domingo, 21 de noviembre de 2010

Bluebird







No sé en nombre de quién escribo, hay alguien que se dice a través de mí constantemente, y esta frase no es un recurso literario, es una realidad por increíble que parezca, ando por el mundo partido en dos, el que soy y el que piensa y luego escribe. Hoy caminaba por las calles de siempre bajo la lluvia, terminando de comprender junto a esa voz lo que siento. Y me decía, lo que sentimos es siempre la involuntariedad contraria de aquello que más necesitamos. Y yo sentía algo parecido al amor, y volviendo del revés su frase le contestaba en silencio. Entonces él, mientras hacía que me fijara en lo gastado de la pintura amarilla que prohibía aparcar en esa acera y en un charco que tenía la forma de la frontera de un país que no existe, me ha contestado: entrega.
No todo existe en pares, le he reprochado y he seguido caminando. Una ciudad es mucho más hermosa y más nocturna cuando llueve sobre ella, me he sentado en una parada vacía de autobús a ver cómo llovía, y cómo se reflejaba cada cosa de forma diferente en la acera, en los charcos, en la chapa de los coches. Al poco rato una mujer bajita, toda caderas y curiosidad se ha acercado preguntándome:
-¿Sabes si ha pasado el cinco?
Y yo le he respondido:
-No. No lo sé. Acabo de llegar.
Y la voz me decía: No le dices que no lo sabes porque que te has sentado a ver cómo llueve.
Te da vergüenza que lo sepa, luego te escudarás tras la página y serás capaz de hablar con cualquiera, ¿no es así? ¿Qué valor hay en escudarse tras una página? Sí, me harás hablar y sacarás fuera todo lo que he pensado por ti, y serías capaz de ponerte lírico y escribir una historia en la que ocurriese esa pregunta y en la que el protagonista sí dijera lo que siente y lo que hace, sin embargo tú no, tú no eres capaz. ¿Por qué entonces serías capaz de escribirlo? ¿Por qué mientes?

Entonces me he armado de valor y mirando al otro lado de la calle he dicho:
-No sé si ha pasado el autobús porque me he sentado a ver llover, ni siquiera estoy esperando ningún autobús.
-No importa, yo también estoy aquí porque llueve, si no me iría andando y no cogería el autobús- ha respondido la mujer.
Sin decirnos una palabra más durante los siguientes minutos, y con la voz que me habla sin ser capaz de otra cosa que escuchar nuestro propio silencio y el rumor de la lluvia, ha venido el autobús de la línea cinco y la mujer se ha subido, pagando con un euro, sin ticar ningún bonobús o abono transporte. Una vez dentro del autobús me ha dicho adiós con la mirada y con un movimiento de mano, al que he respondido asintiendo.
Luego vas a escribirlo, ¿verdad?
No lo sé, déjame en paz. Estoy tratando de amar a alguien, la quiero, la quiero de verdad, déjame entenderlo a solas.