sábado, 18 de junio de 2011

Un pasaje del diario de Braunschweig


"Llueve o ha llovido porque la lluvia
es algo que, sin duda, sucede en el pasado"
Borges

Pasaje del diario de Braunschweig


Llueve, adoro la lluvia, los días grises, la ausencia del azul del cielo, las gotas en la ventana, los charcos en la calle, las aceras más grises y el asfalto más oscuro, las cabezas mojadas de los que han olvidado el paraguas, y las cabezas secas y a cubierto de los que se protegen bajo la tela y los alambres. El verde es más verde, y sobre el río caen las gotas formando ondas todas a la vez, me gusta sentir que se turbulenta el caudal. La lluvia sobre las fachadas de las casas como el sudor en la camisa de una mujer después de haber bailado, la lluvia sobre las alas de los pájaros, que esperan con su extraña e inocente paciencia animal sobre una farola, sobre los árboles, sobre un semáforo, sobre los tejados.


La de hoy es una lluvia fina, acariciadora, lenta, como si buscara refugiarse entre los pétalos de las flores, como una madre que reprende a sus hijos con delicadeza y les sube los cuellos del jersey. Hay tantas nubes en el cielo que parecen una sola. Es una lluvia sin tormenta, huidiza y tranquila, es una lluvia para olvidar, para ser capaz de olvidar…


La lluvia que empuja a los fumadores a buscar soportales y paradas de autobús para consumar su anhelo, hay algo de infantil en todo vicio. La lluvia que empuja a los ancianos a asomarse a las ventanas a pensar, con suerte, en los abrigos de sus nietos, a pensar en que no pueden bajar a comprar por si se resbalan, a pensar en nada, que es el mejor de los pensamientos.


jueves, 16 de junio de 2011

Canta por mí


" Si les miente la vida,
se hacen parapetos con poemas"

Hay un extraño secreto en algunas canciones de "El último de la fila", quizás ellos jamás lo sepan ni lo sabrán jamás, a lo mejor ese es el secreto de su infinita grandeza, lo mucho que se volcaron en sus canciones. La verdad y la dimensión humana que encierran y que depositaron, lo cerca que se pusieron de ellas.

En los momentos más duros o dulces de la vida, siempre aparece un verso o una melodía, un toque de guitarra en la memoria que te hace sentir acompañado. De alguna forma les debo a ellos el acoger o el comprender de una manera diferente e íntima todo lo que me ocurre, un yo lírico que a lo largo de los años te habita la mirada, partido entre Andalucía y Madrid, entre los libros de poesía, el desastre y las tardes infinitas de sol en una azotea escuchando a mi abuelo. Los escucho desde niño y aunque siempre he creído comprender las letras, no ha sido un proceso completo de comprensión hasta que el devenir del tiempo me ha empujado por diferentes momentos conmigo mismo o lo que todo el mundo llama destino, y los versos y los acordes se convierten en realidad y la realidad se refleja en las canciones y las canciones en partes de mí mismo, y así van siempre conmigo y yo con ellos.

Fueron muy valientes, estoy seguro de que no sólo han salvado mi vida más de una vez, sino la de mucha gente.





sábado, 11 de junio de 2011

Amanecer enfermo



Desaparecer,
rendirse como gris nube de lluvia.
Caer u olvidarse
sobre el azul o la nada.
Hundirse en un lugar sin nombre
lejano como el recuerdo, como el silencio que lo hace posible,
ser sólo alrededor de una ausencia.
Abandonarse,
como si al fin y al cabo la inmensidad
fuese toda la parte de nosotros capaz de no contenernos
y en ella,
un todo sin nosotros
como latir,
como mirar,
brisa o caricia que huye de sí misma.


martes, 7 de junio de 2011

Henry Miller


"Soy un hombre libre... Y necesito mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música de mi corazón"

Henry Miller


No sé cómo ha llegado hasta a mí, creo que Bukowski lo mencionaba en alguna de sus novelas, el caso es que por casualidad abrí las páginas de Trópico de Cáncer hace unos días, ante una de las estanterías cercanas a mi cuarto que solo mi madre sabe mantener desordenadas a lo largo del tiempo y sobre la que se acumulan el polvo, algunas fotos familiares y libros que ya no sabe dónde poner. Desde aquel momento no he dejado de leer ni una sola noche alguna página o fragmento de ese libro, por muy agobiado de tiempo que estuviera o por muy mentalmente cansado que me encontrase.
Ha roto algo dentro de mí ese libro, en una destrucción creativa y hermosa de cualquier atisbo de pose vital. Valoro muchísimo más lo que tengo a mi alrededor, la manera con la que me enfrento a mi propia vida, mi forma de amar, mis limitaciones, mi manera de sentir alejada de todo y de todos, mis problemas. Lo propiamente propio. Siempre hay dos opciones la de todos y la tuya misma, la que hace que te diluyas y la que te convierte en una piedra sobre la que esculpir a golpes una verdad, la verdad de tu propia vida, aunque sea a base de completos desastres sobre los que ir sobreponiéndose.
Henry Miller es un susurro al oído del alma humana, una servilleta doblada y sucia a los pies de una papelera de estación en la que está escrita una de las formas de la absoluta sinceridad. Al menos hay alguien que ha dicho la verdad una vez, sin cortapisas, sin más limitación que la propia expresividad de las palabras.
Literatura de verdad, como una inmensa nube de tormenta sobre la ciudad, como el silencio que rodea a los cementerios, como el traqueteo incesante y escandaloso de un tren de mercancías desde el andén.
¡Estaba en la estantería!
(Como tantas otras cosas en la vida, a solo un palmo, a solo una decisión espontánea de distancia).