martes, 30 de diciembre de 2014

Presentación de Una hora menos


A Pedro, A Angélica y a todos los que me faltan y siguen conmigo.


Escribo las siguientes líneas emocionado y febril, literalmente. Emocionado porque hace poco que he perdido a un amigo, Pedro Atienza, al que le gustaba decir que escribía jugándose la vida. Dicho y hecho. Lo último que sabemos de él es que dejo escrito un poema en Facebook pocas horas antes de marcharse. Es increíble que ya no pueda volver a escuchar su voz delante de mí, es increíble que se haya ido así, si se lo perdono es porque él era así: un límite en sí mismo. Emocionado, repito, porque gracias a personas como él aprendí a darle vida a un texto y que el texto te la devolviera y adquiriese vida y lectores propios. Febril, decía, porque la enfermedad brota en nosotros cuando menos la necesitamos, sin consentimiento y sin piedad, como una flor venenosa o un rencor ignoto.


Y escribo con el vértigo de las cosas que han sucedido y nos hacen felices, escribo, para qué negarlo, con el vértigo de caer en la vanagloria, la presunción y el egotismo que asolan tantas veces la vida convirtiéndola en un desierto de estupidez, caspa e infinita flema.

El pasado 23 de diciembre tuvo lugar en Zaragoza a las 12:00 en el hall del Teatro Principal de la ciudad, la presentación de Una hora menos, el relato que se llevó el XXIX Premio Ciudad de Zaragoza y que ha co-editado el Ayuntamiento de Zaragoza junto a Mira Editores. Tanto la organización del evento, el lugar, así como los asistentes fueron espectaculares.
Por mi parte, no tengo nada más que escribir, me quedo con haberlo vivido desde dentro y haber estado acompañado por (casi) toda mi familia en un día tan especial. El viaje en furgoneta alquilada de nueve plazas Madrid-Zaragoza fue inolvidable y daría para una tetralogía sin problemas. Dejo aquí algunas fotos que hizo del evento la mejor fotógrafa del mundo y lo que ha dicho la prensa y la televisión de Aragón y otras latitudes (haciéndose eco de la agencia EFE).

Entrega a Flory García, madre de Angélica González, del certificado de la Mención de Honor que se llevó el relato "Después de Siberia" I Concurso de Cuentos Biblioteca de Letras Latinas de Nueva Zelanda, con motivo y en memoria del que hubiera sido el 30º cumpleaños de su hija.


Con la directora de Mira Editores (Berta Sariñena),
Carmen Navarro y el resto del equipo del departamento de Publicaciones del Ayuntamiento.
(Unas lectoras inmejorables: cada una me explicó su final para el relato).
(Vídeo de Aragón Digital) Breve anecdotario: Cuando hablo en el vídeo me refiero al magnífico colofón que Berta Sariñena, la directora de la editorial, me mandó en su primer correo electrónico con motivo de la edición del libro y no al premio en sí. Joaquín Casanova, el editor, habla de novela, cuando es un relato (es de los halagos más bonitos que le han hecho a un texto mío nunca, se puede escuchar mi risa al poco de decirlo cuando habla de la movilidad exterior). La dedicatoria que aparezco firmando es a un hombre que se llamaba Pedro (¡Pedro!) y que se acercó al final, el primero, terriblemente tímido. No sé si era algún periodista obligado o simplemente un asistente. Estuvo atendiendo a todo lo que decía y asintiendo como si me diera la razón, sin saberlo, me hizo sentir muy a gusto durante la presentación. En la dedicatoria se puede ver que le escribo: "A Pedro y su atenta mirada de lector. Gracias por venir y por quedarte". 

Enlaces con la noticia:

Aragón Digital: http://www.aragondigital.es/noticia.asp?notid=127624
La Vanguardia: http://www.lavanguardia.com/cultura/20141223/54422750667/f-palacios-dejo-espacio-en-el-relato-para-que-el-lector-sea-parte-del-mismo.html
El periódico (de Aragón): 1: http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/se-puede-ensenar-tecnica-no-emocionarse_993659.html  y 2:
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/palacios-dejo-espacio-relato-lector-sea-parte-mismo_993625.html
El confidencial: http://www.elconfidencial.com/ultima-hora-en-vivo/2014-12-23/f-palacios-dejo-espacio-en-el-relato-para-que-el-lector-sea-parte-del-mismo_453285/
La voz de Chile: http://www.lavozdechile.com/noticias/view/95967/F-Palacios-Dejo-espacio-en-el-relato-para-que-el-lector-sea-parte-del-mismo
La voz de Perú: http://www.lavozdeperu.pe/noticias/view/95967/F-Palacios-Dejo-espacio-en-el-relato-para-que-el-lector-sea-parte-del-mismo
El día.es: http://www.eldia.es/agencias/7870342-Palacios-Dejo-espacio-relato-lector-sea-parte-mismo
The Panama Herald: http://www.thepanamaherald.com/mobile/view/95967
Radio Intereconomía: http://www.radiointereconomia.com/2014/12/23/f-palacios-dejo-espacio-en-el-relato-para-que-el-lector-sea-parte-del-mismo/

