jueves, 19 de mayo de 2011

¿Qué te pasa?



Yo iba en el coche pensando en que mis días se resumen en ir a dar clase, regresar a casa, escribir un trabajo interminable en alemán, volver a marcharme a dar clases particulares para pagar la gasolina y en lo increíble que se veía el cielo de Madrid nublado recortando los edificios. En el semáforo del puente de Ventas había atasco como de costumbre, cuando suelo pasar por allí hay una niña con una sonrisa preciosa, como hecha de luz, junto a unas mujeres gitanas rumanas que te limpian las lunas del coche sin que se lo pidas para que les des dinero, hoy no estaban y la sonrisa de la niña tampoco, pero una cosa me ha hecho llorar.
Un hombre enjuto, no muy alto, aparentemente bien peinado, con una chaqueta raída aunque digna se acercaba caminando a los coches despacio diciendo "Buenas tardes", asintiendo con la cabeza, pidiendo dinero con un vaso de papel entre las hileras de coches. No me ha hecho llorar su pobreza, ni la dignidad con la que agachaba la cabeza al saludarnos. Lo que me ha hecho llorar es darme cuenta de que nunca jamás podré estar con mi abuelo, tan sólo en mis recuerdos o en mis sueños. Se le parecía mucho, no en la cara, ni en el gesto, sino en la forma de andar, en la silueta, en la parsimoniosa y agradable lentitud de ceremonia que lo rodeaba.
Hay algo dentro de nosotros, algo importante e infantil que no muere. Una persona, una voz o un gesto que define nuestra vida. La verdad de algo que se nombra solo en la sangre, dentro de nosotros, porque fue y es parte de nosotros mientras estemos vivos.

Sólo sé decir estas cosas en silencio y a solas, con una hoja delante.

"Estás triste, ¿qué te pasa?" Me ha preguntado hora y media después la mujer que amo, cuando he vuelto a acordarme. Y no he podido responder, creo que he dicho alguna excusa de la que ya ni me acuerdo.

Me pasaba que lloraba dentro de mí, después de mucho tiempo.