viernes, 25 de febrero de 2011

No saber cómo


Dedicado a A.G

La gente presupone que los amigos que lo son desde hace tiempo y han mantenido una intensa y cercana relación de amistad, se conocen mejor que nadie.
Puede que el tópico sea cierto aunque solo en parte, también adoptamos un rol, la persona que el otro, el amigo, necesita que seamos dependiendo de cómo se encuentre, de su estado de ánimo como una balanza que equilibrase los afectos internos de cada uno. Ningún amigo, que se precie de serlo, puede sentirse bien si comprueba que su amigo está pasando por un mal momento. En ocasiones hay amigos que simplemente no nos saben ayudar, porque no pueden hacerlo, porque no saben, o porque no necesitamos su ayuda, necesitamos cruzar la tristeza en una travesía solitaria . Sus palabras nos suenan lejanas y manidas, como una misma medicina en una farmacia para los dolores de cabeza de cada persona que los solicite, como un anuncio de televisión o una frase de prospecto antidepresivo. Llegan sólo los ecos de lo que se nos dice, como si no nos lo dijera nadie, como si lo supiésemos todo de antemano, como si hablar de los problemas fuera una conversación escogida al azar, entre el último partido de fútbol y la última noticia de actualidad. El mero hecho de verbalizar las cosas que no comprendemos y nos suceden conlleva un esfuerzo que a veces no se ve recompensado en la escucha del otro, que cree que sabe lo que nos pasa, que siente que ha podido pasar por lo mismo y que tiene preparado su extraño antídoto con dos o tres frases hechas que podrían aplicarse casi a cualquier problema. La comprensión es en ocasiones imposible, pues desde dentro es casi un cúmulo caleidoscópico de malos momentos que no sabemos encajar.
Hay veces simplemente que no sabemos ni podemos ayudar al otro, sino tratando de estar cerca de él, ofreciéndole compañía y si acaso distracción o risa. Porque ya no nos pasa sólo lo que nos ocurre, sino que hacemos recuento de todas las derrotas, recuento de las miserias y las tristezas parecen acumularse como un montón de papeles desordenados por el paso del tiempo que ya no significan nada y en su momento lo fueron todo, como los apuntes de una carrera ya terminada o los cuadernos de cuando fuimos al instituto. Y lo mejor de todo es que en el fondo, paradoja e irónicamente, nadie tiene la culpa, ni nosotros ni los que nos hacen sufrir, porque siempre se sufre por terceras personas.
Siento no saber cómo ayudarte, sólo quiero que sepas que no desistiré en tratar de hacerlo, porque si tú te sientes mal, yo también y no me preguntes por qué, es así, es como si hubiese una cuerda desafinada en la vida.