El libro se puede adquirir en cualquier librería física de España; si no lo tienen, tardan dos o tres días en traerlo. De todos modos se puede pedir por Internet en las siguientes direcciones (recomiendo la web de la editorial). El precio no supera, en cualquier caso, los 9 euros.

Selección de sitios en los que se puede adquirir el libro:

Web de Mira Editores:
http://www.miraeditores.com/Una-hora-menos.libro

Casa del Libro:
http://www.casadellibro.com/libro-una-hora-menos/9788484654759/2478395

El Corte Inglés:
http://ocio.elcorteingles.es/libros/libro/una-hora-menos-9788484654759

Librería Central (Zaragoza):
http://www.libreriacentral.com/ProductDetails.aspx?pId=9788484654759

Librería Castillón:
http://www.libreriacastillon.com/product/369775/una-hora-menos

Si formas parte de una asociación cultural, un club de lectura, una biblioteca pública, eres docente o estás involucrado en cualquier proyecto cultural y estás interesado en hacerte con la obra, déjame un comentario en esta entrada con tu correo electrónico y me pondré en contacto contigo lo antes posible.

*******************

¡Gracias!


domingo, 21 de diciembre de 2014

Quiero decir



Quiero decir

Me han dicho que se ha muerto Pedro Atienza,
me lo ha dicho mi hermano, Alejandro Palacios, por teléfono.
Y yo he visto su voz recitando a Vallejo:
"Hay golpes en la vida, tan fuertes..."
y he notado su mano sobre mi hombro,
le he vuelto a ver mesándose la barba
y la ciudad desierta de su sombra,
quiero decir,
la orfandad de las calles de Alcalá de Henares
en las que ya jamás podré encontrármelo,
ni yo, ni nadie,
quiero decir pero me sale espuma.

Me sangra el pelo, Pedro, cuantitativamente,
quiero decir,
que a miles de kilómetros de ti y de España
le hablaba de camino a casa a Dostoyevski (Abraham González)
la semana pasada
de las ganas que tengo de verte
y de que nadie escribe como tú.
(Lo mismo ha dicho hoy, 21 de diciembre de 2014,
mi hermano antes de colgar con la voz rota,
nadie escribía como tú).

Me han dicho que se ha muerto Pedro Atienza,
yo digo,
ha muerto un poco más el castellano,
el bronce de Quevedo y la lluvia que sin duda
sucede en el pasado.
Ha muerto Pedro Atienza, eso me han dicho,
premonitorio y solitario
sin aguacero y sin París.

Quiero decir,
se ha ido con su amigo Pepe Hierro.

Quiero decir
que en este país, con la tristeza con la que lo decía Larra,
todo está en manos de los más inútiles
y la existencia es siempre póstuma.

Te has ido, Pedro, aunque te quedas
partida el alma lloro y con el alma ajena,
quiero decir,
eso que llaman en el mundo ausencia.
  

domingo, 26 de octubre de 2014

Después de Siberia (Mención especial del jurado en I Concurso de Cuentos Biblioteca de Letras Latinas en Nueva Zelanda)



A Angélica, in memoriam

Hace un par de semanas me comunicaron que el relato "Después de Siberia" que mandé al «I Concurso de Relato Corto Biblioteca de Letras Latinas» en Auckland, Nueva Zelanda, fue galardonado con una mención de honor por parte del jurado. 
Después de mucho pensarlo, lo dejo aquí también. Como me dijo Flory, la madre de Angélica, cuando se enteró de la noticia: "Mientras alguien pronuncie su nombre, ella seguirá viva". Se puede descargar y leer pinchando en el enlace:

Enlace para la descarga de "Después de Siberia"

No elegimos lo que nos sucede, así que tampoco elegimos lo que recordamos. 



lunes, 15 de septiembre de 2014

Mayéutiquing



En su segunda acepción, la R.A.E. define la mayéutica como:
 2. f. Método socrático con que el maestro, mediante preguntas, va haciendo que el discípulo descubra nociones que en él estaban latentes

En las últimas décadas se ha rebautizado este método desde el ámbito empresarial, sin la aposición explicativa de la definición de la R.A.E., como coaching: cobro por hacerte pensar y te hago creer que el mérito es tuyo.

