viernes, 28 de octubre de 2011

Tempus

 
Hoy he tenido el placer de recibir por correo esta ilustración de espaldas al mundo llamada "TEMPUS" dedicada por Jorge (Sefy) http://jorgesefy.blogspot.com joven artista, profesor de la ESDIP con el que suelo colaborar  e intercambiar disertaciones y desalientos mutuos relacionados con la vida y el arte y viceversa, el cual conocí gracias a mi hermana María, fuente inagotable de tesoros personales. Me ha emocionado mucho porque no me la esperaba, y porque sinceramente creo que no soy merecedor de tales homenajes pictóricos.

Sirva esta entrada de homenaje y agradecimiento a la amistad y sensibilidad de Jorge, personas como él y mi hermana son las que hacen que que el mundo gire tenga un poco más de sentido.



domingo, 23 de octubre de 2011

Sobrecogido



He visto a una mujer de espaldas,
se parecía tanto a ti que me he asustado,
el tiempo, como un sueño, detenido
y tú ante mí como un recuerdo vivo.

No sé llorarte ni olvidarte,
quizá porque no quiero ninguna de ambas cosas.
He guardado silencio ante la imagen
de esa mujer a ti tan parecida,
la he dejado perderse caminando,
incluso en la distancia, desdibujada ya en el horizonte,
se asemejaba a ti.

Y entonces he pensado
si no eras tú mi propio pensamiento,
sobrecogido,
como el sol de la tarde sobre el río
o el camino de plata tendido por la luna
sobre las piedras de la calle.

He sonreído enmascarando el alma,
en el silencio en que te habito
no caben ni siquiera las palabras.

Éramos eso, sólo mi mirada,
sólo su distancia,
y en su contorno -tú en mi pensamiento-
una mujer de espaldas,
que yéndose a lo lejos se marchaba.





domingo, 16 de octubre de 2011

La inmensa luz



A los de raza



No descubras a nadie
la inmensa luz que te habita el alma,
antes de hacerlo,
guarda en tu pecho todas las palabras
haz con ellas un refugio de ternura y sueños
y quédate contigo,
haz de esa luz un fuego silencioso
y ellos vendrán a ti para negarte
les sobra oscuridad, tiniebla y desaliento.

Abre los ojos a los absolutamente grandes,
no les niegues tu amor,
amar es comprender,
sabes quiénes son
porque ellos son a través de ti,
tratarán de enmascararlos:
escritores, pintores, escultores, músicos, filósofos,
nombres, corrientes artísticas...
Son sólo luz, inmensa luz.


los reconoces como se reconoce a un hermano,
a un viejo amigo,
a un maestro que te dedicó sus mejores pensamientos.
Sumérgete en sus obras, son las nuestras,
comprende que no tenemos nada más
y que no fue fácil para nadie.

No te preocupes
si llevas demasiado tiempo escribiendo ese libro,
baja a ese agujero que eres tú mismo
saca el mejor diamante de esa mina que forma tu vida,
y nunca olvides
que nadie termina nada del todo,
que suele ser el tiempo el que se acaba y te abandona
¿quién termina de amar?

Les sobra oscuridad, tiniebla y desaliento.




jueves, 13 de octubre de 2011

Luna o recuerdo




Luna o recuerdo

Abandonada luna en la distancia,
blanca mujer, recuerdo que ahora lloro.
Oscuro cielo, estrellas luz de oro,
desnuda soledad, rota fragancia.

Elevas a mi alma tu elegancia.
Hay tanto en ti de mí, tanto que ignoro,
tú, memoria celeste, azul tesoro,
testigo de mis sueños y mi infancia.

En esta noche envuelta de tristeza
abrázame en tu luz, ven con el río,
acaricia en las nubes mi mirada.

