miércoles, 14 de agosto de 2013

El traductor



El mundo es algo que sucede más allá de la ventana, es un sonido de coches que pasan, es el ralentí y la sonrisa de un repartidor de bebidas disculpándose por aparcar en doble fila, es el sonido de las llaves de alguien que llega a casa. El libro abierto, el silencio de las páginas que quedan, los diccionarios esperando indefensos, es hora de volver, piensas en Prometeo y el buitre, frase a frase te dices, párrafo a párrafo, piensas en Dostoyevski y Balzac, en Cortázar y Poe, en Salinas y Proust, en Valente y Kavafis; lo piensas pero no se lo dices a nadie porque ellos están contigo, los viejos -los únicos- amigos de siempre, las viejas locuras. Es de noche cuando enciendes la luz del escritorio, la mejor luz para traducir es la de justo antes de caer la tarde, la de las cinco, las seis y las siete de la tarde. Te mientes, es todo un pretexto para no levantarse de la silla, la mitificación de la realidad que siempre te ha empujado a seguir adelante, fuera lo que fuera lo que tuvieses que hacer.