martes, 13 de marzo de 2012

Ahora ya no hay palomas




He llegado a un punto, en lo que respecta a la literatura, en que rechazo mis ideas, mis pensamientos, la sentimental burocracia de las anotaciones y me aburren soberanamente las ideas de los demás, de los demás escritores que leo habitualmente o que ya he leído, o de los autores que recuerdo incluso, sus poéticas, sus fórmulas, sus cuadernos escaneados con dibujos... La anécdota al uso, las partes de su vida privada que dejan al descubierto, el lirismo de sus bolsas de la compra, del trauma infantil que los abocó a las palabras, de los polvos echados a deshoras como superhéroes, sus paseos de divorciado en el parque con los hijos y la verbigracia y erudición de sus hasta la extenuación comentadas lecturas, normalmente de autores extranjeros inauditos pero éditos -porque están editados-, mesías literarios a los que los demás mortales jamás tendremos acceso y que son importantísimos, ellos los leen y los comentan, los citan en sus obras. Echo de menos la literatura que no busca follarse a sus lectores, me hastía la intención feromónica de sus páginas, el halo de persona ultrasensible que incomprendida vaga por el mundo y por la vida -más bien por las mañanas- y se convierte en una imitación de escritor de los chinos a lo C. Bukowski o J.Keruac, aunque ellos si paguen la televisión de plasma a plazos con sus tarjetas de crédito.

No quiero convertirme en uno de ellos porque sería lo más cómodo, porque sería sencillísimo, quizá también y para ser sincero, porque he estado muchas veces a punto de alistarme a sus filas y hoy, en lugar de escribir sobre lo que no soporto -ni tan siquiera de mí-, hubiera hecho una descripción de la sensualidad que subsiste en las adolescentes embutidas en pantalones de colores y las patatas fritas del McDonalds, o en lo estúpido que resulta verlas fumar como si hicieran algo épico, o sobre una anciana alemana que siempre me encuentro comprando el pan. Nada de anécdotas, basta.

Estoy más cerca de José Cardoso Pires, de A. Daudet, de Stifter, de Böll, de Chéjov y de Bécquer que de los noticieros, lo supuestamente cotidiano y lo digno de lirizarse. No escribo para ti, lo siento.