jueves, 21 de abril de 2011

Nubes de abril



Llueve, los analgésicos tratan de deshacer el dolor aunque sea imposible y, como no puedo pensar, me he sentado a escribir. Las nubes grises, densas, como si supieran algo que los demás no sabemos, tienen un lugar al que ir o simplemente se dejan arrastrar por no sé sabe qué amor invisible al viento que las empuja. Yo también quiero dejarme arrastrar con ellas, perderme hacia lo lejos, hacia un lugar donde el dolor no exista, y donde sólo estemos tú y yo, al final siempre termino pensando en ti, que es lo mismo que pensar en mí. Las veo desde el salón donde escribo y me parece ser una de ellas, una nube de abril, dispuesta a abrirse sobre el resol o el relente blanco y magnético de la luna.
Siempre dices que eres como la luna, que ella es muy importante para ti, creo que ahora he entendido el porqué aunque no sea capaz de explicarlo. Yo quiero ser nube de abril que te rodee.
Y que tu luz me roce onírica, blanda y suave, como cuando me miran tus ojos desde su fondo -pareciera que el alma entera te habitara en ellos o quisiera decirse a través de tus pupilas, alcanzando a decir una verdad de la que no son capaces las palabras- .
Hay una cosa que siempre me da pena cuando miro por la ventana, es una farola que lucha por encenderse en vano. Lleva años así y nadie la arregla. Hay noches que parece una farola normal y luce como las demás, pero hoy cuando la mece el viento de la tormenta, se tambalea su luz en una extraña lucha consigo misma, a ratos consigue lucir, a ratos se apaga. Yo me pregunto si lo que quiere es apagarse del todo para demostrarle al resto su propia voluntad, ajena a la voluntad de los horarios del alumbrado municipal. También sé que en la puerta de tu portal hay otra, a unos pocos pasos de un banco solitario de madera, que tiembla dibujando sombras y siempre me hace pensar en lo que acabo decir, en una hermosa y extraña incertidumbre.
Analgésicos, nubes de abril y tú, tú en mis pensamientos.