viernes, 28 de enero de 2011

Un sueño



De pie frente al mar, las luces llegaban empujadas por las olas hasta la orilla, su tamaño era el de estrellas que cupieran en las manos. Me agachaba a recogerlas como si fueran algo valioso que no me perteneciera y las dejaba frente a un enorme muro, donde ellas solas acababan por tomar su lugar, incrustándose, formando una palabra a la que no lograba encontrar sentido.

Lejos, caminando hacia mí aparecía ella, recogiendo las mismas luces. No hablábamos, era como si aquello que hacíamos bastase para estar juntos, como si el silencio lo significara todo. Esperábamos las olas, las luces venían, las recogíamos y las dejábamos a los pies del muro donde maravillosamente terminaban por anidarse, dando algo más de forma a la palabra.
Recuerdo mirarla caminar de espaldas, con las manos llenas de luces, su pelo suelto rozándole los hombros, la huella de sus pasos sobre la arena. Aquella visión me hacía sentir misteriosamente acompañado, como si mientras ocurría ya formase parte de mi pasado, como si proviniera de un tiempo anterior ya sucedido. El cielo era gris, gris de invierno, gris de sueño y tras el muro no había nada, ni una ciudad, ni montañas, ni campo, nada.

De repente se detuvo frente a mí, me miró, supe entonces verdaderamente quién era:

-No digas nada, no hace falta. No me necesitas.

Se marchó de allí caminando en dirección al muro, hacia donde no había nada. Las luces seguían llegando, la palabra comenzaba a lucir en el muro con más fuerza según ella se alejaba del lugar. Seguí recogiéndolas, con lágrimas en los ojos, pude ver como ella se apoyaba contra el muro mirándome antes de marcharse del todo. Sonreía, como sonríe el que ve jugar a un niño, sonreía, como sonríen las personas que van a marcharse para siempre.

Olvido. Olvido era la palabra.
***

domingo, 23 de enero de 2011

Ya no podré olvidarte


¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?
Luis Cernuda
Contigo
Ya no podré olvidarte
Soneto nocturno a unos ojos verdes

¿Tu nombre?
Es una brisa dulce por mis venas.
¿Mis días?
Sucesiones de latidos
que al ritmo de tu voz son elegidos
y a los que hermosamente me encadenas.

¿Mis noches?
Son los cielos que tú llenas
con tu alma y con tu cuerpo enlunecidos.

¿Tus ojos?
Son dos astros escondidos
en los que nadan miles de sirenas.

¿Mi vida?
Será ya por siempre corta
a la luz de tu imagen entregada
alegre, pura y rota en mi memoria.

Desde que tú has llegado todo importa,
los días y las noches,
la mirada,
y el mundo en su ternura giratoria.
***

sábado, 22 de enero de 2011

(Nekro) El silencio perfecto de la imagen


"El arte no reproduce lo visible. Lo hace visible."

