miércoles, 16 de marzo de 2011

Las ciudades del alma



Trataré de explicarme.

Hay muy pocas personas a lo largo de la vida con las que se puede hablar a altos niveles de intimidad, y con ello no me refiero a la confesión, para eso es válido cualquier interlocutor -desde nuestro propio silencio a una persona que acabamos de conocer-, sino a la ausencia de límites emocionales parecida a la que se establece dentro del espacio que evoca una canción, la música nos hace sentir con ella a través de nosotros, y se dice con nosotros, la gente suele adscribirse a gustos musicales precisamente por ello, porque las canciones evocan espacios, refugios o formas de afrontar la vida de una manera u otra. Esas conversaciones a las que me refiero son pocas a lo largo de los años, pero marcan el devenir de muchas cosas, pues el mero hecho de verbalizar lo que nos ocurre permite cristalizar un estado temporal de nuestras almas, como si al dejarlo fuera de nosotros pudiéramos destruirlo y darle una nueva forma al tiempo, como el que puso nombre a una ciudad por primera vez y con ello dio cobijo a un espacio, así a través de esas conversaciones damos nombre a las ciudades de nuestra alma, a los diferentes estados que ha ido sufriendo a lo largo del tiempo, pueden tener para nosotros nombre de persona, de lugar o de tiempo, de título de un libro, de un disco, de una película, de olor de colonia o de forma de zapatillas desgastadas. No hace falta leer a Proust para darse cuenta, aunque por supuesto, él lo explicó mejor que nadie, y eso ya merece eternidad y respeto, o el respeto que la eternidad trae consigo.
Acaban por abandonarse, las épocas de cada uno (y sus cadaunadas que diría el otro), o lo que he decidido llamar ciudades del alma. Lo que realmente tiene valor, al menos para mí, es la capacidad de sentarse con alguien a hablar y tomar una decisión con nosotros mismos y llevarla a cabo, y ver qué es lo que ocurre y no perder la curiosidad de saber qué es lo que vendrá luego, porque es lo que quisimos un día. Los recuerdos filtrarán siempre lo mejor de nuestra vida, hasta en los peores momentos, recordaremos sólo aquello que nos gustó mucho, a lo que nuestros sentidos dieron un valor más real.
Supongo que cada edad tiene sus ventajas, para los niños pasa el tiempo más despacio, para los adolescentes todo ocurre por primera y última vez, a los adultos parece que dejan de ocurrirles cosas aunque vivan (vivamos, creo que es la primera vez que me considero adulto en toda mi vida) inmersos en una vorágine de incertidumbre, y las personas mayores sabrán mejor que nadie lo que es un error y lo difícil que es acertar, sabrán mejor qué es lo que realmente vale la pena, o quizás solo hable de lo que intuyo y de lo que he vivido hasta ahora, como siempre.

Lo siento si suenan a tópico, lo siento hasta conmigo mismo pero quizás no quiero borrar estos pensamientos, decía o quería decir, que hay imágenes que resumen el transcurrir de la vida de una manera extrañamente exacta como la bajada de un río hacia el mar, la huida, o una sucesión infinita de amaneceres y anocheceres desiguales.

Hay veces que no pasa nada durante años, y años que ocurren en unos pocos segundos.
Y últimamente creo que estoy dentro de esos pocos segundos que ceban todo de sentido.