jueves, 15 de septiembre de 2011

Las cinco menos veinte




A quienes dieron su vida ante la crueldad y la incomprensión del resto del mundo.



Cuando le preguntan por qué no lleva reloj, Laura acostumbra a contestar que puede consultar en el teléfono móvil , en la pantalla del ordenador o en cualquier parada de autobús la hora que es, miente. Al mismo tiempo que alguien le espeta la pregunta suele recordar "al fondo está la muerte" las palabras del microrrelato de Cortázar utilizadas hace poco tiempo en una campaña publicitaria, y que ella conocía desde hace años. Las rememora con esa vergüenza secreta que sonroja el alma de las personas tímidas, no vaya a ser que el interlocutor se asuste o sospeche que ama la literatura. Hay que vivir escondiendo el alma, en la hiperficie social no hay tregua, está prohibido adjetivar la emoción y mucho menos dotarla de bibliografía.

Miente, no le ha contado a nadie el porqué. Tenía un reloj, su pensamiento era capaz de redibujarlo con exactitud, desde el tacto de la correa sobre la yema de los dedos hasta el calor que dejaba en la muñeca cuando se lo quitaba para ir a dormir. Una vez tuvo un reloj, un reloj que no funcionaba, adornaba su muñeca. Ningún joyero dio con el misterio de tal avería, daba lo mismo, era su reloj, lo seguía siendo pese a no llevarlo desde hacía mucho, años, lustros -le gustaba esa palabra-, décadas. Las agujas siempre detenidas a las 4:40 o las 16:40 o las cinco menos veinte, ¡qué alegría cuando alguien le preguntaba a aquellas horas la hora que era y podía mostrarlo, poco antes de salir de clase, cuando era niña!

Aquel reloj se lo había dado en mano el hijo de una hermana de su abuela, se llamaba Rubén y murió de sobredosis a finales de los años ochenta, con una sonrisa de oreja a oreja y en secreto, a los pies de las escaleras de su casa un ardiente miércoles de verano por la mañana, con una cercanía y una sensibilidad que hasta entonces nadie le había transmitido o sólo los fantasmales árboles azules y verdes en su vaivén nocturno bajo la luz de la luna tras la mosquitera, cuando ella todavía dormía en la misma cama con su abuela. El escándalo monótono de las chicharras era una forma de silencio entre ambos cuando Rubén se acercó a ella y revolvió sus cabellos con la mano antes de dirigirle la palabra. Pese al calor él llevaba manga larga, su cuerpo hacía una sombra delgada, sombra de aire, casi de luz sobre los adoquines grises.

-Toma este reloj, Laurita, sé que no funciona, fíjate, ya ni siquiera a mí me sirve. No tengo otra cosa que regalarte, quería darte algo antes de irme, así no nos olvidaremos. Yo soy como este reloj y tú serás mi muñeca.

Laura miente, sí que lleva un reloj. Sobre el libro de Cortázar descansa aquel reloj en una estantería de su cuarto donde son siempre las cinco menos veinte.