La disciplina empresarial (sic) se lleva aplicando desde el último tercio del siglo XX, no faltan teóricos a los que referirse y diccionarios de términos. La versión española se traduce en el pícaro jovenzuelo encamisado aunque desabotonado, que otrora jugase a los Pokemon y el Zelda de la Game Boy Color en la piscina comunitaria, hoy ambicioso, airado, mercadotecnizado y recién licenciado en A.D.E., Económicas y horas de gimnasio de franquicia, que comprueba el filón de un nuevo modelo de negocio que aporta valor al cliente, personalizado y abocado al éxito como un lubricante de sabor a fresa.

Del glosario de términos de coaching que he podido extraer de la extensa videografía youtubera, me ha llamado la atención la exigüidad conceptual, (más allá de la sonrojante ortografía, la pobreza lingüística y exceso gesticulador de hablantes que no distinguen cuándo hay que utilizar la palabra "área" en femenino o utilizan "a nivel de" sin ningún tipo de referencia jerárquica) como: marco de confianza, preguntas proactivas, desarrollo personal, generación de autonomía e independencia, estado de reflexión, delimitación y alineación de objetivos.

Un narrador coetáneo filodecimonónico y de arrabal parisino o de quinto piso en cualquier capital europea, podría describir el modelo de negocio como: me tomo un café un contigo, que estás solo y perdido en el laberinto del eslabonamiento de los fracasos de tu propia vida, y te cobro porque me contestes unas preguntas embadurnadas de halo de existencialismo empresarial, foto de familia enmarcada en la oficina y tufillo a éxito de cafetera de marca.

La palma, la palmeta y la palmadita se la llevan las preguntas proactivas. Las preguntas proactivas, que al castellano podrían traducirse como preguntas incitantes a la acción, son, a grandes rasgos, las siguientes:
¿Qué quieres hacer?
¿Cuándo lo quieres hacer?
¿Cómo lo quieres hacer?
¿Para qué lo quieres hacer?
¿Dónde lo quieres hacer?
¿Por qué lo quieres hacer?
Y el comodín que se guarda el coach: Y, ¿si lo hicieras de manera diferente?

El pensamiento como bien de consumo, disfrazado de terminología empresarial. La reflexión personal como negocio. La vida como un simulacro de entrevista con Jesús Quintero o de asistencia a conferencia de Steve Jobs. El mundo como un enorme prostíbulo intelectual para incautos.

Y mientras cae la noche, imagino a un suicida contestando las preguntas proactivas de su coach.
 

viernes, 12 de septiembre de 2014

La biografía de Andrea Agassi y bigotes y barbas parafrásticas



Leo que el tenista Andrea Agassi y un premio Pulitzer han escrito la autobiografía del tenista norteamericano y la han llamado: "Open". Siento un determinado tipo de tristeza ante la mercadotecnia que trata de ser original y juega con los dobles sentidos. Una tristeza que se multiplica en el aire, tristeza como de señal de wifi. La presunción de originalidad en los títulos de cualquier cosa, desde un medicamento a una película, es una de las enfermedades mentales más extendidas de nuestro tiempo. 
Mi mejor amigo, mientras busca libros por Madrid para mi regalo de cumpleaños o algo así como apoyo moral y bibliográfico para mi tesis, me pasa, de broma, una foto entre la lista de libros que va encontrando, leo: Memorias de un preso. La autobiografía de Mario Conde, con una foto sonriente del presunto autor. Memorias de un pelo engominado, le contesto. ¿Memorias de un preso? ¿Era necesaria tanta autocomplacencia? Recuerdo el título de Memorias de la casa muerta de Dostoievski, gran título, por otra parte.
Para defenderme psicológicamente de semejantes bocanadas de humillación al raciocinio aparecidas en la página web de Babelia, divago y me pongo a pensar en otros títulos memorables como Cartas a un joven español de Aznar. La paráfrasis entre su título y el de Rilke, la paráfrasis de sus bigotes: el de Aznar, el de Rilke y el de Nietzsche. Termino en otra barba, paráfrasis de la de Dostoyevski, la del gallego Valle-Inclán, uno de los mejores baptizadores de obras -y personajes- de la literatura en castellano: Luces de bohemia, Tirano Banderas, Femeninas...  Divago y termino, a raíz de lo de ser gallego, en el título de la autobiografía de Rajoy: En confianza. Aséptico, axiomático y corporativo. Ni una sola ese. Siempre me he imaginado a Josef K. con la cara de Rajoy, preocupada y tumefacta. 
Termino, he venido a escribir diferentes títulos para autobiografías, por si alguno de los ocurrentes comités editoriales tiene a bien utilizarlos y demostrar como en cinco minutos se le ocurren a cualquiera (a un cualquiera como yo y como tú, que me estás leyendo) un montón de nombres ocurrentes, frescos, desparpajados y originalitos

