martes, 15 de febrero de 2011

Escribir es como besar


"El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado"
W. Faulkner


El problema de las palabras es que repiten una forma posible de la verdad en momentos diferentes, y mientras ellas parecen ser siempre lo que son, nosotros vamos cambiando. Lo mismo ocurre con el tiempo, ya no sé si soy yo el que lo contiene a él, o es el tiempo el que me contiene a mí. No sé qué parte de mí decide cuándo ha pasado un tiempo y ha comenzado el siguiente, y de todas las personas que he sido y las que seré todavía, soy o he sido la versión más fidedigna.
Hace un año ya que comencé a escribir "Las cadenas de Andrómeda". ¡Un año entero! Lleno de ciudades, de decisiones difíciles, de incertidumbre y de certezas archicomprobadas que no me dejan de sorprender, la realidad es el más increíble de los sueños y la peor de las pesadillas. Pero escribir es como besar, el último beso guarda la magia de todos los anteriores y contiene quizás la de los siguientes.
También creo que la persona que comenzó a escribir aquí no es la misma que está sentada hoy a este lado de la página, lo único que puedo decir a favor de ambas es que se han acercado con las mismas ganas de sacarse algo de dentro y dejarlo en las manos y los ojos invisibles de los que se han detenido o se detienen a leer lo que aquí pone, si hay algo que no ha cambiado nunca dentro de mí es la necesidad de explicarme lo que siento, aunque los sentimientos sean por antonomasia lo contrario de una explicación.
En realidad no quería escribir esta noche una página de aniversario, venía a otra cosa completamente diferente, pero ha salido así.
Quería escribir sobre el extraño silencio nocturno, sobre lo que me gusta estar despierto mientras los demás duermen, las horas que paso metido en el coche conduciendo de Alcalá a Madrid y de Madrid a Alcalá con personas a las que quiero, y lo importante que es poder hablar con ellas. Si el tren y el autobús fueron los sitios donde aprendí a leer de verdad la literatura, donde aprendí a estudiar Alemán y en definitiva trataba de construirme un refugio contra mí mismo; en el coche es donde he aprendido a pensar, sobre todo cuando regreso a solas, de madrugada, y creo que es el lugar donde he tomado las mejores decisiones -las más sopesadas y difíciles- y me han venido a la cabeza los pensamientos más hermosos, y entiendo por pensar la forma concreta de varios sentimientos en una sola construcción mental, como la sala de una exposición llena de cuadros. Pienso con imágenes: Veo un camino imposible. Me veo en Alemania cenando solo, llorando, esperando la visita de mi mejor amigo, me veo hablando en la cama por teléfono con una mujer, la veo a ella caminando hace mucho tiempo siendo una niña en otra ciudad, me veo repitiendo curso en el instituto y concateno que gracias a eso coincidimos después, nos veo a cada uno amando a otras personas y en lugar de provocarme un sentimiento negativo, me enternece, nos abrazo en mis pensamientos. Nos veo conociéndonos, nos veo alejándonos y reencontrándonos.
Nos veo mañana y no necesito pensar nada más, porque ya habido un ayer y un hoy. Donde había una primera persona del singular, ella ha traído a mí una primera persona del plural. Aunque el destino nos llene de milímetros o kilómetros de distancia, donde nos lleve el tiempo es lo de menos, lo verdaderamente inexorable es el afecto, materia indestructible y que jamás desparecerá.

Jamás.