Hoy necesito tu delicadeza,
tu nombre, tu alejarte en mi vacío,
los dos estamos solos en la nada.



sábado, 8 de octubre de 2011

Desde tu celda



A  G.A.B


Y cuando las palabras como nubes
vuelan sobre la página,
y nada importa más que contemplarlas
y el mundo entero a solas se destruye
para mirarse en ti, para mirarse en mí.

Cuando regreso aquí al puro blanco
a este solo entregarse en el vacío
de lo que queda dentro del silencio,
como sangre que nombra pronunciando tu nombre,
cual luna o pensamiento que se huye,
bandada azul de pájaros, mirada
que un día fue de niño para darse.

Y ser latiendo una acumulación
de instantes, de mentiras, de ficciones,
tu rostro reflejado al fondo de aquel pozo
una tarde de sol,
días que los demás han olvidado,
no han de volver siquiera a su memoria,
a qué memoria,
sabías bien que poco importa
todo se existe al fin para evocarlo.

Siempre has estado aquí, al otro lado,
coleccionando el último momento,
la última sonrisa, el roto llanto,
no era otra cosa el tiempo,
no fue otra cosa el tiempo
que este vaso carnal de sentimientos,
desnuda copa,
mano oscura de quien bebo.

Siquiera un día ya, después de muerto,
podrán beber de él, saber de él,
desde tu celda, los que contigo estamos,
los que a tu lado fueron.

jueves, 6 de octubre de 2011

El puesto de flores



Han quemado el puesto de flores del que ha sido mi barrio en Alcalá durante gran parte de mi vida, en la vía Complutense, lo he leído en la edición digital del periódico a miles de kilómetros de allí. Acotado por unas solitarias vallas de obra municipales se veía el amasijo de hierros y tristeza en la foto, como si el olvido y la destrucción fueran capaces de rodearse de algún modo, abandonado. He imaginado cómo las flores ardían de madrugada en sus cubos azules de agua, indefensas y asfixiadas bajo el aliento infernal de las llamas y con ellas una parte de mi memoria.
Las flores, el amor y la muerte.
Yo iba allí de pequeño a comprar flores con mi padre para mi madre, para una sorpresa, para una reconciliación. Los días de la madre me atrevía a comprar la rosa yo solo, con el dinero contado. El hombre que atendía el puesto me miraba con una extraña ternura, me las envolvía sin pedírselo y hacía tirabuzones en los lazos de adorno con las tijeras, los hacía magistralmente bien, con maña, haciendo un agradable sonido, al final ponía alguna flor de más sin cobrármela, y yo aunque sabía que iba a hacerlo, le daba las gracias sorprendido. Flores, amor y muerte. El día que murió mi abuela también bajé allí a comprar las flores, era un día gris, fui con mi hermano, en aquel día siempre estuvo a punto de llover. Dijimos que queríamos flores para mi abuela, debió de leer la expresión de nuestra cara, preparó un ramo sencillo con una orquídea en medio, seguramente de las primeras de aquella primavera, recuerdo aquel ramo sentado en la parte de atrás del coche de camino al cementerio.
Flores adolescentes, flores de amor, flores de perdón, flores para decir lo que las palabras no pueden llegar a expresar.
El hombre que atendía el puesto de flores siempre estaba leyendo novelas, parecía no envejecer nunca a lo largo de los años con su perilla gris, su chaqueta de cuero negro y su impasible peinado. Allí lo veía yo cada día al venir del colegio. En multitud de ocasiones yo cambiaba mi camino de vuelta para pasar por delante de aquel puesto fragante, lleno de colores, lleno de vida, lleno de luz. Oasis en el desierto de asfalto de la ciudad.
He imaginado a un amante con la intención de comprar flores esta mañana, he imaginado a un pariente o a un amigo buscando consuelo y memoria, amor y muerte, encontrándose ante el puesto quemado, ardido, arrebatado, como si fuera parte una guerra invisible, marchándose y mirándolo a lo lejos buscando otra floristería.
Han quemado el puesto de flores de mi barrio, qué visión tan triste, qué indefensión. Quizá las palabras sirvan para decirnos cómo fueron las cosas un día, hechas de zarza, flores de espinas, las palabras incandescentes esculpiendo recuerdos ante la injusticia.
                                            (c) de la Foto: Diario de Alcalá. http://www.diariodealcala.es/articulo/general/9357/noche-de-incendios-intencionados

lunes, 3 de octubre de 2011

No somos tú y yo







No somos tú y yo, es el amor,
son las olas del mar, 
de su mar
oscuro, misterioso e infinito
las que han llegado hasta nosotros.

