domingo, 24 de abril de 2011

Después de estar contigo


A Berna


Estás hecha de mar, de luna y cielo,
como un recuerdo puro de hermosura.
Estás hecha de luz que transfigura
mi corazón, tornándolo consuelo.

Eres lluvia, eres aire, eres el vuelo
del ángel que te habita la cintura,
eres mujer, dulcísima criatura,
el horizonte que al latir constelo.

No existe una palabra, un pensamiento,
que designe mirarte, no hay mirada
capaz de convertirse en luz eterna.

Tan solo yo comprendo lo que siento.
¿O no es eso el amor? Si hasta callada
la noche me susurra... Berna... Berna...






jueves, 21 de abril de 2011

Nubes de abril



Llueve, los analgésicos tratan de deshacer el dolor aunque sea imposible y, como no puedo pensar, me he sentado a escribir. Las nubes grises, densas, como si supieran algo que los demás no sabemos, tienen un lugar al que ir o simplemente se dejan arrastrar por no sé sabe qué amor invisible al viento que las empuja. Yo también quiero dejarme arrastrar con ellas, perderme hacia lo lejos, hacia un lugar donde el dolor no exista, y donde sólo estemos tú y yo, al final siempre termino pensando en ti, que es lo mismo que pensar en mí. Las veo desde el salón donde escribo y me parece ser una de ellas, una nube de abril, dispuesta a abrirse sobre el resol o el relente blanco y magnético de la luna.
Siempre dices que eres como la luna, que ella es muy importante para ti, creo que ahora he entendido el porqué aunque no sea capaz de explicarlo. Yo quiero ser nube de abril que te rodee.
Y que tu luz me roce onírica, blanda y suave, como cuando me miran tus ojos desde su fondo -pareciera que el alma entera te habitara en ellos o quisiera decirse a través de tus pupilas, alcanzando a decir una verdad de la que no son capaces las palabras- .
Hay una cosa que siempre me da pena cuando miro por la ventana, es una farola que lucha por encenderse en vano. Lleva años así y nadie la arregla. Hay noches que parece una farola normal y luce como las demás, pero hoy cuando la mece el viento de la tormenta, se tambalea su luz en una extraña lucha consigo misma, a ratos consigue lucir, a ratos se apaga. Yo me pregunto si lo que quiere es apagarse del todo para demostrarle al resto su propia voluntad, ajena a la voluntad de los horarios del alumbrado municipal. También sé que en la puerta de tu portal hay otra, a unos pocos pasos de un banco solitario de madera, que tiembla dibujando sombras y siempre me hace pensar en lo que acabo decir, en una hermosa y extraña incertidumbre.
Analgésicos, nubes de abril y tú, tú en mis pensamientos.

viernes, 15 de abril de 2011

La espera (Sólo somos un cómo)




Si está en ti acabarás por encontrarlo, algunos lo llaman destino, otros casualidad, quizás no tenga un nombre y no se le pueda poner una palabra encima. Simplemente espera y llegará.
A veces es como asomarse al vacío desde el último acantilado del mundo y saltar, otras veces es habitar un sueño que nos deparaba nuestra propia memoria, la proyección de todo cuanto habíamos esperado siempre. O quizás, piensas, todo existía de antemano como si estuviera escrito en algún lugar, y vivir tan sólo fuera leer un libro a solas que nadie más conoce y a nadie más le pertenece sino a ti mismo. Como si cada uno naciéramos para vivir ciertas cosas y pasar por ellas, o incluso con una cierta manera de pasar con ellas, somos un cómo, piensas, ni siquiera un quién, sólo un cómo.

Eso sí, piensas, eres tú el que pasa las páginas aunque no sepas cuándo ha de terminar tan incesante lectura y aunque no comprendas, como has comprendido otras veces, el sentido que tiene hasta que lo miras, desde la pura distancia del recuerdo, echando la vista atrás. Ha habido capítulos aciagos, otros llenos de luz y muchos en los que parecía no pasar nada, pero en los que la historia siempre avanzaba, porque no hace otra cosa que avanzar, inexorable, como tus latidos dentro del pecho. ¿Hacia dónde? ¿Hacia quién?

Espera, espérate tranquilo, primero has de llegar dentro de ti, como espera un amante a los pies de una puerta, como la oscura noche al claro día o como el río espera cayendo hasta su mar.


miércoles, 6 de abril de 2011

Invisible



Me quieres así, invisible. Vas en el coche y soy invisible, y en tus conversaciones también lo soy. En tus planes soy invisible, y creo que estoy empezando a querer ser invisible para siempre, por todos los días que no lo fui o no lo he sido, y así no pierdan el valor que todavía tienen dentro de mí.
Y la ciudad se ha vuelto invisible y mis pasos son los pasos de alguien invisible, que ya no sabe sino caminar solo, escuchando sus pasos solitarios, cantando con la voz de los pensamientos "ningún sitio a donde ir, ninguno al que regresar".

Lo quieres así, me quieres invisible, como un libro ya leído, como un coche aparcado, como un bote de bolígrafos secos, como olvidadas pinturas de niño en un cajón de casa.
Presente e invisible, como una habitación cerrada -sellada si quieres-, como la línea del horizonte por la que se pierde el mar, como la infancia en los ojos de los hombres, como el silencio, como un perchero en verano, como los pensamientos de alguien que duerme, como cada hora que no ha de regresar para que seamos nosotros dos nosotros.

Tú y yo, y yo invisible.

sábado, 2 de abril de 2011

Aún


Has caminado a solas por la ciudad y aunque estaba llena de gente, parecía estar vacía para ti, lo estaba, siempre lo está. ¿Cuánto tiempo lleva estando vacía en el fondo? Sin ella nada es igual. Sigues hablándole en tus pensamientos, le cuentas cada cosa y cada matiz se ilumina con una precisión tan exacta que parece innecesario que acudan las palabras, basta con una mirada dentro de ti, con un gesto de complicidad con la brisa que te rodea, con la última nube del cielo que cerca la luna. Y todo se torna una invisible presencia, como cuando miras las notas en el cuaderno donde escribes todo, como si la realidad no existiera de la misma forma, o simplemente ella sucediera en una dimensión doble y triste, extrañamente triste, por lo impronunciable, por lo imposible del depositario, porque el otro, nuestra otra parte divisible de nosotros, ya no está.

Todos estos pensamientos te destruyen, ahondan la distancia dentro de ti, hacen presente el olvido. El olvido es una ausencia presente en la consciencia de quien piensa en ti, su forma abandonada, la desmayada luz de la luna sobre tus pasos. Una hondonada, te dices, hecha con el eco de la voz de tus pensamientos, en la que habita su imagen, sus ojos, acaso un gesto único y definitivo, todo lo que un día pareció estar hecho para ti, para que bajo tu mirada adquiriese un valor inequívoco y propio.

Quizás esa sea tu última forma de estar con ella, de estar con alguien, de estar con todos, estando absolutamente solo, como si eso fuera para ti un ensayo de lo que ha de quedar tras de morir. Como si poseer esa nada diera a todo un sentido nuevo, el de poder habitarla y ser su forma.

No puedes decírselo a nadie porque fuera de ti todo pierde su límite. Y acabas por venir aquí delante de la página, siendo incapaz de romper el silencio, como si fuera posible abandonarse.

Sabes muy bien que a fin de cuentas, nadie te conoce, ni siquiera tú.