domingo, 14 de noviembre de 2010

Cómo perder las palabras



















Siempre me has dicho que nadie te ha hablado como yo, que tengo un don para hacerte sentir especial, como si mis palabras pudiesen rodear tu alma y a un mismo tiempo no terminasen de llegar nunca hasta ti, como las olas del mar se orillan besando la tierra, y tú sólo fueses los ojos que las ven llegar, o los pies descalzos de una mujer que camina a solas la otra línea del horizonte. Yo siempre te digo que cuando escribo para ti o hablo contigo, las palabras no me pertenecen, sino que surgen de un lugar ignoto, de una voz anterior que ya iba conmigo y no se marcha y no ha de abandonarme nunca, del mismo modo que todo instrumento guarda en su interior toda la música sin que le pertenezca. Escribiría otra palabra diferente si la hubiera, pero estoy seguro de que es una de las formas del amor la que dicta las palabras desde el otro lado, yo lo único que hago es traerlas a esta parte de la realidad, ellas, todas ellas existen allí en lo remoto y vienen hacia mí, en cuanto consigo abrir la puerta de mis pensamientos en la que está escrita tu nombre. Pero tengo que reconocerte que abrir esa puerta es algo peligroso para mí, pues detrás de ella sucede lo imposible, y como si fuese un sueño hecho a mi voluntad, todo tiene sentido.
Es muy difícil regresar a una vida en la que estés, y existas tú conmigo de una forma diferente. Ahora dirás o pensarás que te he idealizado, que tú no eres esa persona que yo he construido con mis pensamientos y puede incluso que tengas razón, y que tú no seas plenamente consciente de la existencia de esa persona que yo he proyectado en mi interior.
Sin embargo me pides que no pierda las palabras, que te las siga trayendo a esta parte de la vida, que las ponga delante de tus ojos, o rocen con dulzura tus oídos. Quizás no seas consciente del valor que tienen para mí, y de todo lo que hay detrás de cada página, cada conversación contigo, cada momento a solas, pues para mí sentir es jugarme la vida, descender una espiral, pues las palabras forman parte de un mismo todo, al que ni yo mismo conmigo tengo acceso.
Créeme que preferiría no ser como soy, olvidarme de lo que siento, apartar adultamente la pureza de lo que no te va a llevar a nada que no sea una conciencia superior de la soledad, y tener una pareja cualquiera, a la que no conociese (¿quién llega a conocer de verdad a otra persona?) con la que hablar de trabajo o de fútbol o del último best-seller o película a la sazón bajo la manta en el salón, lo siento. Quizás soy como uno de esos locos mineros de vocación que bajan tierra adentro a buscar lo que nadie se atreve.
O en el fondo no sepas bien del todo, que soy incapaz de amar a nadie como te amo a ti, si se me permite conjugar el verbo a estas alturas. Y al fin y al cabo y siendo honestos, para qué querer a nadie más en esta vida, si jamás llegarán a ser tú.