No, no es el sol 
que acaricia febril 
tu rostro en la mañana, 
por ver si te alcanzaba.

No, no es la luna pálida y lejana,
apenas peregrina, suave y blanda,
no es que podamos juntos hoy mirarla,
no es su noche su distancia...

Es el amor que habita nuestras almas.

Y aún me pregunto cómo
la vida cabe en la palabra,
y en mí y en ti, mujer,
toda la luz del mundo en la mirada.

domingo, 2 de octubre de 2011

Julia Cabrera



Llevo algún tiempo documentándome sobre la vida y la obra de Gustavo Adolfo Bécquer, tras varias, intensas y más o menos interesantes lecturas, llegó hasta mis manos un libro de Rafael Montesinos "Bécquer, biografía e imagen". Para mí la biografía definitiva, científica, cercana, amena y rigurosa. No sé hasta que punto la historiografía tiene derecho a meterse tanto en la vida de los escritores, sin embargo, es sumamente interesante establecer las relaciones entre los textos y los acontecimientos vitales, al menos, en este autor tan para mí predilecto, iba a utilizar el posesivo, no lo he hecho por respeto.

Está creciendo en mi pensamiento la figura de Julia Cabrera, primera novia de Bécquer, que él abandonó en Sevilla para irse a Madrid y a la que nunca volvió a ver, y de la que apenas dejó rastro en su obra. Esta mujer no pudo abandonarlo ni arrancárselo de su pensamiento y le fue fiel de manera vitalicia, al menos eso cuentan los testimonios. Murió soltera en 1913, el mismo año en que fueron trasladados finalmente los restos mortales del autor y su hermano Valeriano, muchos años después de la muerte de los mismos. Ella siempre tuvo noticia del estado, amoríos y correderías de Bécquer a través de los familiares de Bécquer, sobre todo de un hermano suyo llamado Estanislao. ¿Fue testigo ella de todo aquel reconocimiento final? No se tiene noticia exacta del día de la muerte de Julia.

No dejó rastro Bécquer de ella en sus obras, pero en los últimos días, los días cercanos a su muerte, el poeta le habló a su sobrina Julia (¡Julia! ¿Julia Espín, Julia Cabrera?), hija de Valeriano y autora de unas memorias de valor incalculable, de Sevilla y de una novia que tuvo su padre -al que convertía en alter ego de sus conversaciones- sobre los felices tiempos de su adolescencia andaluza, en los que daba igual por donde caminara, siempre acababan pasando ambos por delante de la casa de aquella joven.

Pienso en si ella, en si Julia Cabrera, intuía que Bécquer iba a ser lo que después ha sido para tantos y ella lo comprendió de antemano. Su recuerdo, su figura, generan en mí una inusitada melancolía, por su tenacidad, por su valentía, por su absoluta decisión para el amor, para un amor que jamás se vería correspondido, espiritual y puro, sino en la extraña gloria del recuerdo, como si fuera la última leyenda que Bécquer no quiso escribir, una última rima póstuma, oscura y veraz. En si en todos aquellos homenajes, una mujer mayor, al margen del gentío, arrugada y sonriente con los ojos brillantes, emocionados y encendidos conseguía terminar con aquella espera infinita, volviendo a estar cerca de la persona que amaba, nada menos que el poeta más importante de todos los tiempos en lengua castellana. Cumpliendo su sueño más allá de la vida y de la muerte.

Estén donde estén, sirvan estas palabras de recuerdo.