sábado, 18 de diciembre de 2010

La flor invisible



No necesito más mañana que tus ojos frente a mí. Habito el mundo como si fuera capaz de comprenderlo todo por una vez, y cada cosa me devolviese un fragmento de tu voz, un trazo de tu sonrisa que destruye el pasado transformándolo en un camino hacia ti, en un camino hacia mí, hacia lo que siempre había anhelado y querido, compartir la absoluta libertad que nos pertenece.
Cuando regreso, cuando vuelvo a enfrentarme ante el silencio, mi propio silencio, de una página en blanco, sólo tengo ganas de devolverle al mundo lo que tú me has dado, lo que me entregas involuntariamente con tu presencia, como si así pudiera salvarlo de alguna forma.
Y es como si el tiempo creciera a mi alrededor despacio, como las ondas de un lago en el que ha caído una piedra, como los pétalos en torno al centro de una flor invisible que crece en mi pecho. Quizás esa sea la felicidad que todo el mundo busca y nadie encuentra, la de sentirse afortunado de estar vivo por lo que le está sucediendo. Esa sensación, al menos hoy quiero ser capaz de pronunciarla, guarda dentro de sí algo que no se puede arrebatar, que nos pertenece íntimamente, encerrada dentro de uno mismo en momentos, en imágenes, en palabras que sólo se conocen a solas, como si también los latidos pudiesen sonreír.
Y entonces y de un modo misterioso las canciones antiguas, los viejos poemas de siempre, las voces amigas, las personas que te rodean, las calles, la ciudad en la que vives, los sueños que evoca tu pensamiento, lo que te ha ocurrido... Todo se rodea de un sentido nuevo, y como si supieras necesitarlo, lo llevas dentro de ti, lo dejas dentro de ti para no desaparecerlo jamás.