Paul Klee

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre él, pero como todo a lo que doy valor, lo he querido llenar antes de silencio, tanto que hoy ha llegado al fin el día de que lo rompa. Se hace llamar Nekro, negro es el color predominante de sus composiciones y el concepto de la visión de la muerte como proceso creativo es una presencia constante en su obra. La muerte no entendida en el manido y malentendido sentido romántico, sino como una fuente de inspiración basada en la destrucción, en la terrible belleza de las ruinas, en la violenta ausencia que nos espera a todos cuando abandonemos la vida y los sentimientos que ahora corren por nuestra sangre, desaparezcan para tornarse inertes como la fría roca. De ahí, de esa sensación de futuro silencio y desaparición es de donde nacen las obras de Nekro. No es de extrañar entonces que en sus láminas -en sus ilustraciones- aparezcan cerrojos, relojes, hermosas armaduras desoladas y simétricas.
El tiempo pone en las manos de los creadores nuevas herramientas con las que traer a este lado de la vida su imaginación, la calidad de la herramienta no garantiza la calidad del arte, más bien abre un nuevo camino inexplorado con el que se topan las nuevas generaciones, como a las puertas de una nueva ciudad. Ocurre en la música, en la escultura, en la arquitectura, en la literatura y por supuesto en el arte plástico del dibujo y la pintura. Digo esto, porque la etiqueta de arte digital que un principio fue denostada, como todo lo innovador, llegará a ser con el tiempo, si no lo es ya, respetada con toda la dignidad que se merece. Nekro es, a mi juicio, un ejemplo perfecto en el que converge la tradición y la honestidad del lápiz y la fotografía, junto a la ausencia de límites de lo electrónico.
Su primer libro, que no su primera obra, se llama XIII Inches (Trece pulgadas) editado por Norma Editorial, precisamente en el volumen 13 de la colección Eclipse. Es una reunión muy bien llevada a cabo de ilustraciones en una cromática de blancos, intensos rojos y negros. En esta ópera prima se advierten clarísimas influencias de Kris Kuksi, Salvador Dalí o incluso artistas coetáneos como J.S Rossbach o Viktor Safonkin. El leitmotiv de la obra es la delgada línea que separa lo que puede verse de lo que no, lo intensamente oculto y lo visible, la búsqueda de las llaves que en un primer momento siempre pertenecen a los demás, a la hora de abrir las puertas de nuestro mundo interior. Pertenecemos los unos a los otros, como hay una llave única que abre cada cerrojo. En este sentido hay que entender las páginas del libro como conceptos emocionales que se trasladan a la imagen, de lo remoto e inasible a lo concreto. Invitaría a los lectores primerizos, incluso a los que ya lo han leído, que no atendieran a las palabras que acompañan a la imagen y que traten de buscar en su interior el significado de cada lámina, tratando de hallar la emoción que lo suscita, de esta manera el libro adquiere un significado pleno de sentido, como cuando tratamos de reconstruir un sueño. Las palabras en el libro son el relato anecdótico de esa búsqueda interior que proponen las imágenes.
De hecho es tal la potencia de la poesía de las imágenes que propone Nekro que sólo el silencio del que las contempla parece ser posible de explicarlas. Como si de silencio a silencio pudiésemos comunicarnos en un lenguaje que sólo necesita de los ojos, prescindiendo de las palabras, deteniendo el tiempo en el instante en que se tiende nuestra mirada sobre los límites de la página.
A primera vista y para ojos y sensibilidades poco prevenidas, las imágenes pueden resultar tétricas, siniestras o incluso demasiado barrocas, pero esconden en su interior el misterio de la belleza de lo abandonado, de la sensibilidad que se cubre para protegerse, de las diferentes corazas que ocultan el verdadero corazón. En nuestras manos como lectores están las llaves que abren las cerraduras, la clave de la sensibilidad. Lejos de todo como en la penúltima imagen del libro, ante la inmensidad de nuestra propia verdad, quizás estemos nosotros mismos.

Arte de verdad, arte gráfico, arte digital, arte que hace visible lo invisible.

La nominación a los Goya, en el que trabajó como director de arte conceptual, del cortometraje: Tower of time, es sólo el comienzo.

Apuntad bien su nombre, se hace llamar Nekro.



miércoles, 19 de enero de 2011

Mañana voy a verla



Desde donde escribo se ven las farolas encendidas, las luces de las casas desperdigadas por los edificios como fichas de un puzzle por hacer, coches yendo a algún lugar, coches que se detienen para dejar a alguien en casa, en doble fila, con conversaciones y besos en su interior, las nubes volando sobre todo, los aviones cruzando el cielo despacio, llenos de nada o de negocios, de amor o de olvido, parpadeando tristeza de color rojo. Hubo otros meses en mi vida bajo la misma oscuridad, bajo el mismo naranja barato, en la misma ciudad, yo caminaba entonces por allí abajo, sabiendo que algún día estaría aquí sentado golpeando un teclado bajo el arco nocturno que traza la luna. Solo después de todo, pensaba entonces, no me equivocaba.
¿Era la misma ciudad? ¿Era aquella mi vida? Hablar en presente es mentir, yo decía entonces cuando llamaba a la puerta y tú me abrías: Soy yo. Ya no soy yo, ya no llamo aquella puerta, ya no se abre para mí. No tengo otra forma de decirlo, soy yo, debería de haber más de una forma de presente, algún matiz, presente con el que se esté de acuerdo y presente con el que no se esté de acuerdo.
Era él.