Para un profesor: Fin de curso.
Para un (gurú: esa palabra empresarial y alquímica) informático: Esc.
Para un (gurú) informático o cualquiera (con problemas): Control zeta.
Para una modelo (o un imaginero): Dar la talla.
Para el afamado escritor (peruano, portugués o no): Colofón. (O: Pasar página).
Para un músico (con éxito, del tipo Barenboim): Llevar la batuta. (O: Las líneas del pentagrama).
Para un músico de rock: Backstage.
Para el viajante que vende sus viajes: Todos los nortes de la brújula
Para el famoso futbolista: Gol de oro
Para el famoso futbolista (con problemas): Fuera de juego. (O: En la prórroga. O: La pena máxima. O: Desde el banquillo).
Para el torero: La vida por montera. 
Para el piloto de aviones: La caja negra. 
Para el golfista (adúltero o no):  El último hoyo
Para el joyero o el medallista olímpico (parafraseando la idea de la de Rajoy): Hablando en plata.
Para el baloncestista (de éxito): (los años que tenga el jugador en el momento de la publicación) y doce rebotes. 77 años y doce rebotes, por ejemplo. (O: MVP).
Para el baloncestista (con problemas): Mal de altura.
Para el político de izquierdas : Latidos convencidos. (O: Primera persona del plural). 
Para el político nacionalista: Yo, que no nací en mi país. (O: En los demás países, en las demás banderas).
Para el político de derechas español: Hacer los deberes. (O: En este país).
Para el banquero: Líneas de crédito. 
Para la famosa televisiva: En cuerpo y alma.  (O: Vivir de pie).
Para un ladrón: Guante blanco. (O: La luz azul de las sirenas. O: La caja fuerte).
Para un cómico: Vivirse de risa.

Etcétera. ¿Por qué lo llaman sección de cultura? 


martes, 9 de septiembre de 2014

Las cejas de Elena

Hacía cinco años que U2 no sacaba disco. Se llama Songs of innocence; no sé si es un homenaje a William Blake, una justificación o ambas cosas a la vez. La quinta canción del disco habla de la madre de Bono, al escucharla me he acordado de la mía y de una cosa que me dijo hace mucho tiempo y, por eso, he escrito este relato.

A mi madre.

