viernes, 14 de enero de 2011

Buscando al padre de Cercas



Últimamente paso mucho tiempo leyendo a Javier Cercas, es un novelista cuya obra me atrae muchísimo, por diversos motivos, el primero de ellos es un motivo personal, si leo algo de Cercas luego lo puedo hablar con mi hermano (es algo que el propio Cercas habría confesado), el segundo motivo es la obsesión metaliteraria del propio Cercas, me explico. Uno tiene la sensación de leer como si acudiera a un ensayo de teatro o de música, viendo como el autor explora las partes más difíciles de su obra volviendo constantemente sobre su forma de llevarla a cabo, como un actor que ensaya la parte difícil de un papel, o un músico tenaz ante su partitura. Cercas siempre revela el propósito de sus obras, el instante crucial que las condensa, la verdad que busca explicar. Sinceramente, encuentro muy interesante esa manera de llevar a cabo una obra literaria, avanzar página a página sobre la incertidumbre. Sin embargo, el motivo crucial de su obra, al menos de las tres novelas que he leído suyas, es la búsqueda de una justificación lógica a los actos y las opiniones y el origen de su padre, falangista militante, votante de Suárez, católico redomado, hombre de provincias. Como si así pudiera explicar de un modo misterioso una primigenia extraña sensación de arrepentimiento, pues es un origen que el propio autor encuentra deleznable, pese al amor de verdad que profesa a su progenitor y a lo hundido que se ha quedado tras su muerte.
Durante las navidades me he leído dos veces Soldados de Salamina, una disfrutando del libro, otra analizándolo en profundidad y hoy he terminado de leer Anatomía de un instante. He de reconocer que Cercas es uno de los pocos autores que me hace llorar de emoción, tengo la sensación de que él llora muchas veces también al escribir frente a la pantalla de su ordenador. Pero las lágrimas de Cercas y las que provoca, son lágrimas difíciles, de las que sólo se derraman muy a solas, lágrimas racionales y cebadas de sentido (como suele decir él).
Un soldado republicano que baila el pasodoble Suspiros de España abrazado a un fusil como si fuera una mujer en el improvisado patio de una cárcel, poco antes de que termine una guerra perdida, poco antes de que se cometa un fusilamiento, una tarde en que ese mismo hombre años después convertido en un anciano de camping barato de ciudad costera de los que va al cine todas las tardes, tragándose la cartelera sea cual sea la película, se hace amigo de uno de los trabajadores sudamericanos del camping, y por casualidad terminan juntos viendo una película mala de boxeadores perdedores. Esos dos hombres frente a un espejo enorme de cafetería, haciéndose una broma para siempre, nos vemos en Stockton. Adolfo Suárez volviendo a su escaño mientras zumban las balas a su alrededor, Gutiérrez Mellado quizás reprochándose a sí mismo de joven, casi cincuenta años después su rebeldía en el mismo instante, a punto de caer zancadillado sobre la alfombra del congreso. Un amigo, escritor celebérrimo, llamando a otro, pintor fracasadísimo, restregándole su éxito por la cara. El arrepentimiento posterior, la búsqueda de consuelo que sólo puede darnos nuestro mejor amigo... Momentos duros, realmente humanos y que parecen concentrar el destino de las personas. Me pierdo, tengo que regresar.

Venía a decir, que cuando Cercas se sienta a escribir buscando a su padre nos pone en el fondo a todos y cada uno delante de nosotros mismos, dándonos un ejemplo de cómo buscar nuestra verdad. Y lo que más me gusta de Cercas, algo que tiene en común con el personaje del Principito, es que cuando se plantea una pregunta, no se detiene hasta conseguir una respuesta que lo satisfaga, o mejor, que satisfaga lo que ocurrió, los hechos, la verdad, la evocación perfecta de lo sucedido, y con perfecta digo la más real, la más auténtica.

Es un maestro, y hay varias lecciones que no olvidaré gracias a él:

Mientras nosotros podamos recordar a alguien, esa persona no morirá del todo.
Un escritor nunca sabe lo que va a escribir, si lo supiera, seguramente no lo haría.
Nuestra vida actual, nuestro bienestar social, nuestra civilización proviene de la muerte de muchísimas personas justas e inocentes, de hombres que se jugaron el tipo levantando la bandera de países que no existen, porque ningún país existe, si no hay un pequeño soldado, joven, desharrapado, que levanta en mitad del desierto esa bandera andrajosa, y que camina adelante, siempre hacia adelante.

Escribir es rescatar la memoria de los que aparentemente no importan y pasan desapercibidos, de los invisibles que han hecho posible con sus actos la paz en la que estamos envueltos, escribir es destrozar un silencio terrible para alzarlo hasta la calidad de lo digno, y lo digno siempre tiene que ver con una verdad que espera ser descubierta o simplemente comprendida, inmoralmente, animalmente, naturalmente.

Escribir quizás sea buscar los motivos que te llevan a comprender a un padre que detestas, a un hermano, a una madre o a ti mismo y a través de esa búsqueda a toda la humanidad contigo, porque todos vivimos una sola vida, en un ejercicio de brutal sinceridad.

Grande Cercas, más grande de lo que la gente puede llegar a pensar y los premios pueden llegar a decir.