lunes, 12 de diciembre de 2011

Por qué no decirlo


Cuando te sientes obligado a dormir
y cada hora pertenece a una actividad concreta,
cuando la vida se torna al fin
en diferentes caminos iguales al trabajo,
autobuses, trenes o coches
que van y vienen
lo mismo da en Madrid que en Alemania,
la lluvia y la luna son las mismas,
piensas:
¿Es esto la vida? ¿En serio?
¿Es esto en lo que acaba nuestra infancia,
nuestra adolescencia,
las mejores horas, los más puros latidos,
acaban aquí?

Tristeza de cajeros automáticos
de que las únicas cartas que lleguen sean facturas
de luz o de internet,
o hacienda u horarios de recogida de basura,
pienso en la persona que metió la carta automática en el sobre,
en la cartera que la trae ataviada con un uniforme ridículo
y una bicicleta que se pierde en la gélida mañana,
mi existencia les acarrea trabajo.

Llegar a casa y pulsar el power del ordenador
porque no hay nadie,
y todo está tan lejos que sólo queda una canción en la guitarra
o un libro a medio leer o café en la despensa,
o irse a caminar a solas a ver cómo cae el río.
El Skype no te devuelve a nadie ni a sus abrazos
ni el calor de su cuerpo,
es una forma extraña de espiritismo físico,
es como hablar desde el más allá.

Trato de buscar consuelo,
ordeno la casa, paso el aspirador,
pongo mi ropa en el armario,
pienso en mi supervivencia
preparo mis clases,
me estoy cansando ya de llorar las mismas penas
de escuchar
y sentir como la única ley del mundo es el egoísmo,
de volver para marcharme
y de marcharme para volver
y, por qué no decirlo,
de que sólo me quede la poesía
para decir la verdad.