domingo, 8 de diciembre de 2013

Las figuras rotas




A Ramona Alonso

Las figuras rotas

            No conocí a mi abuela, murió cuando mi padre tenía diecisiete años. Es extraño no haber conocido a una persona y, sin embargo, quererla. Conozco, eso sí, los ojos que pone mi padre cuando habla de ella, la manera en que su voz reconoce su presencia, los diminutivos con que se dirigía a él, los pronombres posesivos, lo atrasada que estaba la medicina por aquel entonces; hoy en día no se hubiera muerto, repite siempre, y se mira las manos. Hay una foto suya en la mesita de noche de mi padre, en blanco y negro, a la que mi padre besa cuando mi abuela cumple años y cuando se cumplen años de su muerte. Murió un mes de diciembre, unos días antes de Navidad, el belén estaba puesto en casa. La víspera de su muerte estuvo hablando con mi padre. Él dice que durante aquella conversación estaba más hermosa que nunca, que nadie en la vida hubiera pensado que al día siguiente ocurriera lo que ocurrió y que ella le dijo que veía entrar a personas en la habitación.
           
            Cuando yo era un niño y se acercaba la Navidad, mi padre siempre ponía el belén en casa, él lo llamaba nacimiento. Primero construía el armazón con unos tablones de madera, yo miraba cómo lo hacía, aunque él disimulaba otorgarme un papel protagonista teniendo que responder a la pregunta de si había quedado recto, que sujetara aquí y allá y que le alcanzara otro clavo. Luego íbamos juntos a comprar el serrín en bolsas de plástico, el papel de plata que haría las veces de río y un papel de charol azul oscuro que cubría la pared del salón como si fuera un cielo nocturno. A veces conducíamos a las afueras de la ciudad, cerca del río, a coger musgo de las rocas del campo para que pareciera todavía más real, volvíamos con las uñas negras y húmedas de escarbar en las rocas. Una vez preparado el decorado, esparcido el serrín, colocado el musgo y los corchos que hacían las veces de montañas; sacaba unas antiguas cajas en las que estaban las figuras. Lo que me parecía más extraño del belén que ponía mi padre es que las figuras eran más grandes, a veces, que los propios edificios, exceptuando el portal. Siempre me preguntaba por qué el castillo del rey Herodes era más pequeño que el propio rey o las casas de los pastores más pequeñas que ellos mismos. Lo que importa es que la gente salió a ver el nacimiento de Jesús, me decía él: que los Reyes Magos siguieron la Estrella de Oriente viniendo desde muy lejos. Era emocionante no saber qué figura envolvían los papeles de periódico. Un aguador, un pastor, los pajes, los camellos de los Reyes Magos, cisnes, el niño Jesús, la Virgen María, San José... Las figuras del belén eran antiguas, pintadas a mano y de cerámica, había algunas a las que le faltaba un brazo o que habían vuelto a ser pegadas hace tiempo, tenían desconchones en la vestimenta y diminutas grietas que se hacían visibles al tacto pasando la yema de los dedos por encima de ellas. Se debieron de estropear en alguna mudanza o de sacarlas y meterlas en el armario donde las guardamos, me decía mi padre: son muy delicadas.


            Sabía que mentía, que el día que murió su madre destrozó el belén de su casa a golpes, desesperado, maldiciendo la Navidad, estrellando con todas sus fuerzas las figuras contra el suelo partiéndolas en mil pedazos, haciéndolas añicos. Lo que no era capaz de comprender es cómo fue capaz de recoger las figuras rotas y pegarlas una a una, de volver a celebrar la Navidad con tanta ilusión y de montar el nacimiento conmigo año tras año. Y sigo siendo incapaz de entenderlo.



jueves, 21 de noviembre de 2013

El encuentro



Mi nanorrelato "El encuentro" ha sido galardonado con el tercer premio y aparecerá en la antología del certamen "Realismo Sucio" que homenajea la figura del gran Charles Bukowski de la Editorial Artgerust. Lo comparto con vosotros, así como la escena del increíble poema de Invictus de la película homónima de Clint Eastwood que me sirvió de inspiración. Me divertí mucho al escribirlo, espero que os arranque una sonrisa.

