domingo, 8 de enero de 2012

Máquina esparciendo sal


A Rafa Delaguetto

No soy de esas personas que se llaman a sí mismo escritores, que decía Bukowski. Antes rehuyo con pudor de cualquier conversación que trate o verse sobre el tema desde una perspectiva individual, esto es, de estúpida vanidad malcomprendida, de pose, de ese halo de ser especial que sólo los más expertos analfabetos -¡cuidado con ellos!-, pues leen incluso libros, se empeñan en hacer palpable o visible, como si para hacer el amor hubiera que ser prostituta por obligación, vivir de ello lo llaman, o para ser pescador hiciera falta ser algo así como industrias Pescanova. Con lo bonito que es hablar de música, de fútbol o de otros libros que no hayamos leído los presentes y debamos leer, o de una ciudad o una mujer hermosa.

Sólo queda lo que dejamos hecho, nada más, y más importante que vivir de ello, es vivir con ello, vivir para ello, vivir en ello, vivir por ello, vivir sobre ello, vivir ante ello, vivir desde ello, vivir hacia ello, vivir tras ello. Es una cuestión de preposiciones. Todo el que ha escrito o escribe de verdad lo sabe, sabe que lo que queda es la forma de un infinito, un objeto visible y detrás todo lo demás, un poema, un cuento, una novela u obra de teatro y detrás, detrás de todo el inmenso silencio de la vida. Lo esencial es el durante, lo que entregas en cada página, las sensaciones que preceden a la expresión, lo que las palabras cristalizan en su oscura forma de luz para entregarse al otro, que es el yo que anhelamos y nos lee.

Ayer por la noche por ejemplo, unas horas antes de coger el avión, cuando quedaba menos de un día para que todo acabara de nuevo otra vez, porque el que se marcha cuenta las horas que le faltan al día con el pensamiento: "Mañana no estaré aquí, hace una semana estaba con ella, faltan quince horas para ir al aeropuerto". Una pareja por una acera de Madrid sonriente, la pareja no la acera, caminaba con las manos enlazadas, abrigada con bufandas, alegría y cigarrillos ante una honda tristeza aparcada que arrancaba el coche. Mi mirada absorta detrás del cristal del parabrisas. Ellos sí, tú no, pensé. Y la mujer me miró de pasada con una mezcla de ternura y desdén que parecía decirme algo que no llegué a entender. Pensé que en aquel cruce de miradas había un relato, y lo escribí con silencio mientras volvía a casa por la autovía escuchando un montón de canciones que me recuerdan un montón más grande de momentos y personas que son las que hacen que contenga en mi memoria esos momentos, adelantando maquinalmente a los camiones nocturnos y a la máquina que esparcía sal. La máquina que esparce sal por la carretera sólo lo hace de madrugada, los carteles luminosos de la carretera lo avisan:"Máquina esparciendo sal". Y entonces ya tenía el título, y no hacía falta hablar con nadie sobre ello, ni hacía falta siquiera sentarse a escribirlo. La sal nocturna desharía el hielo de la mañana. Y eso era lo importante, aquella lentitud en mitad de la carretera.

Y eso es escribir.