Con ella cerca soy nosotros, quizás ahora sea yo o empiece a serlo, ella se preocupa porque yo lo sea, me hace ver. Es hermoso estar a su lado, mirarla, escuchar su voz, cuando me habla de la niña que fue como si así descubriera un verdadero lado de su sombra, una forma original de su memoria. Es increíble sentir que se ríe por una palabra que le he dicho, es increíble que una palabra traiga al mundo el sonido de su risa y yo pueda escucharlo, es indescriptible sentir que quiere verme, que un teléfono suene y aparezca su voz, que vaya a estar cerca de mí. (A cualquiera le valdría con decir que es muy mona, pero vosotros sólo sabéis hablar con mentiras, faltáis a la verdad continuamente con versiones resumidas de vuestra propia existencia, expresiones podridas de catálogo. Ella es la próxima canción de amor que espera el mundo, el último rayo de sol de una tarde de agosto, ella es dulce y acogedora como el sabor de tu helado favorito, como el silencio perfecto entre los mejores amigos).

No será la misma ciudad, ella hace todas las cosas nuevas dentro de mí. O quizás no sea ella y sea yo, que a miles de kilómetros de todo me dejo al fin llevar por la suave brisa que encierra su nombre.

Mañana voy a verla...

viernes, 14 de enero de 2011

Buscando al padre de Cercas



Últimamente paso mucho tiempo leyendo a Javier Cercas, es un novelista cuya obra me atrae muchísimo, por diversos motivos, el primero de ellos es un motivo personal, si leo algo de Cercas luego lo puedo hablar con mi hermano (es algo que el propio Cercas habría confesado), el segundo motivo es la obsesión metaliteraria del propio Cercas, me explico. Uno tiene la sensación de leer como si acudiera a un ensayo de teatro o de música, viendo como el autor explora las partes más difíciles de su obra volviendo constantemente sobre su forma de llevarla a cabo, como un actor que ensaya la parte difícil de un papel, o un músico tenaz ante su partitura. Cercas siempre revela el propósito de sus obras, el instante crucial que las condensa, la verdad que busca explicar. Sinceramente, encuentro muy interesante esa manera de llevar a cabo una obra literaria, avanzar página a página sobre la incertidumbre. Sin embargo, el motivo crucial de su obra, al menos de las tres novelas que he leído suyas, es la búsqueda de una justificación lógica a los actos y las opiniones y el origen de su padre, falangista militante, votante de Suárez, católico redomado, hombre de provincias. Como si así pudiera explicar de un modo misterioso una primigenia extraña sensación de arrepentimiento, pues es un origen que el propio autor encuentra deleznable, pese al amor de verdad que profesa a su progenitor y a lo hundido que se ha quedado tras su muerte.
Durante las navidades me he leído dos veces Soldados de Salamina, una disfrutando del libro, otra analizándolo en profundidad y hoy he terminado de leer Anatomía de un instante. He de reconocer que Cercas es uno de los pocos autores que me hace llorar de emoción, tengo la sensación de que él llora muchas veces también al escribir frente a la pantalla de su ordenador. Pero las lágrimas de Cercas y las que provoca, son lágrimas difíciles, de las que sólo se derraman muy a solas, lágrimas racionales y cebadas de sentido (como suele decir él).
Un soldado republicano que baila el pasodoble Suspiros de España abrazado a un fusil como si fuera una mujer en el improvisado patio de una cárcel, poco antes de que termine una guerra perdida, poco antes de que se cometa un fusilamiento, una tarde en que ese mismo hombre años después convertido en un anciano de camping barato de ciudad costera de los que va al cine todas las tardes, tragándose la cartelera sea cual sea la película, se hace amigo de uno de los trabajadores sudamericanos del camping, y por casualidad terminan juntos viendo una película mala de boxeadores perdedores. Esos dos hombres frente a un espejo enorme de cafetería, haciéndose una broma para siempre, nos vemos en Stockton. Adolfo Suárez volviendo a su escaño mientras zumban las balas a su alrededor, Gutiérrez Mellado quizás reprochándose a sí mismo de joven, casi cincuenta años después su rebeldía en el mismo instante, a punto de caer zancadillado sobre la alfombra del congreso. Un amigo, escritor celebérrimo, llamando a otro, pintor fracasadísimo, restregándole su éxito por la cara. El arrepentimiento posterior, la búsqueda de consuelo que sólo puede darnos nuestro mejor amigo... Momentos duros, realmente humanos y que parecen concentrar el destino de las personas. Me pierdo, tengo que regresar.

