domingo, 24 de marzo de 2013

Seele en la antología de Kelonia editorial



Los responsables de Kelonia editorial se han propuesto organizar una antología de microrrelatos e ilustraciones para recaudar fondos con motivo del festival #FFF de literatura fantástica y para ello han organizado un certamen.

Les mandé un pequeño cuento llamado Seele y, contra todo pronóstico, pues era mi primera incursión en este género y de fantástico tenía lo justo, por no decir casi nada; ha resultado ser seleccionado para formar parte del libro que editarán a lo largo de este año.

Cuando tenga más información sobre la publicación os la dejo por aquí, no cuelgo el cuento en el blog porque me he comprometido, por escrito -lo cual ha aumentado un 1% mi maltrecha cuota de vanidad-, a cederles los derechos durante todo el 2013.


jueves, 21 de marzo de 2013

Los ojos de Constance Dowling



Estoy a la última, soy un hombre de mi tiempo, empieza la primavera. Bla, bla, bla... Hoy que dicen que es el día mundial de la poesía, quiero dejar aquí el que es, a mi juicio, el poema más hermoso jamás escrito.

Lo escribió Césare Pavese, dicen que murió un 27 de agosto, precisamente el día que dicen que yo nací.  Me gusta por su eco, por la herida que dejan las palabras en el pensamiento después de leerlo.

Sé, como se saben las cosas que se saben después de muchos años de reflexión, que el hermoso misterio del poema reside en la tensión verbal, el futuro y el presente, como en nuestro pensamiento. Y como en nuestro pensamiento, la enorme carga de silencio mortal. Porque los ojos hablan sin palabras, como la muerte habla sin palabras: insomne, sorda, como un viejo remordimiento, como un vicio absurdo, una palabra vana, un grito acallado, un silencio, la vida y la nada, la mirada, el rostro muerto, escuchar un labio cerrado.
Y porque es el último poema de amor de un suicida y su manera, taxativa, de decirse adiós y con él a nosotros: Para todos tiene la muerte una mirada. 


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
del amanecer a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito acallado, un silencio.
Así los miras cada mañana
cuando te inclinas hacia ti misma
en el espejo. Oh amada esperanza,
aquel día también nosotros sabremos
que eres la vida y eres la nada.

Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como ver en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos mudos en la vorágine.


Césare Pavese

Einaudi, Torino, 1951.
Traducción de Víctor Sampayo.


Constance Dowling, los ojos que inspiraron el poema y, dicen, el posterior suicidio de Pavese.

Fuente: http://lankelot.eu/filesV2/UserFiles/Image/marina%20monego/Costance-Dowling%5B1%5D.jpg

martes, 19 de marzo de 2013

Dando ideas



Hay autores que te dan ganas de escribir y otros que te las quitan. 

Creo que deberían hacer, ahora que se estila tanto la recomendación al consumidor, un logotipo en la cubierta de los libros que preavisara a los lectores.

Estaríamos ante un doble problema de etiquetado, primero habría que etiquetar los libros por lectores. Lectores que sólo leen y se dejan llevar por él sin más ánimo de lucro que el de disfrutar de la lectura y pasar el rato. La etiqueta podría ser un banco del parque, una taza de café, un vagón de tren en la lejanía, una sombrilla de playa, etcétera... Por otro lado tendríamos a los lectores lucrativos, malévolos, comparatistas y con vocación de cirujanos, que leen para ver cómo está escrito el libro, a ver qué se pueden llevar del estilo, de la estructura. Este tipo de lector sufre más, ya sea bueno o malo el libro, para bien o para mal. Admirar o detestar a un escritor surgen del mismo proceso, la proyección de un pensamiento sobre otro pensamiento. Cuanto más se tenga en común con él, más se detestará. El placer de la lectura para estos lectores consiste en padecer, se leen los prólogos y los epílogos, contrastan las notas a pie de página, se informan de la vida del autor, del momento de producción del libro en cuestión y del lugar que ocupa en su trayectoria bibliográfica... El logotipo podría tener forma de gafas de ver o de bolígrafo al lado de un post-it. 

Solucionado el primer problema de etiquetado, habría que ponerse con el segundo, dentro de los libros para lectores de gafas de ver, los que den ganas de escribir y los que no. Hay una máxima: el mercado sólo acepta la discriminación positiva, nada que se venda puede describirse como malo, si no, no se vendería. Por ejemplo, una etiqueta que fueran unas gafas de sol, si el libro diera ganas de escribir y además su lectura fuese liviana y liberadora, como los libros de Kerouac o de Pushkin. Si es aburrido pero merece la pena, se podría poner una barba bajo las gafas de ver, por aquello de que hubiera que dedicarle un tiempo extra, tipo Guerra y Paz o La montaña mágica, que están muy bien pero te sale barba leyéndolo, a las mujeres también. El nivel de carga del bolígrafo al lado del post-it sería también una buena información. Tres niveles de carga, cuanta menos tinta, más ganas de escribir. Si se trata de un libro fundamental se pondría una pluma estilográfica o de ave con tintero, y en lugar de post-it, un cuello alechugado y cervantino. Si el libro cumple mucho de los requisitos positivos para su lectura y posterior aliento de producción escrita, pues directamente a Cervantes con gafas de sol y un bolígrafo a punto de gastarse. Por ejemplo: El maestro y Margarita, Opiniones de un payaso, Balada de la playa de los perros... Y me asalta una duda en medio de todo esta tormenta de ideas, qué hacer cuando el libro es bueno y es además un best-seller, como un libro de Cercas o Sin novedad en el frente, de Remarque. Quizá lo mejor sería recortar la cara del billete de mil pesetas antiguo en el que salía Galdós y hacerlo logotipo, si vendió menos de medio millón de ejemplares se pondría a Rosalía en tono azulado, si es más de un millón a Juan Ramón en rojo...
   
