jueves, 26 de abril de 2012

Irrecuperable (Cómo, dónde y cuándo)



Hay un vacío irrecuperable que sólo se conoce desde uno mismo, por eso es vacío. Puede reducirse a la suma de todas las tristezas, pero ni siquiera es una sensación que pueda tildarse al amparo de los adjetivos tornados en nombres, su nominalización consciente, las palabras terminan por decepcionarte si te asomas a los repetidos acantilados de su morfología, su calculada matemática. Sin embargo su música jamás decepciona, esa extraña distancia pronunciada.

Entonces se busca la trascendencia en la forma como si así pudiera salvarse algo, como la entrega de un amante sobre el cuerpo del otro. Atravesar la página y dejar algo en ella, como esas colillas que ensucian las calles o el sonido de unos pasos de mujer en la madrugada, o simplemente un recuerdo, ese gris tan gris de tu ciudad bajo la lluvia, esa que ahora ya sólo ves de visita muy de vez en cuando -qué extraña es la pena que se amontona en memoria- o ese marrón de adobe en la oscuridad que rezuma una historia invisible e, inexplicablemente, presente.

El arte es absolutamente forma, un cómo, lo mismo que un recuerdo es absolutamente espacio, un dónde y un cuándo.