domingo, 29 de enero de 2012

Visión de un mismo adiós



Será como volver a conocerse
entre unas manos frías, blancas
será como marcharse de la mirada al fondo
sin más lugar.
Será verano el cielo gris, tormenta,
recuerdo en tus latidos de mujer
donde el silencio al fin después de tanto tiempo
germinará desnudo y libre
como una música a través del alma
para acallar las horas rotas,
esas
que todavía lleven nuestro nombre.

Será como decirse adiós
sin otro mar, sin otro cielo, solos
abandonadas todas las imágenes
y acaso una palabra sangre de tus ojos.

Será como hasta ahora, pero entonces.


sábado, 28 de enero de 2012

Estilo (aire y luz y tiempo y espacio)



Lo bueno de contaminarse de lecturas es que las palabras crecen como enredaderas en los párrafos de cada cual, después de este u otro autor, ambición o límite (siempre autoimpuesto). ¿De qué se ríe el autor y qué llora en cada obra? Obsesiones contagiosas que van de libro a libro, todos los cómos y los mismos qués a lo largo de la historia. Amor, justicia y muerte. Pueden trazarse árboles genealógicos de autores a lo largo de los siglos, filias y fobias, podría escribirse una historia de la contaminación literaria, influencia lo llaman, y no es otro influjo que el placer que provoca abrigarse el alma con unas palabras o con otras, irse con unos amigos o con otros, compañías que no máscaras, caminos que no corrientes, son cosas que no pueden enseñarse en ningún sitio, se experimentan o no.

El estilo era el punzón con el que escribían los escribas sobre sus tablas de cera, en definitiva, la forma en que cada uno desgarra la página con palabras para desvelar u ocultar la realidad de lo que quiere decir, tener algo que decir y decirlo decía Wilde, mentía conscientemente, tener cómo decir y decirlo es más importante.

Ser consciente del propio estilo es algo terrible, extraño estigma, simulación sumisa del lenguaje, puzle consciente que trata de romperse en más piezas y acaba devolviendo la misma imagen.

Leía el otro día que Vargas Llosa tenía un plan diario de escritura, algo así como el que hace ejercicio o sigue una dieta... Entiendo que le sirviera como excusa para rechazar la presidencia del Instituto Cervantes ante los mismos que lo propusieron como candidato. Quiero decir que la excusa colaría bajo el amparo de la vocación. No obstante, sentí terror o, mejor dicho, pensé aterrorizado: "Es como obligarse a llorar todos los días de once a una de la mañana u obligarse a hacer el amor de diez a once de la noche. Literatura a modo de donante de sangre o de semen, funcionaria, de hábito y olor a pan y periódico recién vendido camino a casa". No sé cómo puede forzarse algo como la literatura (la escritura) o profesionalizar el número de páginas, domesticar al tigre, encerrarlo en una jaula, llevarlo a un circo y que pase por el aro ante los aplausos del respetable, otra cosa es lo estrictamente periodístico, de lo encargado por la necesidad, como Umbral y sus paradigmáticas columnas, por ejemplo, o los Palos de ciego de Cercas. De ahí, de esos modos preconcebidos y mañaneros, no puede salir ya nada bueno, no creo que escribiera de ese modo "La ciudad y los perros". "Aire y luz y tiempo y espacio" de Bukowski lo refleja mejor de lo que yo pudiera decirlo.
Ellos sabrán, no cabe duda de que es un buen negocio y resulta rentable, y yo quería hablar de estilo y no de dinero. De literatura y no de negocios. Como dijo Borges. que diría el otro...




lunes, 23 de enero de 2012

El qué y el cómo



A vueltas con el tema de la escritura y de la vida. Siento una extraña tristeza innombrable cuando veo lo que se acaba por hacer en, con y por la memoria de los escritores y su supuesta gloria reservada, el aura de estúpida sonrisa de madre excitada o concejalas recién salidas de la peluquería, casetas donde podrían venderse calcetines y sumidero impostado de gratitudes y felaciones que rodea al mundillo, lo digo sin resentimiento, entiéndaseme, me cansa que sea lo que haya. "Es lo que hay Fernando -me decía mi mejor amigo- es lo que hay".

Nombres de calles -facturas, paradas de autobús, cartel municipal- estatuas y en el mejor de los casos y si siguen vivos, cargos políticos, premios geriátricos... Etiquetas ideológicas, banderas alrededores de versos, sellos o billetes de banco.

Un escritor no es los sitios donde estuvo, ni las casas que habitó, ni donde nació, ni siquiera las personas a las que hizo el amor o los premios que le dieron. Un escritor es lo que deja escrito. Su gloria está hecha de silencio, la distancia que va de la mirada a la palabra escrita, del papel al cuerpo, no hay más, no hay mayor gloria que la dislocada compañía en el otro, del que escribe en el que lee y viceversa. Una suerte rediviva que hace posible otra vida en la vida, evocada, nombrada, más real que la vida porque prevalece más allá de la muerte. Su muerte es acaso el olvido, muerte sobre muerte.
Se nos da una lengua o se nos inocula culturalmente, se nos arroja a una vida, más o menos desafortunada, pero si tienes que dejarlo escrito (el qué ya lo encontrarás, el cómo a lo mejor nunca o siempre demasiado tarde para ti mismo) lo vas a hacer más tarde o más temprano. Y cuánto más cerca lo hagas de ti mismo y más sinceramente pues mejor te equivocarás, que es de lo que se trata.