El encuentro

En el encuentro municipal de personas que se llaman a sí mismas escritores alguien dijo:
—No soporto ese tipo de literatura, es de escritor mediocre, es fácil, ya está superada. Esos que citan a Bukowski y a Kerouac al principio de sus manuscritos. Accept loss forever y frasecillas grandilocuentes por el estilo. Se creen que sólo por hablar de follar, de beber o de gente supuestamente extraña saben escribir. De vez en cuando tienen algún arranque lírico: una papelera llena de mierdas de perro a la luz de la luna, una acera vomitada, ropa sucia volando por la ventana, semen en la moqueta, incendios por despecho… Cualquiera puede escribir así.
Al otro lado de la ciudad, al otro lado del mundo, le susurraban al oído a una mujer desnuda y ebria el poema Invictus:
—Henley pensaba en tu culo al escribirlo. Si yo fuera tu marido me habría vuelto loco.
—Nos da tiempo a otro, está en el encuentro.
***
En el siguiente enlace podéis leer a los otros dos merecidísimos ganadores:

jueves, 31 de octubre de 2013

Nota para una mesilla de noche





Amo el lugar que eres, el que desconoces por el hecho de ser tú. Tu risa, tus enojos, tu mirada cuando ves publicidad en televisión, el desorden que dejas a tu paso, la taza de café a medio beber encima de la mesa del salón cuando te marchas al trabajo y que siempre termino de beber sin que lo sepas.

Las horquillas que se te caen al suelo, estoy seguro de que hay horquillas tuyas en la luna. Destender la ropa en que cabes y que parece de niña o de juguete.

Amo cuando me gritas y cuando me besas, cuando me insultas con razón o sin ella, cuando te hundes en mí, cuando te acercas porque te sientes triste. Y amo esos espejos en los que no dejas de mirarte, ver cómo te maquillas sentada, las manchas que dejan tus manos en la pared. Y el daño que te haces hablando mal de ti, que sólo seas capaz de hablar mal de ti.

Amo cuando reniegas del mundo conmigo, cuando me enseñas a mirar de forma humana a los demás, el movimiento de tus manos al hablar, al reír, al llorar, lo en serio que te tomas hacer una fotografía, los prolegómenos para explicar cualquier cosa, que me pidas que te escriba cartas aunque vivamos juntos, que tardes en pedir en los restaurantes, que salgas a fumar a la ventana cuando estás nerviosa o apenada.

Amo que digas que me odias, que digas que me quieres más que a nadie, que tengas frío todo el día, que dejes los platos fregados en la pila sin colocar, que invites a gente a casa, que me compres ropa y que me obligues a probármela, que se te caigan las mismas cosas tres y cuatro veces, que hables en sueños y me despiertes.

Amo que camines tan rápido por la calle, que te dé miedo la burocracia, que seas capaz de hablar con cualquiera, que quieras que te quiera siempre más, que me digas que me conociste así, que siempre te veas más gorda aunque sea mentira, que me llames al salir, que me llames de camino, que me llames al llegar, que me pidas que te cambie las cosas de bolso, que llores con todas las películas, que estés despeinada y en pijama, que leas el horóscopo, que no te sepas tu número de teléfono, que te arregles para salir, que te guste viajar de noche.

Amo que tus manos busquen mi cuerpo, que nos fastidien el día, que se ponga a llover, que nos vayamos a dormir, que des la vuelta a la hoja de calendario, que preparemos algo de comer, que estés embebida durante horas trabajando y yo no pueda hacer ruido, que me pidas una infusión de té, que te asuste el portero automático, que me pidas que te abra las cartas, que nunca quieras ser tú quien apague la luz, que no te esperes nunca una nota como esta.

Amo el lugar que eres.



