobre los escalones donde esperabas sentado a que bajara de casa,
su casa,
su habitación.
O a lo mejor es un determinado humo de cigarro,
o las colillas tronchadas en un bote vacío de mermelada
donde ya sólo cae la lluvia en la terraza.
O ir por la calle
y ver
un modelo de coche,
un color de chapa de la carrocería,
el invisible vaho de amor en los cristales de aquel martes que jamás olvidaste,
de lo que solo queda noviembre,
la siempre igual sonrisa de un de peluche que conoces
o una horquilla de pelo en el fondo de una maleta.

Quizás se esconde en el olor a palomitas
o en la soledad de una agenda antigua
donde tú cabías,
donde quedaba tiempo para ti con su letra.

O la melancolía siempre estuvo allí,
la conocías de antemano,
cuando ponía una vela por la noche
y limpiabas a la mañana siguiente su taza de desayuno,
esa que siempre utilizaste tú después,
o en el hueco a la izquierda para sus cosas en el baño,
sus cosas,
perfumes, cremas, desodorantes, secadores de pelo,
todo olía a ella,
o estaba en aquellas revistas que nadie volvió a abrir
y allí dejaste sin tocar cuando te mudaste.

Sí,
siempre estuvo allí,
eterna e infinitamente presente
como ayer,
como ahora.

No va a cambiar nada,
no necesitas ya que cambie nada,
porque sentirla en ti nunca ha cambiado nada.

Al menos hoy,
viernes 00:19 de la noche de un Octubre cualquiera
quiero nombrarla.

Por si algún día ya no significa nada.