viernes, 1 de febrero de 2013

Una nueva suite española


Estas palabras nacen del cansancio,
del hartazgo infinito de adjetivos
y frase hecha a mi generación.
Pues cuando nos decían que importábamos,
iban en serio: fuimos importados.

Generación, estúpida palabra,
perdida, vituperan en silencio,
en el lento silencio tertuliano
de la opinión estéril, funcionaria,
periodistas y padres de familia,
columnistas, sociólogos, expertos,
todólogos en general que saben,
o creen que saben, lo que va a pasar
con nuestra vida, nuestro tiempo, nuestra
manera de olvidar lo que dijeron
sobre nosotros, mientras nos preocupaba
la tasa de equipaje del avión
de bajo coste al abrazarnos, después
de tanto adiós año tras año, tanta
nostalgia de las calles que habitamos
tras tanta infancia y tanta adolescencia
de sol y cielo y grados sobre cero.

Generación desubicada y rota
que se imagina actriz protagonista
de una tragicomedia exótica europea,
de restaurante de comida rápida,
de espera y de café en lavandería,
de bicicletas de segunda mano,
trenes y amores a tercera vista,
mala pronunciación y peor suerte;
que no han de suceder ya nunca.

Pero ellos hablan, dicen, adjetivan.
Y yo imagino un mundo de maletas
con ruedas deslizándose a la nada,
nieve y barro sobre una rojigualda,
mi habitación vacía en una casa,
a mi familia envejeciendo lejos
de todo lo que en mí ya desconocen
y que ya nadie puede devolvernos.