Gracias a Liana Castello por pedirme siempre material.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El lago

A Heine

El lago

Tú no recuerdas el día que te vi por primera vez, igual que el mar no recuerda la primera vez que lo miramos. No me refiero a la fecha, los recuerdos no necesitan burocracia. Me refiero a cómo te abarqué para siempre con mi mirada, como si así jamás pudiera volver a desasirme de tu imagen, sin quererla hacer mía, tan solo contemplándola, envolviéndome con ella como el cielo se envuelve de la noche. Tampoco me refiero al lugar, ni a lo que estábamos haciendo allí, pues te miré desde lo alto de todas las palabras, que dejaron de significar, te hundí en el fondo del oscuro lago de mis pupilas sin que te dieses cuenta. Bañada de su inmenso silencio te convertí en un sueño. Ya no hube de esperarte nunca.

Yo no olvido la noche que te vi por última vez, igual que el mar no olvida la última vez que lo miramos. Me refiero a la fecha, el olvido tiene su propia burocracia. Me refiero a cómo dejé que tu imagen se marchara para siempre inabarcable al fondo del horizonte, queriendo hacerla mía, sin volver a mirarte, deshaciéndome de ella como el cielo se deshace de la noche al amanecer. Me refiero al lugar, a lo que estábamos haciendo, pues dejé de mirarte desde el fondo de todas las palabras, que volvían a significar lo mismo, te rescaté y te traje a la orilla del cristalino lago de mis lágrimas, te percataste. Enjugada de su insignificante idioma te convertí en realidad. Te habré de esperar siempre.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Atlas



"Carry your world, I´ll carry your world"
Chris Martin

Soporta el peso de tu mundo, que yo soportaré el del tuyo.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El traductor



El mundo es algo que sucede más allá de la ventana, es un sonido de coches que pasan, es el ralentí y la sonrisa de un repartidor de bebidas disculpándose por aparcar en doble fila, es el sonido de las llaves de alguien que llega a casa. El libro abierto, el silencio de las páginas que quedan, los diccionarios esperando indefensos, es hora de volver, piensas en Prometeo y el buitre, frase a frase te dices, párrafo a párrafo, piensas en Dostoyevski y Balzac, en Cortázar y Poe, en Salinas y Proust, en Valente y Kavafis; lo piensas pero no se lo dices a nadie porque ellos están contigo, los viejos -los únicos- amigos de siempre, las viejas locuras. Es de noche cuando enciendes la luz del escritorio, la mejor luz para traducir es la de justo antes de caer la tarde, la de las cinco, las seis y las siete de la tarde. Te mientes, es todo un pretexto para no levantarse de la silla, la mitificación de la realidad que siempre te ha empujado a seguir adelante, fuera lo que fuera lo que tuvieses que hacer.

domingo, 14 de julio de 2013

Calamares



Los viernes no íbamos a la piscina, habría demasiada gente o el abono era más caro y no querías decírmelo. Los viernes íbamos a la plaza, a la plaza de abastos, ahora lo escriben con mayúscula. Pensabas tanto en mí que antes, a sabiendas de que me encantaba y sin necesidad de preguntármelo, desayunábamos en una churrería. Yo, una rosca con Cola Cao de sobre de los que tarda en deshacerse, tú un café solo con una chispa de azúcar, lo decías en femenino, lo mismo que calor. Tardábamos un rato en irnos, la camarera te daba conversación. No hubo un solo día en que no la hicieras reír. 

Me pedías que te diera el brazo por la calle, o terminabas mi nombre con un diminutivo o pronunciabas la zeta de corazón como una ese, a la ida me dejabas llevar el carro porque iba vacío. Los viernes era el único día que comprábamos nosotros la lotería, siempre el cuatro, nunca tocó o si tocó no tocó mucho, pero tú repartías los millones y me decías que me ibas a llevar allí conmigo todo el año para no tenerme que mover de tu lado que, según decías, yo era ya toda tu lotería. Todavía me pregunto de dónde te salía tanto amor y tanta metáfora imposible.

Me dabas el monedero, yo era el encargado de pagar y tú la encargada de pedir y de ordenar el carro. Un día nos devolvieron mal las cuentas, casi se quedan con doscientas pesetas, cuarenta duros dije al tendero impostando el acento, que allí contabais así el dinero. Te tuvo que hacer tanta gracia mi indignación que aún le compraste algunas cosas más. 

Hoy no era viernes, ni estaba contigo aunque fuera verano. Al retirar el aceite de oliva después de haber frito unos calamares congelados de supermercado alemán, olía exactamente igual que en casa antes de comer los viernes a mediodía. Y he aprendido algo que no soy capaz de explicar. 