Venía a decir, que cuando Cercas se sienta a escribir buscando a su padre nos pone en el fondo a todos y cada uno delante de nosotros mismos, dándonos un ejemplo de cómo buscar nuestra verdad. Y lo que más me gusta de Cercas, algo que tiene en común con el personaje del Principito, es que cuando se plantea una pregunta, no se detiene hasta conseguir una respuesta que lo satisfaga, o mejor, que satisfaga lo que ocurrió, los hechos, la verdad, la evocación perfecta de lo sucedido, y con perfecta digo la más real, la más auténtica.

Es un maestro, y hay varias lecciones que no olvidaré gracias a él:

Mientras nosotros podamos recordar a alguien, esa persona no morirá del todo.
Un escritor nunca sabe lo que va a escribir, si lo supiera, seguramente no lo haría.
Nuestra vida actual, nuestro bienestar social, nuestra civilización proviene de la muerte de muchísimas personas justas e inocentes, de hombres que se jugaron el tipo levantando la bandera de países que no existen, porque ningún país existe, si no hay un pequeño soldado, joven, desharrapado, que levanta en mitad del desierto esa bandera andrajosa, y que camina adelante, siempre hacia adelante.

Escribir es rescatar la memoria de los que aparentemente no importan y pasan desapercibidos, de los invisibles que han hecho posible con sus actos la paz en la que estamos envueltos, escribir es destrozar un silencio terrible para alzarlo hasta la calidad de lo digno, y lo digno siempre tiene que ver con una verdad que espera ser descubierta o simplemente comprendida, inmoralmente, animalmente, naturalmente.

Escribir quizás sea buscar los motivos que te llevan a comprender a un padre que detestas, a un hermano, a una madre o a ti mismo y a través de esa búsqueda a toda la humanidad contigo, porque todos vivimos una sola vida, en un ejercicio de brutal sinceridad.

Grande Cercas, más grande de lo que la gente puede llegar a pensar y los premios pueden llegar a decir.

sábado, 8 de enero de 2011

Siempre queda otra noche sin su nombre



No sé dónde está,
tan sólo sé que su mirada se quedó en mí
que la nombran mis manos
mientras la lluvia cae
que todo está más lejos después de haber visto
la noche deshacerse como un sueño
a su lado.

Cuesta creer que esté en el mundo,
otorgando sentido
con su presencia al resto de las cosas:
el cielo es una excusa que la rodea,
las ciudades refugios,
el día sólo luz que la dibuja
entre el resto de millones de nadies para mí
y yo
una espera imposible que repite su nombre,
una canción no escrita,
alguien sentado frente a un papel que busca
el eco de su voz en su memoria
tan misteriosamente mío
tan misteriosamente azul.

