domingo, 14 de julio de 2013

Calamares



Los viernes no íbamos a la piscina, habría demasiada gente o el abono era más caro y no querías decírmelo. Los viernes íbamos a la plaza, a la plaza de abastos, ahora lo escriben con mayúscula. Pensabas tanto en mí que antes, a sabiendas de que me encantaba y sin necesidad de preguntármelo, desayunábamos en una churrería. Yo, una rosca con Cola Cao de sobre de los que tarda en deshacerse, tú un café solo con una chispa de azúcar, lo decías en femenino, lo mismo que calor. Tardábamos un rato en irnos, la camarera te daba conversación. No hubo un solo día en que no la hicieras reír. 

Me pedías que te diera el brazo por la calle, o terminabas mi nombre con un diminutivo o pronunciabas la zeta de corazón como una ese, a la ida me dejabas llevar el carro porque iba vacío. Los viernes era el único día que comprábamos nosotros la lotería, siempre el cuatro, nunca tocó o si tocó no tocó mucho, pero tú repartías los millones y me decías que me ibas a llevar allí conmigo todo el año para no tenerme que mover de tu lado que, según decías, yo era ya toda tu lotería. Todavía me pregunto de dónde te salía tanto amor y tanta metáfora imposible.

Me dabas el monedero, yo era el encargado de pagar y tú la encargada de pedir y de ordenar el carro. Un día nos devolvieron mal las cuentas, casi se quedan con doscientas pesetas, cuarenta duros dije al tendero impostando el acento, que allí contabais así el dinero. Te tuvo que hacer tanta gracia mi indignación que aún le compraste algunas cosas más. 

Hoy no era viernes, ni estaba contigo aunque fuera verano. Al retirar el aceite de oliva después de haber frito unos calamares congelados de supermercado alemán, olía exactamente igual que en casa antes de comer los viernes a mediodía. Y he aprendido algo que no soy capaz de explicar.