Nos ahorraríamos algún disgusto que otro, por ejemplo, el de leer críticas. El último libro de Vargas Llosa, barba con gafas de ver; el último libro de Montero Glez, Cervantes con gafas de sol; el último libro de García Márquez, sombrilla de playa; el último libro de Savater, taza de café; el último libro de Auster, pluma estilográfica y post-it; 50 sombras de Grey, banco del parque.


lunes, 11 de marzo de 2013

Recuerdos


No elegimos lo que nos sucede, así que tampoco elegimos lo que recordamos.

sábado, 9 de marzo de 2013

Best sellers (azar de bajo coste)




            Hay conversaciones y conversaciones que te cambian la manera de pensar. Las primeras las tenemos todos los días, nos saludamos, preguntamos un par de formalidades, respondemos a otro par y nos despedimos. Las primeras las podemos tener frente a un televisor comentando las noticias, ante una de mesa en el trabajo, en un taxi camino del aeropuerto, por los pasillos, en una sala de espera, en la escalera del portal, en el trayecto del ascensor, por teléfono, por correo electrónico, por una ventana de chat. No dejan ningún tipo de recuerdo en la memoria más allá de la anécdota, son una suerte de automatismo o de costumbre.

            Las segundas ocurren sin que lo esperes e incluso puede que jamás sucedan. No es algo grave. Puedes pasar por la vida sin tener una sola conversación que merezca la pena recordar o que haya dejado en ti el menor rastro de importancia, como si todo lo que te sucediera estuviera fuera de plano, como esos actores que tienen que hacer de figurantes ocupando un lugar en las cafeterías o los restaurantes, sumidos en una conversación invisible e impostada.

            Una vez me ocurrió, tuve una conversación que no he podido olvidar. Fue en un avión con un completo desconocido. El azar de bajo coste nos situó en la misma hilera de asientos estrechos. Durante el viaje apenas nos dirigimos la palabra, ambos leíamos, le dejé pasar un par de veces al baño y volver a acomodarse en su asiento. Cuando el avión estaba realizando las primeras maniobras para el aterrizaje, sin apartar la vista del libro, me dijo:

- Casi todo el mundo piensa que si ellos escribieran un libro sobre su propia vida sería un best seller.

-¿Perdón?

-Sí, te decía que todo el mundo piensa que si ellos escribieran un libro sobre su propia vida sería un best seller.

-Pero, ¿a qué viene esto?

-Tú también lo crees, ¿verdad? Piensas que de escribir un libro sobre tu propia vida sería un best seller.

            No supe qué responder. El hombre no volvió a increparme, siguió inmerso en su lectura hasta que aterrizamos, dejé que saliera antes que yo, tomó su maleta de mano y lo perdí de vista para siempre una vez que bajamos del avión por los interminables pasillos del aeropuerto.  

     

domingo, 3 de marzo de 2013

Líricas de pastel II (y todo su campo semántico)




Llevo tiempo sin querer escribir cosa alguna por culpa de algo indefinible y ni por esas consigo quedarme quieto. No es sólo porque esté leyendo a Lermontov o a Hamsun traducidos al alemán y me parezca que ya esté todo escrito. Es algo, sin duda, menos estético y pretencioso. 

La extraña causa es lo poético, cómo decirlo, lo literario, esa estilística de contracubierta, manual y solapa.

Me atenaza la vigencia de todas esas palabras que se utilizan escogiéndolas de más y no significan nada: abismo, etéreo, onírico, efímero, naufragio (y todo su campo semántico), umbrío (y todo su campo semántico), lo cotidiano (y todo su campo semántico), lo cardinal, lo meteorológico y lo astronómico (y todo su campo semántico), etcétera. 

La arritmia yámbica escogida y obvia, el metaplasmo mental, los encabalgamientos innecesarios de algorín, la retórica paradójica, lo bimembre de piezas de lego, la sinestesia de patio interior, la anáfora sin alma evocadora, la catáfora y los estribillos a modo de, las súmulas bibliográficas con intenciones unitarias, la evolución y demás impostaciones. 

Qué sé yo, podría pasar por alto todas esas patrañas si me emocionaran lo más mínimo, como la ropa interior de demasiado tamaño tendida en plena calle en un barrio de ciudad española o la soledad y el abandono que quedan encerrados dentro del local de un negocio que se ha ido a pique, me refiero a esa mezcla de vergüenza ajena y autenticidad de un cartel de "Se vende" o "Se alquila", en la que algo falla, pero asimismo nos transmite una emoción, un sentimiento, una idea, un recuerdo, algo que estaba ahí antes de empezar a leer y que después, al terminar, esté de otra manera. 

Las bragas enormes expuestas ante la multitud, la derrota y todo su campo semántico, eso sí me interesa. Puede ser que sea mi propio pasteleo.