Las cejas de Elena


Ha tenido que pasar mucho tiempo para comprender las palabras que me dijo mi madre una tarde de invierno. Yo era un niño y estoy seguro de que ella ya las ha olvidado, pero eso importa poco. Lo que de verdad importa es que las he comprendido justo en el momento en que iba a comenzar a escribir sobre ellas, veintidós años después.
Por aquel entonces yo iba al colegio y los horarios eran diferentes a los de ahora. Teníamos un primer turno matinal y otro vespertino, no había jornadas continuas, excepto los jueves y el mes de junio, que salíamos a la una y no había que ir por la tarde. Lo habitual era ir de nueve a doce de la mañana y de tres a cinco de la tarde. Una de esas mañanas habituales y grises de algún mes de invierno, sonó el portero automático:
—¿Quién es? —respondí, esperando que me contestaran: "cartero comercial, ¿me puede abrir?".
—Ábreme, Nano —reconocí la voz de Elena, la mejor amiga de mi madre.
—¡Hola! No funciona. Espera que bajo y te abro —dije sin ocultar mi alegría. Elena era una mujer cariñosísima conmigo.
—Vale —contestó ella, como si le molestara tener que hacerme bajar.
—¿Quién es? —preguntó mi madre desde algún lugar de la casa.
—Es tu amiga Elena.
—¿Elena a estas horas? ¡Baja a abrirle la puerta! ¿Qué haces ahí?
—A eso iba.
Bajé los cuatro pisos que separaban la puerta de mi casa de la del portal lo más rápido que pude. Vi la figura de Elena desde el altillo del último rellano: de espaldas, bajita, rolliza, con el pelo moreno, siempre corto, teñido y revuelto; enfundada en su chaqueta de cuero, envuelta en el humo de un cigarro recién encendido y con un carro de la compra vacío a su derecha. Le abrí la puerta, pasó al interior del portal y me abrazó sin soltar el cigarro. Subimos en el ascensor:
—Está prohibido fumar aquí en el ascensor —dije, con miedo de estar cometiendo un delito grave.
—Hoy no —me respondió y me acarició la cara.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Dime, cielo.
—¿Por qué te pintas las cejas?
—Porque me las robaron.
—¿Quién?
—Una noche cuando estaba dormida. Entraron en casa y se las llevaron.
Sentí pena, tendría que pintárselas el resto de los días de su vida. Mi madre estaba esperándonos en el quicio de la puerta de casa. Salió a recibir a su amiga, la abrazó como si hiciese mucho tiempo que no se hubieran visto. Pude adivinar cómo a Elena se le saltaban dos enormes lágrimas. Entendía que ocurría algo, pero no sabía el qué. Dejaron el carro de la compra en la entrada, vacío y liviano, y se sentaron a charlar en la cocina con la puerta cerrada. Las dejé solas. La puerta de la cocina cerrada significaba problemas.
Al cabo de un rato vi pasar a mi madre a su habitación y salir de ella con el monedero en la mano. Supuse que Elena no tendría dinero para hacer la compra y se lo había pedido a mi madre. Y, en parte, aquella era la verdad; comprendí que por eso venía con el carro vacío y que aquella era la causa de las dos enormes lágrimas que le habían caído por la cara.
Aquel mismo día comprendí que la verdad es un asunto complicado y quizá Elena, la mejor amiga de mi madre, sea, sin saberlo, la primera persona que me enseñó a escribir historias. Mi hermana había nacido a comienzos de verano de aquel año y, desde entonces, hacía muchos días el camino del colegio sin necesidad de que nadie me acompañara, sobre todo por las tardes. Tres calles, cinco minutos andando desde casa. Aquella tarde, de camino al colegio, vi a Elena de pie en el interior de un bar, envuelta en el humo de su cigarro, con el carro de la compra vacío a su derecha, recortado en la luz amarillenta de las bombillas y la oscuridad exterior, una televisión de fondo dando las noticias, servilletas de papel arrugadas por el suelo y colillas de cigarro. Elena de pie junto al carro vacío echando el dinero que le había dejado mi madre a una máquina tragaperras, pulsando los enormes botones cuadrados, hipnotizada. No me atreví a decirle nada.
Por la tarde, después de las clases y de dudarlo un buen rato le conté a mi madre con voz temblorosa que había visto a Elena en un bar echando el dinero a una máquina tragaperras. Me hizo un par de preguntas para cerciorarse de que lo que le contaba era cierto, le dije el nombre del bar, el momento en el que la había visto y que era ella por la chaqueta, el humo y el carro vacío de la compra, el mismo que habían dejado en la entrada de casa por la mañana. Mi madre se arregló y vistió a mi hermana pequeña para salir a la calle y me dijo que las acompañara. Fuimos a un supermercado que había cerca de casa e hicimos la compra. Al salir, cuando yo me dirigía hacia nuestra casa cargado con algunas bolsas, me dijo que la compra no era para nosotros, sino que íbamos a ir a casa de Elena a llevársela.
—¡Pero si te ha engañado, Mamá! ¡Yo lo he visto! ¡Se ha gastado su dinero, te pide el tuyo y ahora encima le hacemos la compra y se la llevamos a casa!
—No me ha engañado, Nano. Simplemente tiene un problema, está enferma, igual que tú cuando tuviste gripe. Ella tiene una cosa que se llama ludopatía y es superior a sus fuerzas, en cuanto tiene dinero se lo gasta en las máquinas. Ella no quiere gastarse el dinero. Además, sus hijas no tienen culpa de nada y tienen que comer igual que tú y que yo. ¿Es que ya no la quieres? Con lo que tú quieres a Elena y lo que ella te quiere a ti... Imagínate cómo se tiene que sentir.
—Tú me dices siempre que no hay que mentir.
—Pues ahora te digo que no te fíes de nadie que no sea capaz de decepcionarte porque tampoco sabrá pedirte perdón.
           
