jueves, 27 de septiembre de 2012

Hasta mis brazos




Sólo espero que el tiempo te devuelva
su siempre dulce lentitud de círculos
hasta mis brazos,
como la muerte posa su nostalgia
para anidarse en nuestros pensamientos,
como ese resto de nosotros que queda en alguien que nos sueña.

Cuando te observo me pareces
una suicida ola de mar hacia la tierra
que ignora su oceánica hermosura
venida más allá del horizonte.

Mortal,
como las horas del otoño.
Frágil azul,
cual la escuchada forma de tu voz.
Cristal,
como el contorno de tu corazón.

Hasta mis brazos que por contenerte
son de un silencio que jamás se acaba,
como el final de una canción.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La magia




Prestidigitador de todas tus miserias, conoces bien el artificio. Sin embargo olvidaste que entre tanto
ella miraba al otro lado, y terminó creyéndose tus trucos a sabiendas de que era un espectáculo. Y aquella magia de creer bastaba.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La tristeza del héroe



A dos Santos Aveiro

El héroe es héroe porque lucha y tú
escogiste la guerra de ti mismo,
ésa que todos los demás perdimos
resignados del todo, ya mortales.

La presencia de un héroe es siempre incómoda.
No importa dónde estés,
la guerra irá contigo a todas partes.

Y ahora, triste,
exiges un amor sin condiciones
al hombre que no al héroe,
que nadie sabe y nadie puede darte.

Ni siquiera tú mismo
puedes dejar de ser tan sólo aquello cuanto haces.


sábado, 1 de septiembre de 2012

Sin descanso




"We are restless, folks"
Bono

La prosa es un veneno, dejas pasar los meses sobre ella, en lo que el lector pasa una página puede haber años de distancia. Gente que quieres y que se te ha muerto, brazos que se te han roto y se han curado, enfermedades, casas, ordenadores por los que los archivos han ido pasando, estructuras, ideas de estructuras, folios rotos, folios doblados, y eso que no escribes a mano, que tienes letra de niño trastornado.

Vuelves al mundo propio que es un libro por escribir, atraviesas el umbral de su título, y te reencuentras en sus calles, hablas con el narrador, repasas sus palabras como la frialdad de un extraño. Eres duro con él, cada vez más, vas siendo perro viejo tres mil páginas después, tratas de alejarlo del protagonista, pero él lo quiere, tú qué sabes si no vives allí dentro -te reprocha- y por ese amor, que es el amor más extraño que existe porque nace más allá de todo, te conmiseras de alguna gracieta, de no hacer que muera algún secundario que le caía bien, cosas que sólo sabes tú.

No, mejor que no, cuánto más cruel seas, más real, más verosímil. Pones a prueba a los personajes, como el destino a las personas, haces sufrir al narrador, él te la juega a ti. Los salva a su manera, Dios aprieta pero no ahoga. Y cuando ahoga, es siempre por una buena causa que no sabemos ver, o eso quieres pensar.
Borras los párrafos endebles, te asombras de alguna verdad que habías olvidado. Ya no buscas la historia, no, el secreto es la frase, una a una, como un dique capaz de contener las embestidas del mar. Que se diga así, que no pueda decirse de otra forma, deja la belleza a un lado, el lenguaje es hermoso por sí mismo. El lector es el mar, su vida es el mar, el libro el dique en sus manos.

Lo peor es que lo lees y te lo imaginas de otra forma que cuando lo escribiste, siempre habrás leído más y mejor de lo que hayas escrito, si eres honesto al menos es así siempre, a nadie le gustan sus novelas cuando las lee, es como besar una foto en lugar de a una persona.

La vida misma, te gusta que piensen eso sobre lo que escribes, como la vida misma. Pero como en la vida misma tiene que haber algo más, lo mismo que para ti es una necesidad sacarte ese libro de la cabeza y de las manos, una necesidad absolutamente individual por la que podrías morir si te prohíben escribir, parafraseas a Rilke en lo de la prohibición, no escribas sin citar, al menos no fuera de una novela.

Que el libro sea por sí mismo, un libro dentro del libro, una vida dentro de la vida. Algo desconocido, algo que buscas sin saber qué es. Y cuando lo encuentres, lo cierras y empiezas otro, si te quedan fuerzas y preguntas.

O como tú quieras, pero haz que se lo lean del tirón y allá el aya si halla una haya, la haya o no la haya.