jueves, 14 de octubre de 2010

Para el deseo todo es fácil



El deseo como acumulación de sueños y voluntad sobre lo venidero es lo único que nos pertenece realmente, lo único que nos proyecta y hace posible el lugar y el futuro donde queremos estar. Sin embargo, hay deseos imposibles que se estrellan sobre la realidad como un vaso de cristal contra una pared, lo extraño es que no pierden su naturaleza de deseo, aunque sepamos a ciencia cierta que sean irrealizables o imposibles, permanecen como una de esas rocas a los pies de la costa resistiendo el envés inagotable de las olas del mar.
Cuando alguien se ha marchado de nosotros, cuando nuestra juventud se deshace día a día como agua cayendo de las manos, cuando sucede que recordamos, porque el presente es lo suficientemente poco alentador. No estoy triste, sólo estoy tratando de pensar, darle un orden original a lo que siento.
Hay que saber, tener o albergar al menos en nosotros un último instinto de que nada se detiene y nada se detuvo jamás, aunque llamemos a diversos años, o épocas de nuestra vida con nombres propios personas, países, ciudades, calles. La vida acumula el tiempo, o el tiempo nuestra vida en torno suyo, y tengo la sensación de que según avanza la propia memoria se desinteresa de lo cercano, y valora su propia profundidad como algo valioso, supongo que dentro de todos se produce una dignificación involuntaria de los momentos, lo que ya jamás sucederá por haber sucedido, lo mismo que la piedra de toque de un afecto es su longevidad y su efecto en el presente, predominando sobre la intensidad, pero sobre y ante todo su efecto en el presente.
Aún así para el deseo, el resultado y la capacidad de desear que las cosas sean de otro modo, todo se torna fácil, pues esa es la esencia del deseo, el cumplimiento de una voluntad íntima. No hay persona sin deseos, hasta el hecho de no quererlos tener implica en sí un deseo, una mínima voluntad. Todo deseo está cumplido de antemano, al menos, en el momento en que surge. Que se cumpla o no, ya es ajeno a sus propias leyes, y no hablo ya de que se torne en un objetivo o una frustración o siquiera una necesidad, que sólo son formas posteriores y anteriores del deseo.

Con lo fácil que sería...(Termina la frase tú).

Quizás sólo son palabras bonitas, pero a veces pienso en la primera y la última vez de cada cosa que hago, por ejemplo, la primera vez que desee tocar la guitarra y la última vez que la he tocado, la primera vez en que besé a alguien y la última en que lo he hecho, la primera y la última vez que estuve con ella, la primera vez que escribí una redacción en el colegio y este momento; entre medias sólo queda esa fuente inagotable de deseo que es mi alma humana, mi espíritu, o quizás el infinito compendio de los sentidos de mi cuerpo.
Como quieras llamarlo.