No es lo que hay, es lo que se creen que hay. Los que saben lo que hay están a otra cosa. Al cómo más que al qué, y a lo suyo, libérrimamente.


viernes, 20 de enero de 2012

La huella lejana



Decía Bécquer que él sólo podía escribir una vez que había sentido. Estoy de acuerdo, como tantas otras veces y en otras cosas con él, y llevo dándole vueltas a ese pensamiento desde hace mucho tiempo, pues  me siento bastante incapaz de seguir con muchos de los proyectos personales que emprendo, y lo voy dejando todo a medio terminar, tengo un montón de libros escritos con el pensamiento que están esperando ver la luz, mi luz al menos o la del flexo de la mesa donde paso las horas muertas, y transfigurarse de lo invisible a lo visible, susurrándome al oído cada hora su malestar por no poder nacer, como esos cuadernos llenos de bocetos y dibujos de los pintores. Es como si siempre mi propia vida se cruzase en el camino de lo que estoy haciendo para emborronarlo todo de incertidumbre, de dudas, de trabas, y no acierto a huir de lo que me ocurre para encerrarme con lo que quiero hacer, y así pasan los días, los meses, los años... Como una distancia sobre mí mismo más allá de las cifras.

Uno conoce mejor cualquier camino una vez que lo ha transitado y lo ha dejado atrás, pasa lo mismo al escribir y al leer. Del mismo modo, decía Bécquer, que es más importante el recuerdo que deja un libro al leerlo que el libro mismo. La memoria es caprichosa y tiene una afectada carga de vanidad en cada uno de nosotros, normalmente recordamos mejor y con mejor quiero decir más nítidamente, todo aquello que nos proporcionó un placer inigualable, lo inolvidable suele ser muy placentero.

Escribir, ese verbo que significa todo aparte, estúpidamente manido en tantas ocasiones. Tiene algo de recluso solitario, de travesía desértica hacia lo desconocido, de minero buscando en la entraña de la piedra, de esquizoide, de persona partida en dos dialogando con su pensamiento y una tercera persona invisible, ¿nosotros mismos? Nunca sabes lo que vas a escribir, sabes de dónde partes y adónde quieres ir pero no lo que vas a encontrar de ti mismo ahí abajo. Si supiera lo que voy a escribir de antemano, no tendría ningún misterio para mí y seguramente dejaría de hacerlo, pues perdería su sentido, aunque escribir es siempre un acto involuntario, si se hace de verdad. Y cada vez tengo más certeza de qué les ha pasado a los grandes maestros que dejaron obras tremendas detrás de sí mismos, o quizás dudo más de su voluntariedad en la concepción de sus obras, se dejaron llevar y arrastrar por su propio pensamiento, con una intención estética y terminaron diciéndose de todo con el papel, cada uno a su manera, y todos con cada una de sus lecturas y la vida que les tocó. Toda literatura es autobiográfica, porque el mero hecho de escribir habiendo heredado las palabras, lo es, lo mismo que soñar depende de la vida. No sé qué es lo que estoy queriendo decir, pero cada vez estoy más cerca del principio. Para escribir hay que partir de una huella, y cuánto más profunda y más lejana, tanto mejor.


viernes, 13 de enero de 2012

Pétalos II



Rencor: Es más fácil perdonar al resto que a uno mismo.

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Hay ojos que nos miran para siempre los tengamos o no delante.

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Sé que tú estabas conmigo, lo que ya no sé es quién era yo en aquel momento... Ni quién era ella.

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Tratar de amar a alguien es igual de absurdo que tratar de olvidarlo. Se ama o se olvida sin intentos.

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Todo forma parte de la realidad, incluso los sueños. Lo malo es que la realidad no existe.

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No conoces a alguien hasta que no lo has visto dormir... Y despertarse.

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La literatura es un tipo de esquizofrenia aún por diagnosticar.

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Si el silencio pudiera expresarse no volvería a escribir jamás.

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Todo el mundo cambia, nadie es nunca nadie.

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Me encantan las paredes blancas.

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El mar nos parece tan grande porque se mueve.

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Si has pedido perdón y no te perdonan, perdona tú al que no te perdone, cuando se dé cuenta seguramente estés ya demasiado lejos para disculparle tú o siquiera te importe.

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Hay lágrimas en las que caben siglos de pena.

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Las injusticias no son crueles, son crueles los que las permiten haciéndolas posibles.

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Un hecho es una versión de los hechos.

