domingo, 2 de octubre de 2011

Julia Cabrera



Llevo algún tiempo documentándome sobre la vida y la obra de Gustavo Adolfo Bécquer, tras varias, intensas y más o menos interesantes lecturas, llegó hasta mis manos un libro de Rafael Montesinos "Bécquer, biografía e imagen". Para mí la biografía definitiva, científica, cercana, amena y rigurosa. No sé hasta que punto la historiografía tiene derecho a meterse tanto en la vida de los escritores, sin embargo, es sumamente interesante establecer las relaciones entre los textos y los acontecimientos vitales, al menos, en este autor tan para mí predilecto, iba a utilizar el posesivo, no lo he hecho por respeto.

Está creciendo en mi pensamiento la figura de Julia Cabrera, primera novia de Bécquer, que él abandonó en Sevilla para irse a Madrid y a la que nunca volvió a ver, y de la que apenas dejó rastro en su obra. Esta mujer no pudo abandonarlo ni arrancárselo de su pensamiento y le fue fiel de manera vitalicia, al menos eso cuentan los testimonios. Murió soltera en 1913, el mismo año en que fueron trasladados finalmente los restos mortales del autor y su hermano Valeriano, muchos años después de la muerte de los mismos. Ella siempre tuvo noticia del estado, amoríos y correderías de Bécquer a través de los familiares de Bécquer, sobre todo de un hermano suyo llamado Estanislao. ¿Fue testigo ella de todo aquel reconocimiento final? No se tiene noticia exacta del día de la muerte de Julia.

No dejó rastro Bécquer de ella en sus obras, pero en los últimos días, los días cercanos a su muerte, el poeta le habló a su sobrina Julia (¡Julia! ¿Julia Espín, Julia Cabrera?), hija de Valeriano y autora de unas memorias de valor incalculable, de Sevilla y de una novia que tuvo su padre -al que convertía en alter ego de sus conversaciones- sobre los felices tiempos de su adolescencia andaluza, en los que daba igual por donde caminara, siempre acababan pasando ambos por delante de la casa de aquella joven.

Pienso en si ella, en si Julia Cabrera, intuía que Bécquer iba a ser lo que después ha sido para tantos y ella lo comprendió de antemano. Su recuerdo, su figura, generan en mí una inusitada melancolía, por su tenacidad, por su valentía, por su absoluta decisión para el amor, para un amor que jamás se vería correspondido, espiritual y puro, sino en la extraña gloria del recuerdo, como si fuera la última leyenda que Bécquer no quiso escribir, una última rima póstuma, oscura y veraz. En si en todos aquellos homenajes, una mujer mayor, al margen del gentío, arrugada y sonriente con los ojos brillantes, emocionados y encendidos conseguía terminar con aquella espera infinita, volviendo a estar cerca de la persona que amaba, nada menos que el poeta más importante de todos los tiempos en lengua castellana. Cumpliendo su sueño más allá de la vida y de la muerte.

Estén donde estén, sirvan estas palabras de recuerdo.