sábado, 26 de enero de 2013

Líricas de pastel (I)




El pintor hablaba en la televisión de romper convenciones mientras sus cuadros eran expuestos en Nueva York, aún frescos. Podía verse transcurrido el tiempo sobre su inmensa calva y sus ojeras de haber bebido la noche anterior en charlatana compañía, su pantalón guardaba esa dejadez arrugada, tan artística, de  cama de hotel de cuatro o cinco estrellas. Unos fotogramas después, aparecía con una boina picassiana, perfectamente escogida, explicando la abstracción de sus cuadros, lo que significaba el negro ante una figura onanista, sus influencias, su espacio y su tiempo, lo transgresor que fue todo aquello. Al poco, pusieron vídeos de antaño, de cuando él empezó a pintar, de esos en los que las cámaras parecían ser el inicio de las grabaciones en technicolor, como si se pudiera entreverar sobre el cromatismo la nostalgia de los sucesivos matrimonios, las amistades, las polémicas con la gente del mundillo y el olor a pintura en su estudio; también había esculpido tallas de madera, pintadas de rojo sangre. La sangre y la madera, ya se sabe. Anunciaron el siguiente reportaje. Alguien miraba asintiendo como el grupo de rock se emborrachaba en el camerino, entre risas, desorden y gestos de dejadez impostada.
Cambié de canal, unas mujeres se despelotaban para que llamases a un teléfono de tarifa abusiva. Ellas no aparecerían en Wikipedia. Cambié de canal, una mujer semidesnuda presentaba un concurso demasiado fácil para que llamases a un teléfono de tarifa abusiva. Volví a cambiar de canal, una película, unos hombres con aspecto de latinoamericanos, en una selva verdecaqui como de Rambo de los ochenta, sujetaban un fusil de asalto y hablaban con acento pretendidamente peligroso sobre su propia crueldad. Imaginé la reunión para hablar del presupuesto de esa película, el entusiasmo del técnico de sonido porque contasen con él para sujetar el micrófono, la seriedad del director de fotografía venido a menos, aceptando el proyecto sin ganas, pidiendo aparecer con seudónimo en los créditos. El oficio, ya se sabe.


viernes, 11 de enero de 2013

Magnitudes



Miré a mi alrededor y no existían las conversaciones sino la magnitud en que medir las cosas: ego, dinero y tiempo. Yo pensaba en el teclado de mi ordenador, en que las teclas que más crujen son las de borrar, el intro y la barra espaciadora; en la soledad de dos cuerpos desnudos hablándose sin necesidad de palabras, en que la luz de las farolas en España es anaranjada y chillona, mientras que en Alemania me parecía, al menos en las calles que frecuento, apenas blanca y tenue.

Lo quisiera o no, habría de tener una identidad en aquel inmenso océano de estupidez humana del que formaba y formo inexorablemente parte, y a través de la cual dar explicaciones, siempre lo supe, siempre lo he sabido, creo que en el fondo mucha gente lo sospecha. Fui construyéndola en secreto desde que tengo uso de razón, lejos de mí aunque fuese conmigo, hundiendo la identidad real. Dónde, me pregunto. A veces estuve incluso a punto de olvidarme de quién era de veras después de tanto disimulo. Si pienso en los años en los que fui yo mismo, me apeno casi con terror de conocerme, mejor así, mejor ir subido en un inmenso barco que cruzar a nado. Y si no es mejor, es más cómodo sin duda.

Por suerte el sentido del humor, la cafeína, el alcohol, los chicles de menta, la literatura, el fútbol y la música podían incluirse sin que supusieran mayores problemas, como si fueran licuadoras de identidad, comodines del público, zooms que alejan la verdad de la vida pulsando el menos, el menos, el menos hasta que no se me viera. Y cuando contesto alguna pregunta escucho mi voz en un lejano eco irreconocible, y hablo de alguien que no soy y se supone que soy, y hago creer que me importan las magnitudes de los demás, y en cierta medida me importan, creo que bastante, por saber lo que esconden  detrás de cada uno, como quien mira una radiografía. Siempre me han gustado más los negativos de las fotos que las fotos en sí.

Y eso que yo llamo los demás es una magnitud probablemente injusta. Puedo añadir un tópico: también las flores se defienden con espinas.

Pero no es eso, el verdadero problema, si es que es un problema, es que siempre me faltará el atrevimiento, tan común, de llegar a ser quien no soy.

jueves, 10 de enero de 2013

Dos cuentos: Pintura azul y El libro del dragón



Con la llegada del año nuevo dejo aquí dos cuentos del anterior, que pese haber sido presentados a diferentes concursos, se han quedado únicamente en "seleccionados", encontrando su último cobijo en Encuentos.com al abrigo de Liana Castello, su directora, lejos de España y Alemania, en Argentina, ¡que no es poco!
Uno es un nanorrelato sobre un personaje discapacitado y el otro es un cuento infantil, en el buen sentido de la palabra cuento, que es a su vez el germen de una novela que no he sabido terminar de escribir todavía.

Podéis leerlos pinchando en los enlaces a continuación:

Pintura azul

El libro del dragón

No os olvidéis de soñar, es lo único que se puede hacer en secreto, en silencio y de manera irresponsable.