Sonó el portero automático:
—¿Quién es? —respondió Elena.
—Ábreme, Elena —dije.

Elena y su familia vivían en un noveno. El ascensor olía a tabaco:
—¿Sabías que a Elena le robaron las cejas? —le pregunté a mi madre.

jueves, 28 de agosto de 2014

Cumplir los treinta



Sabes
que
has
cumplido los treinta
cuando eres el que escucha
a los borrachos que llaman de madrugada
desde dentro de la casa.

Cuando la caja de ahorros te manda una felicitación
firmada a bolígrafo
para fidelizar tu sueldo temporal
de media jor-
nada.

Cuando te importa el perro que ladra solo
y llora por las mañanas
en el edificio colindante.

Sabes
que
has
cumplido los treinta
cuando tienes una tarjeta que no te pertenece
(lo pone en la tarjeta)
con la que recaudas puntos
con cada compra
en determinados establecimientos
a los que vas para recaudar más puntos
y poder canjearlos
algún día
en esos determinados establecimientos
a cambio
saben todo lo que compras
hasta la hora y el sitio
y te mandan
cartas a casa con cupones
que multiplican por diez los puntos
de tu próxima compra
y te llegan correos electrónicos que la bandeja de entrada
detecta como Promociones
y sientes
la tranquilidad de sentirte engañado voluntariamente
como por un trilero
la certeza de que el mundo
es solo una de esas cartas y correos automáticos
en los que cabe tu nombre
y mañana será siempre jueves
o martes.

Sabes
que
has
cumplido los treinta
cuando pasas las noches viendo lecturas de Bukowski
hasta las tantas
y ya no quedan vídeos de él
en todo Internet
que no hayas visto
y tienes que escribir otro poema
para seguir estando vivo de algún modo.

Sabes
que
has
cumplido los treinta
cuando no te importa
haber
cumplido
los treinta.



miércoles, 13 de agosto de 2014

Prólogo para Hallarse en la Caída de Inés Ramón


El pasado viernes 8 de agosto en la feria del libro de la ciudad de Soria, dentro del marco del festival Expoesía que homenajeaba a los poetas malditos, tuve el placer de presentar junto a Maribel Hernández e Inés Ramón, el libro "Hallarse en la caída" de ésta última, que tuve el privilegio y la enorme responsabilidad de prologar. Dejo aquí el prólogo (y la promesa de escribir más a menudo en el blog).

