viernes, 11 de enero de 2013

Magnitudes



Miré a mi alrededor y no existían las conversaciones sino la magnitud en que medir las cosas: ego, dinero y tiempo. Yo pensaba en el teclado de mi ordenador, en que las teclas que más crujen son las de borrar, el intro y la barra espaciadora; en la soledad de dos cuerpos desnudos hablándose sin necesidad de palabras, en que la luz de las farolas en España es anaranjada y chillona, mientras que en Alemania me parecía, al menos en las calles que frecuento, apenas blanca y tenue.

Lo quisiera o no, habría de tener una identidad en aquel inmenso océano de estupidez humana del que formaba y formo inexorablemente parte, y a través de la cual dar explicaciones, siempre lo supe, siempre lo he sabido, creo que en el fondo mucha gente lo sospecha. Fui construyéndola en secreto desde que tengo uso de razón, lejos de mí aunque fuese conmigo, hundiendo la identidad real. Dónde, me pregunto. A veces estuve incluso a punto de olvidarme de quién era de veras después de tanto disimulo. Si pienso en los años en los que fui yo mismo, me apeno casi con terror de conocerme, mejor así, mejor ir subido en un inmenso barco que cruzar a nado. Y si no es mejor, es más cómodo sin duda.

Por suerte el sentido del humor, la cafeína, el alcohol, los chicles de menta, la literatura, el fútbol y la música podían incluirse sin que supusieran mayores problemas, como si fueran licuadoras de identidad, comodines del público, zooms que alejan la verdad de la vida pulsando el menos, el menos, el menos hasta que no se me viera. Y cuando contesto alguna pregunta escucho mi voz en un lejano eco irreconocible, y hablo de alguien que no soy y se supone que soy, y hago creer que me importan las magnitudes de los demás, y en cierta medida me importan, creo que bastante, por saber lo que esconden  detrás de cada uno, como quien mira una radiografía. Siempre me han gustado más los negativos de las fotos que las fotos en sí.

Y eso que yo llamo los demás es una magnitud probablemente injusta. Puedo añadir un tópico: también las flores se defienden con espinas.

Pero no es eso, el verdadero problema, si es que es un problema, es que siempre me faltará el atrevimiento, tan común, de llegar a ser quien no soy.