martes, 9 de noviembre de 2010

Última carta a una mujer



Sé que nunca te lo dije y jamás lo sabrás. Va conmigo, lo irá siempre, me moriré y seguirá teniendo sentido, incluso cuando ya no exista. Es una verdad más grande que yo mismo y sin embargo cabe dentro de mí, no creo que merezcas siquiera el escucharla, no me creo a la altura de ser capaz de pronunciarla, y no me siento tampoco digno de albergar en mí tales sentimientos, al contrario, ellos hacen que tengan ganas desaparecer y desasirme de todo, escribirlo es sólo hacerlo más pequeño. Estallarían las palabras como la luz de una estrella. Es tal el grado de pureza que podría destruirte sólo con aproximarte a él, como un aire demasiado limpio, como una sobredosis. Supone una conciencia superior que jamás serás capaz de alcanzar, se caería de ti como el agua entre las manos, y yo tengo que vivir, sobrevivir con ello dentro de mí. ¿Por qué? ¿Para qué?

No sé por qué soy así, por qué hay tanto espacio dentro de mí para todo esto, cuando sé que ni siquiera para ti significa nada y cuando ya ni siquiera tiene un sentido real, una forma humana de pensamiento lógico.

No pertenezco a este mundo, cada día lo tengo más claro, no estoy hecho para esto y si algún día quise pertenecer fue por estar cerca de ti.

No soy yo el que está fuera de lugar, es el lugar, el mundo y tu visión de la vida la que siempre estuvo fuera de mí, y la que me ha dejado para siempre fuera.

Aunque me pidieras regresar, aunque volvieras a ponerte enfrente de mí y abrieses tus brazos, no podría siquiera mirarte a los ojos, la persona que conociste ha muerto, la persona que fui ha desaparecido, lo que queda es sólo una forma exterior que ha de pudrirse con el paso de los años, alguien que disimula existir.

Una vez roto el cristal del alma, no hay forma de recomponerlo. Soy como esos edificios que hay que derribar, la vida irá poniendo sus cargas explosivas, vendrá el día en que todo se venga abajo, despacio y sin valor alguno.

No, no me admiró tu olvido.