Desnudar el signo

Toda palabra es signo porque nombra. Para Inés Ramón la palabra es signo, sí, pero la concepción de ese signo encierra consigo su propio espacio, una relación carnal e íntima con la materia, la distancia y la ausencia de ser y de sentirse, el silencio, el designio y la duda. El poema evoca entonces no sólo lo que significan las palabras, sino aquello cuanto no son capaces de decir, su límite, su dualidad inherente: El silencio / que se había emboscado detrás de cada signo / no sabrá responder / y su gesto de asombro tratará de lamer las dos orillas. //
La poesía de Inés Ramón defiende la desnudez de las palabras, de su signo, como si el poema fuese capaz de darles vida propia, como si, durante ese espacio que evocan, las palabras se existieran en lo que nombran rescatadas en la escritura. La personificación no es, por lo tanto, un triste y repetido malabarismo retórico, un recurso que busque la originalidad insustancial, sino que se asiste a la propia desnudez del signo, a la propia desnudez de la palabra nombrada, neonata: El crepúsculo desata sus fieras sucesivas [...] Cientos de pezuñas resucitarán un canto / bajo la redondez magnífica del aire. / Y disolverán entre sus huellas / la ajenidad del hombre / y de sus vidas. //
No es extraño, por tanto, que el silencio sea el centro de la poesía de Inés Ramón. La concepción material del poema como lugar requiere la profundidad de la reflexión; el poema es instante, revelación. Quizá sea en las formas verbales, personales e impersonales, donde resida la auténtica mirada de la poeta, acaso su intención expresiva más humana, la angustia mortal, la desaparición al fondo de todas las acciones: el pasado como doloroso presente, el infinitivo que detiene al tiempo, el presente como descriptor o venganza, el gerundio como conclusión, el futuro como negación: No sabrá del vértigo el abismo. [...] Sólo el impulso abismal cerrará su aliento / alrededor del grito. //
Y si los verbos dejan traslucir la mirada humana de los poemas, las imágenes son el espejo de la reflexión de la autora. Algo tan infrecuente y valioso —por escaso— como encontrar pensamiento en la poesía, es para Inés Ramón una de las claves para afrontar la escritura. Los poemas exigen del lector la capacidad de extraer de las imágenes una lección, una enseñanza natural, un misterio que se manifiesta y que rescata lo que había de invisible en lo visible, como en el undécimo poema: Y, mientras, / la luna desova su agonía / bajo la nieve. //
Se está, además, ante una escritura que redescubre la naturaleza en todos sus ámbitos, que trata de comprenderse en el lenguaje de sus propios signos, siendo este lenguaje, para la poeta, el verdadero lenguaje universal o posible. Son pocos los poemas que contienen sustantivos artificiales, entendiendo por artificial todo aquello que ha sido creado por la mano del hombre. Y, en caso de aparecer, son objetos volitivos: el espejo, la máscara, el cuchillo. El poema, sin embargo, se vale de los fenómenos naturales, de la mirada humana que todo lo transforma en sí misma. El rocío sobre las telarañas, los sueños truncados: Sobre las telarañas / el rocío. / La perplejidad / se hunde en el error / de haber caído, / de haber creído / que es posible edificar sobre la transparencia. //
Subyace en Hallarse en la caída una inmensa melancolía, mas no una melancolía al uso, sino una melancolía consciente que trata de comprenderse, que se conmueve en sus propias dudas, que se reprocha el no ser capaz de encontrar una salida más allá de la fragmentación, que se extasía en su propio estado inmanente de destrucción: no sabe de la sed / la última gota, como reza el último poema del libro. Terror de haber sido y un futuro terror. Leer a Inés Ramón es encontrar el rastro de nuestra desaparición, descubrir que la palabra posee una naturaleza sensible, ajena y propia a la condición humana y que, quizá, toda la sensibilidad de la que somos capaces resida en la palabra y que es la palabra, que son las palabras, las que viven a través de nosotros y no al contrario.



domingo, 22 de junio de 2014

Autocensura o Europa



A Alejandro Palacios León

Hundido en el silencio de las páginas
que nunca escribiré. Pienso en aquello
que me dijiste sobre Lobo Antunes.

Y es que quiero escribir sobre ese viejo
del miércoles pasado, camino del trabajo,
repartiendo periódicos gratuitos
de buzón en buzón, de casa en casa,
mientras, a unos pocos metros,
se pasaban el frisbee en bañador
y se sacaban fotos con el móvil
unas muchachas alemanas.

Comprendí la mirada del anciano,
su lento caminar y sus arrugas,
su ropa dándole calor de más,
no tendrá otra o no tendrá otra limpia,
pensé y recordé,
al ver su pantalón de tela verde y clara,
la soledad de una ventana en Braunschweig
en la que amanecía la derrota
de ser y de sentirse inútilmente
entre cortinas verdes del Ikea
que yo nunca elegí, que allí ya estaban puestas.
Un vertedero vivo de resacas,
las noches de verano y el suicidio
cicatrizando en mis muñecas
de aquel verano en que aprendí a leer y a perdonarme
en un extraño banco en un altillo
que daba a la autovía.

Antes de ser uno de ellos,
antes de las chaquetas, las voces impostadas,
los prólogos, las notas a los pies de página.
Antes de otro poema que hable de la tarde,
del infinito amor que siento,
mi propia muerte o la metaliteratura,
quiero dejar escrita aquí una cosa:
Las palabras no sirven para nada,
mientras exista un viejo que reparta
periódicos de casa en casa.


lunes, 26 de mayo de 2014

Entrevista para Encuentos.com



Liana Castello, directora de la web de Encuentos.com me propuso la siguiente entrevista por correo electrónico, para publicarla en su página a raíz del "Ciudad de Zaragoza de Relato".

¿Desde cuándo escribís?