  

lunes, 20 de mayo de 2013

Una explicación



Quiero pedir disculpas a los lectores del blog, los más preciados, porque son voluntarios y son los que tengo y me gusta cuidarlos. Os tutearé. Os debo una explicación a la inactividad que se avecina, calculo que me llevará un par de semanas. 

He recibido hace poco la respuesta de una editorial que se ha interesado por  el manuscrito de una de mis novelas, primero hube de mandar una propuesta -sinopsis, personajes y demás- junto a los tres primeros capítulos para su valoración.

Cuando había perdido toda esperanza de que me respondieran, pasados unos tres meses, he recibido un correo en el que me invitan a mandar el resto de la novela para valorar su posible publicación. Antes de hacerlo, quiero darle un último repaso: releerla desde fuera, corregir las más que posibles erratas y las fallas de estilo, es decir, adecentarla lo máximo posible. Como dijo Goethe: Wie das Gestirn/ohne hast,/aber ohne rast... 

Es un texto cuyo origen data del año 2010, pese a que la idea germinal proviene de la lectura de una noticia en un periódico local de mala encuadernación y peor impresión, haciendo tiempo en una peluquería, y un acontecimiento del que fui testigo unos años atrás, vi como un hombre se arrojó desde lo más alto de un edificio de unas diez plantas, mientras yo conducía. Su consecución me ha llevado algo más de dos años y medio, durante todo ese tiempo he aprendido un par de cosas sobre el hecho de componer una novela. La primera es el respeto a la inteligencia del lector, la segunda también. Al lector no le importa si de una página a otra han pasado tres meses en tu vida, cuatro casas, dos países y diecisiete trabajos. El lector te tiende la mano, te pregunta los porqués y no espera de ti una respuesta cualquiera, no espera ni siquiera una respuesta, espera una explicación, te está dando su tiempo, su imaginación, sus recuerdos, sus pensamientos, sus noches, las buenas, las mejores y las peores. Lo quiere todo y lo quiere ahora, palabra por palabra, poco a poco o mucho a mucho, desnudo e indefenso, armado hasta los dientes. Hay que tratar de estar a la altura, ofrecerle un texto decente, limpio, atento con él, del mismo modo que no salimos en pijama y pantuflas a la calle, el que quiera nuestra intimidad que se la gane, o del mismo modo que no se comen las cosas directamente de la sartén, sino que se sirven con una voluntad estética, con guarnición, con entremeses, con un buen vino y un buen postre. Tú compones la canción, te sientas al piano, pero es él, es el lector quien canta tus palabras, sin él no hay nada, aunque te cueste creerlo. No es tu voz, es su voz en tus palabras, que son suyas. La escritura es entrega, servicio y no dictado, partitura frente al director y la orquesta. 

Parafraseando a Bono: two shots of happy, one shot of sad. Todas las cosas buenas o que pretendan serlo, tienen un lado negativo; os dejo unos días, pero es por una buena causa o a mí me lo parece.

jueves, 9 de mayo de 2013

Historias del dragón

Portada de la antología editada por Kelonia: "Historias del dragón"

Ya está disponible la preventa de la antología de microcuentos "Historias del dragón" editada por Kelonia editorial. En ella participo con un pequeño relato llamado "Seele", como ya anuncié unas semanas atrás. 

Todos los beneficios se destinarán a la organización de un festival de literatura fantástica que tendrá lugar en la Comunidad de Madrid, concretamente en Fuenlabrada. El precio es asequible: 7,95 euros. Por lo que he podido leer hasta ahora en las galeradas, aunque no soy muy ducho en este tipo de literatura, los relatos son originales y muy entretenidos. En unos pocos días, y antes de salir a la venta, ya han colocado unos 150 ejemplares. Desde aquí deseo el mayor de los éxitos a la antología y a su editorial, que pese a ser una editorial muy joven -tienen poco más de un año de vida- e independiente, hacen un trabajo encomiable.

domingo, 28 de abril de 2013

Alt + 0151



—Te quiero.
—¿Para qué me quieres?
—Para quererte más.