lunes, 12 de septiembre de 2011

Ella era la lluvia



Al conducir en los días de lluvia volviendo de la capital, cuando el horizonte y el techo gris del cielo ofrecen cortinas lejanas hechas como de llanto de dioses -eso quiere pensar ella- o sombras gigantescas y nómadas, es cuando Laura se recuerda a sí misma. Veranos de soledad y lectura, libros y más libros, ventilador y persiana a medio bajar, noches sentada al margen de la autovía viendo pasar los coches. Todo aquello bastaba, el sabor de un chicle, el ruidoso camión de la basura con sus urgentes sirenas luminosas a lo lejos, una vecina gorda y nocturna que bajaba a pasear al perro, hombres intempestivos y descamisados a los que rodeaba el pecado como lo hacía el humo del cigarro que fumaban.

Poco o nada aparte de aquellos recuerdos desdibujados en su memoria quedaba de aquellos días, ¿había sido aquello su vida? Ahora todo era rutina, una rutina que extraña se había ido instalando en su vida: trabajo, facturas y sexo. Era feliz, feliz como una modelo del Cosmopolitan, feliz como alguien que habla de sí mismo ante los demás dando detalles y pronunciando días de la semana, feliz como un taxista calvo engañando el precio de la carrera a una guiri.

Recordar para Laura era olvidarse, ella era la lluvia.