Es muy difícil para mí saber cuándo empecé a escribir, supongo que desde niño. Se me daba muy mal dibujar y conservo una caligrafía pésima, desordenada e incorregible, así que refugié mi frustración expresiva en la literatura, como si hubiera comprendido muy temprano que se podía pintar también con las palabras.  Fue una decisión natural, además, comprendí muy pronto que las páginas eran infinitas, siempre se podía continuar una historia en cualquier otro papel, mientras que la pintura, se quisiera o no, tenía un margen, un límite expresivo, un lugar. Podías pintar mil dibujos, pero necesitabas una hoja para cada uno; mientras que al escribir se podían expresar todas las cosas a la vez con tan sólo nombrarlas, se podía escribir pensando y hablando, se escribía observando. Me negaba a aceptar que una imagen valía más que mil palabras, dependía, para mí, de la imagen y de las palabras. Creo que en todo lo que escribo subyace esa idea primigenia, infantil, de la ausencia de límites, colores y matices de las palabras, sólo era cuestión de observar.

¿Qué te gusta escribir?  ¿Cómo lo abarcas?

Escribo para comprenderme y, así, comprender a los demás. Las ideas se gestan mucho tiempo atrás, pero si supiera lo que voy a escribir antes de sentarme a escribir no lo haría, perdería el misterio. No comprendo el hecho de escribir sin sentir ese misterio, creo que por eso sigo haciéndolo. Lo que me empuja a sentarme a escribir es muy diferente de lo que encuentro en los textos una vez terminados.
Si los textos vienen en forma de poema, de cuento, de novela, de ensayo o de escena de teatro no es para nada importante, lo importante es desnudar a las palabras de todo lo superfluo, de todo lo que parezca o suene a literario, las palabras son siempre lo que parecen, puedes mentir con ellas, crear historias, ficción, pero ellas nunca mienten. Destruyo y borro más textos de los que finalmente dejo que vean la luz. Si no me emociono con lo que estoy escribiendo, si no me río o lloro, si me resulta pesado o arduo, rompo el papel, borro el texto, me levanto de la silla y, por lo menos, he aprendido una cosa más sobre lo que no tengo que escribir.
Llevar un blog de "autor" me ha ayudado mucho en este proceso. Se puede visitar en: http://lascadenasdeandromeda.blogspot.de/

¿Tenés alguna técnica a la hora de escribir?

La única técnica que conozco es escribir sobre aquello que realmente te importa o te duele, o sobre las dos cosas a la vez.

Tengo costumbres, por ejemplo, tomarme antes un café bien cargado. Escribo con música clásica de fondo (Mahler, Vivaldi, Händel, Schubert...) o de grupos que me gustan y cuyas canciones conozco (Led Zepellin, The Doors, Stone Temple Pilots, The verve, Héroes del Silencio, etcétera...), dependiendo de la emotividad de la escena del texto y de lo que significan para mí las canciones, escojo unas u otras. No pongo los títulos a los textos hasta el final, al principio sólo llevan el nombre de las dos o tres ideas principales. Escojo el título que mejor esconda y resuma el significado del relato, de la novela o del poema; siempre he pensado que es una forma de atrapar al lector contigo, de hacerlo tuyo, un gesto de complicidad.

El premio que ganaste (XXIX Premio Ciudad de Zaragoza de Relato) es por un relato que critica el mercado de la literatura (tema por demás interesante), cuéntanos un poco acerca de lo que escribiste y el porqué.

Una hora menos, en realidad, lo que critica, más allá de la crítica a la mercantilización literaria, es la negación social al dolor masculino. Creo que es un tema tabú en las sociedades modernas. Reivindico la sensibilidad masculina en un mundo insensible, repleto de arquetipos en los que hay que encajar, en el que los hombres tienen muchas veces las de perder porque no pueden expresar su dolor, como si al hacerlo fuesen menos hombres. En España, por poner un ejemplo, la tasa de suicidios masculinos por problemas económicos ha aumentado exponencialmente en los últimos años.

El relato es un homenaje a la derrota y la constatación del fracaso sistemático de nuestra sociedad en todos los ámbitos. El protagonista se queda en paro, se divorcia de su mujer y pierde el contacto con su hija porque su ex mujer se va con su pareja a vivir a las Islas Canarias a emprender un negocio hotelero para empresarios estresados. Como antes él era profesor de literatura en la universidad, un amigo le encarga, para poder subsistir, que imparta un taller de literatura. En la relación con el amigo escritor profesional y el protagonista y el curso del taller literario, se establece el mayor punto de crítica a la mercantilización.

Lo que trato de demostrar con el relato es que hay cosas que no pueden ni comprarse ni venderse, y que el amor en cualquiera de sus formas (y la cantidad de felicidad y, al mismo tiempo, de dolor que conlleva amar) es una de ellas; la literatura, la creación literaria, debería ser otra de ellas.