Huye, me digo,
huye para olvidarlo todo,
no volverá jamás a ti el instante
déjalo aquí,
ya lo sabías,
siempre queda otra noche sin su nombre.

martes, 4 de enero de 2011

Inocencia


De nuevo y gracias a que Liana Castello, una de las administradoras de la web Encuentos.com me lo propuso desde Argentina por e-mail (parece el título de una película melodramática), os dejo aquí la última historia parida por mi cabeza. No tiene mayor pretensión que la de ser un cuento de navidad para niños y menos niños.
La concepción fue bien sencilla, cuando le comenté a María Sanz (hermanísima mía e ilustradora de todo cuanto escribo y escribiré) camino del centro de la ciudad, durante el trayecto de un autobús rojo de línea un sábado por la noche, que me habían propuesto escribir un cuento de navidad, ella me dijo: "Por favor, no escribas esta vez una historia de amor triste, que luego lloro muchísimo".
Fue entonces cuando recordé el único cuento que no era de amor de Chéjov que me había gustado (encantado para ser fieles a la verdad), Vanka. El cual recomiendo leer mucho antes que cualquier cosa que yo escriba o
deje de escribir. Y me propuse hacer una versión moderna, españolizada y cercana a mi mundo de Vanka.
"No te preocupes, esta vez nada de historias de amor tristes".
Así que este es el resultado, espero, como siempre espera el que pone algo delante de los ojos de los demás, que os diga algo a quienes halléis (ya no se encuentra en estos días, ¡se halla!) tiempo para leerlo. Que sirva como regalo de Reyes, aunque no tenga tique de compra del Corte Inglés, eso sí, siempre podéis cambiarlo por otro.

Links:


domingo, 2 de enero de 2011

Reseña para Daniel Guillamón


"Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista"

Oscar Wilde

Todo lo que tiene un fotógrafo, más allá de su cámara y de su técnica, es un patrimonio intransferible y único: La sensibilidad de su mirada.

En el caso de Daniel Guillamón estamos ante un alma que se asoma a los ojos a través de un objetivo para devolvernos un instante que nos conduce a nosotros mismos, a la reflexión, al sentimiento. Sus fotos son un camino que nos adentra en el otro lado de la realidad, la consciencia, en todo aquello que absolutamente detenido aporta un sentido sólo explicable a través de la luz escrita para nuestros ojos. Daniel Guillamón es un escritor de luz, un fotógrafo, capaz de buscar, contar y encontrar historias con sus ojos, su cámara y sus manos por los rincones de las ciudades que visita, en cada uno los cuerpos de sus modelos, detrás de cada instante desapercibido. En cada una de sus historias va una parte de todos nosotros, pues las emociones no saben de fronteras, ni de palabras. Pasen y veánse.





sábado, 1 de enero de 2011

Él lo sabía...


"No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos"
Luis Cernuda

Hoy sólo necesita esta oscuridad y este silencio rodeándolo. Necesita soledad de ti, necesita que todos estos sentimientos se cristalicen formando un recuerdo, para apartarte de él, para dejarte dentro de sí mismo, tan lejos que nunca más pueda encontrarte.
Él lo sabía... Pero no sabe cómo podrá apagar todas las palabras, cómo alejará de él cada una de las noches que ya ha vivido a tu lado, no sabe cómo dará forma a tu ausencia.
Tu amor no le conduce a ninguna parte, simplemente porque no existe, y si existió fue algo tan fugaz como un relámpago capaz de iluminar el cielo, como el primer azul del amanecer, como la dulce, imposible y breve felicidad ilusoria de los sueños. No volverá a sentarse a esperar tus palabras, tus llamadas, tus mensajes, tus lágrimas...
La persona que él era a tu lado ha desaparecido, ha muerto de un modo invisible e inexplicable, como una flor o un pájaro de frío y como si un velo destapase la verdad, todo el amor que había en su mirada se ha roto como un vaso contra el suelo, no para desaparecer, si no para hacerse fragmentos, añicos cortantes que no puedan albergar sino la fragilidad de su propia tristeza.
O quizás sólo quiere creerlo y construye con su pensamiento una cárcel de olvido a la que poder regresar cuando quiera, de tu mano sin que ya esté tu mano, atravesando contigo cuando ya no estés nocturnamente las carreteras mientras te agarrabas a su brazo, viéndote caminar de espaldas al volver a casa.
Él lo sabía... Por eso necesita silencio y oscuridad, porque sólo ellos son dignos de dibujar en su mirada la última vez de todo, contigo siempre era la última vez de todo.