sábado, 24 de septiembre de 2011

Padre de vida (Cuento para "Un poco de ti")



He escrito esta historia después de que Liana Castello, directora de Encuentos.com, me propusiera colaborar con la campaña "Un poco de ti" para el sitio: http://artistasunidoscontraleucemia.blogspot.com/ Os invito a colaborar y a publicitar la web allá dónde consideréis oportuno.

Aquí os la dejo para que os abrigue al principio del otoño.



Padre de vida



          A veces sólo le quedaba conducir de madrugada por la ciudad, a solas, con la única compañía anónima de los taxis, los autobuses y los servicios de limpieza; y con el silencioso recuerdo de la una vez mujer amada, su silueta en el asiento del copiloto, su sonrisa invisible en el perfil del aire, su voz contra el salpicadero, cuando el resto de las personas que lo conocían pensaban de él que estaría durmiendo, para consolarse. Aún recordaba a diario el veredicto de las pruebas médicas, la sensación que había precedido a su lectura, el segundo que cambió todo. Jamás podría tener hijos, nunca podría ser padre, nunca sería el padre de nadie. Aquel golpe le hundió como si de un segundo al otro le hubiesen dejado sin brazos, en su fuero interno Félix se sentía un inútil, un desdichado, un maldito, pues nada le hacía y le había hecho más ilusión en la vida que que alguien llevase su sangre, su apellido y fuera la prolongación de su persona, de sus valores, de lo que había aprendido en el mundo, ya no podría tener una familia propia, nada que no fuera postizo o adoptivo, un premio de consolación. Aquellos pensamientos acabaron por destruirle, por matar a la persona feliz que había sido durante tantos años junto a Alba. Todo lo que antes había sido, todo lo que había desprendido su persona, desapareció con la palabra estéril, eje de la espiral de su actual depresión. La alegría, el sentido del humor y la ilusión por las pequeñas cosas se tornaron en desprecio, malhumor y desidia sin límites. Alba lo abandonó, y él con el orgullo de las personas heridas lo achacó todo al problema de su infertilidad, sin embargo, no fue ese el principal motivo, la persona de la que Alba se había enamorado un día ya no existía, Félix ya no era Félix, era una sombra oscura y huraña que se arrastraba por el mundo, de casa al trabajo y de trabajo a casa, mirando con desprecio a quien osara dirigirle la palabra. Al menos eso era lo que creían las personas que lo habían conocido, esa era la conclusión a la que se llegaba en las conversaciones que trataban sobre él, como si el dolor de las personas fuese una magnitud capaz de establecerse con pocos tópicos y en pocos minutos. La verdad era otra.

Félix quería que Alba fuera madre algún día, madre del hombre que ella amase y escogiera, madre del hombre que pudiera ofrecerle descendencia natural, la amaba tanto que no permitía que ella se conformase con él, con los largos procesos de adopción, con la inseminación artificial de otra persona, otro hombre que habría ofrecido su semen por dinero, renunció a su felicidad por la felicidad de Alba, en un acto que él consideraba heroico. Había disimulado aquella persona que no era aferrándose a su dolor, enconándose en él para no regresar jamás a devolver aquella imagen suya de la que ella se había enamorado. Nadie sabía lo que Félix sufría a solas con aquella máscara. Bastaba con aparentar ser otra cosa para que los demás acabaran por creer que él se había convertido en ella. Sólo las calles nocturnas de la ciudad eran testigo de sus más honestas lágrimas al volante de su coche. Algunos transeúntes trasnochados que parecían regresar a sus casas con ese halo de pecado en los cabellos despeinados y las ropas arrugadas se le quedaban mirando, a veces lo señalaban y hablaban de él con la persona de al lado.

-Hay un hombre llorando en ese coche.

Él solía girar la cara en dirección contraria a los rostros de aquellas palabras. A veces sólo le quedaba conducir de madrugada por la ciudad. Los semáforos en rojo, los semáforos en ámbar, los semáforos en verde, la lluvia cayendo sobre el parabrisas, la noche infinita y oscura, los parques con las verjas echadas, las persianas bajadas de las casas, alguna luz perdida encendida en el cuarto, en el quinto, en el octavo piso de los edificios, el humo insomne de un fumador en el balcón de su casa, la luna a lo lejos, su luz pálida, creciente, llena, decreciente, nueva. Alba...

Pensaba a menudo en los donantes, pensaba en las personas que ganaban dinero por entregar su semen en un triste bote de plástico. Aquello era un acto egoísta, aquello significaba ser padre de alguien en la sombra, arrebatarle a otro hombre la posibilidad de ser padre, abocar a las mujeres modernas hartas de estúpidos y egoístas a buscar un sustituto en una jeringuilla. Todos esos hombres sí, yo no, pensaba Félix. Quería ser donante de algo valioso de forma altruista, entregar algo difícil de encontrar, entregar oro de forma gratuita, hacer de su vida un acto de entrega en otra vida, ser padre de alguna forma invisible, anónima y consciente.

A partir de entonces comenzó a donar sangre con regularidad para los hospitales de la ciudad. Aquello, pese a que era un acto de entrega, no terminaba por satisfacer su instinto de paternidad, pues aquella sangre aunque podía servir para salvar la vida de los de su grupo, podría ser utilizada tanto en personas jóvenes como en personas mayores. Un día encontró el valor suficiente para dirigirse a una enfermera en el autobús en el que le hacían las extracciones. Corría el rumor por el barrio de que Félix iba allí para charlar con las jóvenes enfermeras y lo de la donación era una mera excusa, corría el rumor y ninguno de los que rumoreaban se subía jamás al autobús a dar una sola gota de sangre.

-Disculpa. ¿Puedo preguntarte una cosa?
-Sí dime Félix, ¿te encuentras mal, te has mareado, te aprieta la vía?
-No, no es eso. Es otra cosa que necesito saber, necesito información.
-Dime.
-¿Qué cosa puedo donar, que me permita seguir viviendo con normalidad, y sea algo vital, algo que la otra persona necesite con urgencia?
-Sangre, Félix, vienes a donar sangre todos los meses. ¿Perdiste a algún familiar, no?
-No, no es eso. Perdí mi familia antes de tenerla. No puedo tener hijos... Soy estéril.
-¿Quieres ayudar a los niños?- preguntó la enfermera con una dulce compasión en los ojos.
-Sí, algo así...
-¿Por qué no donas médula ósea para los niños con cáncer? Sólo te ingresan un día, y el único riesgo es la anestesia, una posibilidad entre cincuenta mil de que salga algo mal, el 0,002 %. Te la extraen de la cadera y se regenera con el paso de los días de manera natural. Te inscribes en un registro, y si hay enfermos compatibles con tu médula, lo cual es también bastante complicado, te llaman, te ingresan y al día siguiente puedes estar salvando la vida a un pequeño. De esa manera es muy probable que estés dando una fuente de sangre a un niño. Imagina lo que debe sentir una familia que sabe que recibe un donante, es casi más que ser padre, piénsalo.

Aquella breve conversación cambió de nuevo su vida, se sentía de nuevo completo.Y aunque Félix seguía viviendo con la máscara de dolor puesta, era tan sólo eso, una máscara ante los demás. Debajo de aquella tristeza se escondía toda la felicidad de un padre anónimo, un padre de vida, el consuelo de familias golpeadas con un dolor incluso más cruel que el suyo, el dolor que provoca la indefensión. Era donante de médula ósea, aunque a veces sólo le quedase conducir de madrugada para consolarse.


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