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Se aprende mucho de uno mismo en malas compañías.

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Ser un ser humano equipara todos los actos de los seres humanos de lo individual a lo colectivo y viceversa, desde el más benévolo al más deleznable.

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La materia ni se crea, ni se destruye, ni se transforma: Se nombra.


miércoles, 11 de enero de 2012

Pétalos



Con "Pétalos" quiero dar cabida en el blog a mis pensamientos en su forma más breve. Son frases o conclusiones que se me ocurren en cualquier lugar y en cualquier momento en el constante diálogo que mantengo con mi silencio, los iré coleccionando, ahí van los primeros:

Tanto el amor como el olvido son involuntarios.

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La razón es un instinto.

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La música, la buena música, es el sueño que los sentidos recuerdan.

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Para estar triste necesitas haber sido feliz. Para ser feliz sólo necesitas no necesitar nada más que lo que tienes. Estar triste es necesitar algo. Toda tristeza es el negativo de la foto de un momento feliz. La felicidad es una inmensa ausencia y desasimiento de la que somos el centro. Si se es feliz una vez, se es feliz por siempre.

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Amar es dejarse adueñar libremente.

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Mira para ver, no mires para cegar.

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Mi nombre si tu voz no está detrás no sirve para nada.

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Toda decisión procede de una repercusión anterior.

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Un egoísta es fácil de reconocer, es alguien que habla mucho y escucha poco, y además de escuchar poco se empeñará en hacerte creer lo contrario.

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Me da pena la luna por ser testigo de tanta desgracia a lo largo de la historia.

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La peor de las drogas es la soledad, se puede consumir sin límites, incluso más allá de la muerte.

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En todo amor hay algo de vanidad que abrazamos en el otro.

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Si te miras al espejo y sabes quién eres, estás loco.

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El huevo fue antes que la gallina hasta en la pregunta.


domingo, 8 de enero de 2012

Máquina esparciendo sal


A Rafa Delaguetto

No soy de esas personas que se llaman a sí mismo escritores, que decía Bukowski. Antes rehuyo con pudor de cualquier conversación que trate o verse sobre el tema desde una perspectiva individual, esto es, de estúpida vanidad malcomprendida, de pose, de ese halo de ser especial que sólo los más expertos analfabetos -¡cuidado con ellos!-, pues leen incluso libros, se empeñan en hacer palpable o visible, como si para hacer el amor hubiera que ser prostituta por obligación, vivir de ello lo llaman, o para ser pescador hiciera falta ser algo así como industrias Pescanova. Con lo bonito que es hablar de música, de fútbol o de otros libros que no hayamos leído los presentes y debamos leer, o de una ciudad o una mujer hermosa.

Sólo queda lo que dejamos hecho, nada más, y más importante que vivir de ello, es vivir con ello, vivir para ello, vivir en ello, vivir por ello, vivir sobre ello, vivir ante ello, vivir desde ello, vivir hacia ello, vivir tras ello. Es una cuestión de preposiciones. Todo el que ha escrito o escribe de verdad lo sabe, sabe que lo que queda es la forma de un infinito, un objeto visible y detrás todo lo demás, un poema, un cuento, una novela u obra de teatro y detrás, detrás de todo el inmenso silencio de la vida. Lo esencial es el durante, lo que entregas en cada página, las sensaciones que preceden a la expresión, lo que las palabras cristalizan en su oscura forma de luz para entregarse al otro, que es el yo que anhelamos y nos lee.

Ayer por la noche por ejemplo, unas horas antes de coger el avión, cuando quedaba menos de un día para que todo acabara de nuevo otra vez, porque el que se marcha cuenta las horas que le faltan al día con el pensamiento: "Mañana no estaré aquí, hace una semana estaba con ella, faltan quince horas para ir al aeropuerto". Una pareja por una acera de Madrid sonriente, la pareja no la acera, caminaba con las manos enlazadas, abrigada con bufandas, alegría y cigarrillos ante una honda tristeza aparcada que arrancaba el coche. Mi mirada absorta detrás del cristal del parabrisas. Ellos sí, tú no, pensé. Y la mujer me miró de pasada con una mezcla de ternura y desdén que parecía decirme algo que no llegué a entender. Pensé que en aquel cruce de miradas había un relato, y lo escribí con silencio mientras volvía a casa por la autovía escuchando un montón de canciones que me recuerdan un montón más grande de momentos y personas que son las que hacen que contenga en mi memoria esos momentos, adelantando maquinalmente a los camiones nocturnos y a la máquina que esparcía sal. La máquina que esparce sal por la carretera sólo lo hace de madrugada, los carteles luminosos de la carretera lo avisan:"Máquina esparciendo sal". Y entonces ya tenía el título, y no hacía falta hablar con nadie sobre ello, ni hacía falta siquiera sentarse a escribirlo. La sal nocturna desharía el hielo de la mañana. Y eso era lo importante, aquella lentitud en mitad de la carretera.

Y eso es escribir.