lunes, 23 de abril de 2012

Carta desde un precipicio



Desterrada la presencia queda el afecto, y del afecto la memoria, y en la memoria el recuerdo. Hay quien no sabe llorar sino a destiempo, ante las piedras de una calle o la sombra del cielo.
¿Recuerdas aquel inmenso precipicio en el cabo de San Vicente? La mirada anhelaba despeñarse sobre el azul del mar para no ser o ser del todo. La muerte es vertical como una música profunda, como las distancias del niño al hombre, como las viejas palabras gastadas en las que nos decimos.
Te consuela la noche por oscura, como refugio insomne donde los pensamientos desaparecen de ti en dulce luz lejana. Y las estrellas y las nubes bajando reflejadas sobre el río no pronuncian nada. Siempre supiste que al final estabas solo, todos lo están. Y hay algo, sin embargo, que espera darse y no es amor sino silencio. Y ese silencio es algo hermoso al no decirse y entregarse como el que escucha en sueños.

Llegan las olas del mar, y estas pocas palabras en las que te dices son lo poco que queda de ti mismo. Al menos, eso piensas, nunca has perdido esa certeza.