martes, 19 de marzo de 2013

Dando ideas



Hay autores que te dan ganas de escribir y otros que te las quitan. 

Creo que deberían hacer, ahora que se estila tanto la recomendación al consumidor, un logotipo en la cubierta de los libros que preavisara a los lectores.

Estaríamos ante un doble problema de etiquetado, primero habría que etiquetar los libros por lectores. Lectores que sólo leen y se dejan llevar por él sin más ánimo de lucro que el de disfrutar de la lectura y pasar el rato. La etiqueta podría ser un banco del parque, una taza de café, un vagón de tren en la lejanía, una sombrilla de playa, etcétera... Por otro lado tendríamos a los lectores lucrativos, malévolos, comparatistas y con vocación de cirujanos, que leen para ver cómo está escrito el libro, a ver qué se pueden llevar del estilo, de la estructura. Este tipo de lector sufre más, ya sea bueno o malo el libro, para bien o para mal. Admirar o detestar a un escritor surgen del mismo proceso, la proyección de un pensamiento sobre otro pensamiento. Cuanto más se tenga en común con él, más se detestará. El placer de la lectura para estos lectores consiste en padecer, se leen los prólogos y los epílogos, contrastan las notas a pie de página, se informan de la vida del autor, del momento de producción del libro en cuestión y del lugar que ocupa en su trayectoria bibliográfica... El logotipo podría tener forma de gafas de ver o de bolígrafo al lado de un post-it. 

Solucionado el primer problema de etiquetado, habría que ponerse con el segundo, dentro de los libros para lectores de gafas de ver, los que den ganas de escribir y los que no. Hay una máxima: el mercado sólo acepta la discriminación positiva, nada que se venda puede describirse como malo, si no, no se vendería. Por ejemplo, una etiqueta que fueran unas gafas de sol, si el libro diera ganas de escribir y además su lectura fuese liviana y liberadora, como los libros de Kerouac o de Pushkin. Si es aburrido pero merece la pena, se podría poner una barba bajo las gafas de ver, por aquello de que hubiera que dedicarle un tiempo extra, tipo Guerra y Paz o La montaña mágica, que están muy bien pero te sale barba leyéndolo, a las mujeres también. El nivel de carga del bolígrafo al lado del post-it sería también una buena información. Tres niveles de carga, cuanta menos tinta, más ganas de escribir. Si se trata de un libro fundamental se pondría una pluma estilográfica o de ave con tintero, y en lugar de post-it, un cuello alechugado y cervantino. Si el libro cumple mucho de los requisitos positivos para su lectura y posterior aliento de producción escrita, pues directamente a Cervantes con gafas de sol y un bolígrafo a punto de gastarse. Por ejemplo: El maestro y Margarita, Opiniones de un payaso, Balada de la playa de los perros... Y me asalta una duda en medio de todo esta tormenta de ideas, qué hacer cuando el libro es bueno y es además un best-seller, como un libro de Cercas o Sin novedad en el frente, de Remarque. Quizá lo mejor sería recortar la cara del billete de mil pesetas antiguo en el que salía Galdós y hacerlo logotipo, si vendió menos de medio millón de ejemplares se pondría a Rosalía en tono azulado, si es más de un millón a Juan Ramón en rojo...
   
Nos ahorraríamos algún disgusto que otro, por ejemplo, el de leer críticas. El último libro de Vargas Llosa, barba con gafas de ver; el último libro de Montero Glez, Cervantes con gafas de sol; el último libro de García Márquez, sombrilla de playa; el último libro de Savater, taza de café; el último libro de Auster, pluma estilográfica y post-it; 50 sombras de Grey, banco del parque.