viernes, 28 de enero de 2011

Un sueño



De pie frente al mar, las luces llegaban empujadas por las olas hasta la orilla, su tamaño era el de estrellas que cupieran en las manos. Me agachaba a recogerlas como si fueran algo valioso que no me perteneciera y las dejaba frente a un enorme muro, donde ellas solas acababan por tomar su lugar, incrustándose, formando una palabra a la que no lograba encontrar sentido.

Lejos, caminando hacia mí aparecía ella, recogiendo las mismas luces. No hablábamos, era como si aquello que hacíamos bastase para estar juntos, como si el silencio lo significara todo. Esperábamos las olas, las luces venían, las recogíamos y las dejábamos a los pies del muro donde maravillosamente terminaban por anidarse, dando algo más de forma a la palabra.
Recuerdo mirarla caminar de espaldas, con las manos llenas de luces, su pelo suelto rozándole los hombros, la huella de sus pasos sobre la arena. Aquella visión me hacía sentir misteriosamente acompañado, como si mientras ocurría ya formase parte de mi pasado, como si proviniera de un tiempo anterior ya sucedido. El cielo era gris, gris de invierno, gris de sueño y tras el muro no había nada, ni una ciudad, ni montañas, ni campo, nada.

De repente se detuvo frente a mí, me miró, supe entonces verdaderamente quién era:

-No digas nada, no hace falta. No me necesitas.

Se marchó de allí caminando en dirección al muro, hacia donde no había nada. Las luces seguían llegando, la palabra comenzaba a lucir en el muro con más fuerza según ella se alejaba del lugar. Seguí recogiéndolas, con lágrimas en los ojos, pude ver como ella se apoyaba contra el muro mirándome antes de marcharse del todo. Sonreía, como sonríe el que ve jugar a un niño, sonreía, como sonríen las personas que van a marcharse para siempre.

Olvido. Olvido era la palabra.
***